Reúne este libro el esmerado trabajo realizado por Eva Cosculluela sobre una institución conocida de soslayo por el público lector, el Lyceum femenino, pero que a mí, personalmente, como profesor de Lengua y Literatura, siempre me ha fascinado. Un club de mujeres modernas que lucharon con denuedo por la liberación de la mujer, a pesar de los ingentes obstáculos que iban a encontrar por el camino, de intelectuales que se pusieron en contra y de amplios sectores de la sociedad que vieron en el Lyceum una amenaza a la estabilidad social.
Es cierto que gran parte de las socias pertenecían a la clase alta, bien económica o intelectual, y que las cuotas que debían pagar era una cantidad muy significativa, tres pesetas en 1926, y esto era un gran porcentaje de un sueldo medio. Por otra parte, tener formación intelectual o académica universitaria, entre mujeres en esos mismos años, era algo que estaba reservado a contadas excepciones, y sin embargo crearon el Comité de los Niños, precisamente para cuidar a los hijos de aquellas mujeres que no podían cuidarlos porque tenían que trabajar.
Herederas de la ILE, la Institución Libre de Enseñanza, del krausismo de Giner de los Ríos, cercanas a la Residencia de Señoritas, la hermana melliza de la Residencia de Estudiantes, surge el Lyceum como una institución independiente donde las mujeres no se dedicasen a dar cursos de costura o de cocina, sino a aprovechar exposiciones de pintura, recitales, charlas, conferencias. Recuerdan a la tradición liceística en el resto de Europa, la de Londres, Berlín, París, e incluso Melbourne, en cuya órbita intelectual de tradición moderna querían entrar las fundadores de este selecto club. Era un club de emancipación de la mujer, nada que ver con la sección Femenina que decía a la mujer cómo comportarse y cómo ser mujer.
Compruebo con alegría que cuando les hablo a mis alumnos y alumnas de esta institución, les suenan ciertos nombres y comprenden que la opacación femenina procede de épocas más oscuras, donde se pidió borrar el papel decisivo de la mujer en las artes y la creación artística, o incluso la científica. Nombres como María Teresa León, Concha Méndez o Carmen Conde, de las que conocen incluso algunos versos o libros. Es esperanzador. Las cosas se estudian ahora de manera global, no por escuetas nóminas adelgazadas con intención sesgada.
Consiguieron estas mujeres ciertos hitos, como por ejemplo el Comité del Libro para Ciegos, donde se podía leer los “libros blancos” en braille para que los ciegos pudiesen aprender a leer y disfrutar de la lectura.
Otro logro fue abolir el artículo 438, por el cual, en caso de adulterio por parte de la mujer, si era descubierta in fraganti, el marido podía “defender su honor” hiriendo al hombre y llegando a matar a la mujer sin temor alguno a ser juzgado por ello.
Todos estos logros fueron sumando en conjunto el gran valor del Lyceum femenino.
Cosculluela nos desgrana las vicisitudes de formación del Lyceum, pero también nos detalla la vida de cada una de las fundadoras o las más relevantes mujeres que estuvieron al frente de dicha institución, y destaca a Clara Campoamor, figura importantísima dentro de la jurisprudencia y diputada ella misma en cortes, donde defendió el sufragio femenino, a pesar de proceder de una familia humilde. La llamaban “la costurera”, porque ese oficio es el que hubo desempeñado durante mucho tiempo hasta que fue adulta y pudo sacarse el bachillerato, y pocos años después la carrera de Derecho, ejerciendo como abogada, defendiendo a Concha Espina y a Josefina Blanco, liceísta, actriz, y exmujer de Valle-Inclán, el que le pidió, al casarse, que dejase su carrera actoral, tan mal vista. Campoamor consiguió que Valle-Inclán le pagara una pensión, aunque se negó de por vida a hacerlo, y además consiguió la custodia de los hijos para Blanco, algo completamente inaudito.
El libro se lee con gran interés, porque desgrana la vida de muchas mujeres pioneras, como es el caso de Colombine, Carmen de Burgos, la cual podría parecer que por el carácter de adelantada a su tiempo (periodista, la primera mujer española corresponsal de guerra), de firmar sus artículos, iría a secundar la aparición de dicho club, pero todo lo contrario. Colombine tal vez pensó que por ser amante de Gómez de la Serna, con un hijo ilegítimo, sería rechazada por tan selecta institución.
Asimismo, son sonados los rechazos ideológicos de Ortega y Gasset y de Gregorio Marañón ante el Lyceum, pero la época y la modernidad no daban para más, en una sociedad muy conservadora que iría avanzando poco a poco con el devenir del tiempo.
“Hemos querido tener un sitio en que poder afirmar nuestras opiniones, desenvolver nuestras deducciones, clamar nuestras exaltaciones, gritar nuestras indignaciones, sin encontrar la sempiterna sonrisa masculina que nos acuse o de pedantes o de insuficientes, intrusas en el reino de la inteligencia”, afirmaba María Lejárraga.
También nos recuerda Cosculluela la figura de Victoria Kent, la primera mujer en España en abrir un bufete de abogados.
El libro está repleto de detalles interesantes que completan una visión de la época cultural española antes de la Guerra Civil, ya que las actividades que llevaban a cabo, así como muchos de los comités, dejaron de existir cuando estalló el conflicto.
Recompone entonces Cosculluela una exhaustiva labor de documentación (cuando hay documentación, se queja la autora), sobre una época de la que hemos conocido solo un poco, o lo que el canon impuesto durante el franquismo nos dejó conocer, dejando de lado las dificultades que sufrieron estas mujeres, así como los prejuicios a los que se debían enfrentar a diario.
La vida de María de la O Lejárraga, cuyo marido, Gregorio Martínez Sierra, que como bien sabemos firmaba todas sus obras, con la aquiescencia obligada por ambos y por una época conservadora fue una vida de novela, sin duda. Cuando murió su marido quedó Lejárraga sin autor fantasma que firmase sus trabajos, cuyos derechos nunca pudo cobrar ella. Lejárraga incluso se topó con el todopoderoso Walt Disney, a quién ofreció una obra, Merlín y Viviana, que tenía como protagonistas a dos animales. Disney la rechazó, y poco tiempo después apareció La dama y el vagabundo, con trama y personajes sospechosamente parecidos, pero ya no se pudo enfrentar a la omnipotente maquinaria burocrática y legal estadounidense.
Muy divertida es la anécdota que desgrana Cosculluela, en la que el entonces joven poeta Rafael Alberti recitó (junto a una tortuga y una paloma enjaulada, ataviado con pantalones y levita de payaso) algunos de sus poemas, dedicados a la estulticia en el Lyceum. Después de preguntarle a la tortuga que por qué estaba tan aburrida, esta le respondió al oído que era por leer libros de Pérez de Ayala. Estando allí presente la esposa del mencionado, Mabel Rick, con la indignación propia de la misma, se levantó y se marchó indignada del acto, a lo que respondió Alberti: “Paréntesis. Unas cabritas se marchan, dejando una bolita en su lugar de reposo”. Y continuó mencionando a otros autores, cuyas esposas estaban allí presentes: Gregorio Martínez Sierra, Juan Ramón Jiménez, Eugenio D’Ors, Ortega y Gasset, Valle-Inclán, y muchos otros. El espectáculo o performance lio tal alboroto que las voces se podían oír desde fuera del salón, mientras que otras mujeres se quedaron dentro, disfrutando la lectura, ya que entendieron que esto no era más que un aspecto de la vanguardia que recorría Europa.
“No sé cuántas veces habré pasado por la plaza de España en Madrid, cuántas veces habré visto el monumento a Cervantes que se levanta en el centro […]. Por muchas veces que haya pasado por ahí, nunca imaginé que el Lyceum hubiera tenido algo que ver en su construcción.”
O mujeres como Carmen Baroja, Pilar de Zubiaurre o María de Maeztu, que siempre han figurado en la historia de la literatura como las “hermanas de”, eternas “segundonas” de una estirpe de familias de creadores, en donde la mujer, por el deseo conservador de esa sociedad, no podía ser creativa de ninguna manera. Y sin embargo, su labor se ha visto pocas veces reconocida, como es el caso de Zenobia Camprubí, sin la cual no se podría entender la vida y la obra de Juan Ramón Jiménez, al cual le llevaba los libros, hablaba con editores, corregía los versos, pasaba a limpio sus textos, cobraba los pagos y buscó una salida a las continuas recaídas mentales de la frágil salud del poeta de Moguer. Tanto es así que, cuando le concedieron el Nobel, María Teresa León afirmó en una carta: “A Zenobia le han dado el Nobel”. Al mismo tiempo, Zenobia traducía al español por primera vez la obra del poeta indio Rabindranath Tagore y publicaba artículos en diferentes medios de comunicación.
Sin duda, es un libro fundamental para entender una época. Necesario, cien años después, para mirar atrás y descubrir cuánto hemos avanzado. Y cuánto nos queda por hacer.
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Autora: Eva Cosculluela. Título: El club de las modernas. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros.


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