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Miguel de la Fuente: “El espectador termina acostumbrándose al horror”

Miguel de la Fuente: “El espectador termina acostumbrándose al horror”

Miguel de la Fuente es uno de los grandes cámaras de guerra españoles de la vieja escuela: la generación que aprendió el oficio cargando equipos pesados, cruzando líneas de fuego y filmando guerras cuando todavía no existían ni los teléfonos satelitales ligeros ni la proyección mediática contemporánea. Durante décadas trabajó para RTVE y cubrió algunos de los conflictos más duros de finales del siglo XX y comienzos del XXI.

Nació en Orense en 1961 y comenzó trabajando en TVE con apenas 27 años, primero en formatos analógicos (16 mm y U-matic) antes de pasar al mundo digital. Su currículum es apabullante:  guerra de los Balcanes, diversos conflictos palestino-israelíes, guerra del Golfo, Afganistán, el Irak de 2003, Georgia, Siria, Crimea y, naturalmente, Ucrania.

Hoy, Miguel de la Fuente es una figura de referencia en la difícil tarea de formar nuevas generaciones de periodistas, implicado en la divulgación del reporterismo internacional, así como en las tareas de formación sobre seguridad en zonas de conflicto. Y hay un detalle importante: Miguel de la Fuente se ha convertido casi en uno de los últimos supervivientes visibles de aquella generación. La vieja tribu. Sarajevo, Bagdad, Kabul, Gaza. Esa “familia” de reporteros (José Luis Márquez, Paco Custodio o Arturo Pérez-Reverte, entre otros) que se definen a sí mismos como miembros de una singular “hermandad de sangre”, aunque pasen años sin verse.

Hablamos de “su” última guerra, Ucrania, de la que ya casi nadie habla.

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—¿Cuándo entendiste que lo de Ucrania no era una crisis más, sino el principio de algo mucho más grande?

"En 2014, en Crimea. Nosotros fuimos allí pensando que aquello iba a ser casi un paseo"

—En 2014, en Crimea. Nosotros fuimos allí pensando que aquello iba a ser casi un paseo. Un poco de tensión, manifestaciones, banderas… el típico conflicto congelado que parece que nunca termina de explotar. Y de repente alguien nos dijo: “Los rusos están tomando esto”. Y claro, tú preguntas: “¿Cómo que lo están tomando?”. Pues lo estaban tomando literalmente. Sin apenas oposición. Entrando en cuarteles, ayuntamientos, edificios oficiales. Todo muy rápido, muy limpio.

—¿Llegaste a ver una toma militar de cerca?

—Sí. Y nunca se me olvidará. Nos dijeron que al día siguiente iban a tomar un cuartel a unos treinta kilómetros. Fuimos pensando que probablemente no pasaría nada, porque allí no había nadie de prensa. Pensábamos, equivocadamente que, “bueno, si fuese algo serio, habrían aparecido cincuenta equipos”. Pero es que nadie sabía nada. Nosotros tuvimos suerte de estar por la zona. Así que bajamos de la furgoneta y empezamos a ver militares desplegándose por las montañas. Unidades de élite, perfectamente colocadas, sin insignias. Ellos insistían en que no eran rusos, claro. “Somos un ejército independiente”, nos decían en perfecto ruso.

—¿Y qué viste exactamente?

—La guerra moderna. Así de sencillo. Ver cómo rodean un cuartel sin disparar un tiro. Ver cómo se colocan alrededor del perímetro, cómo negocian dentro durante una hora y cómo, al salir, los oficiales ucranianos simplemente se marchan porque ya está todo perdido. Aquello cayó de la forma más fría y profesional que he visto nunca.

—Da la sensación de que Occidente olvidó Ucrania después de Crimea.

"Desde 2014 hasta 2022 los ucranianos se preparaban para la guerra mientras Europa miraba para otro lado"

—Completamente. El mundo dijo: “Bueno, ya pasó”. Pero los ucranianos sabían perfectamente que Rusia volvería. Y ahí estuvo la diferencia. Desde 2014 hasta 2022 los ucranianos se preparaban para la guerra mientras Europa miraba para otro lado.

—¿Cómo se prepararon?

—Todo el mundo tenía un segundo trabajo. El primero podía ser camarero, profesor o electricista. El segundo era militar, logístico o de apoyo civil en caso de invasión. Eso yo no lo entendí hasta mucho después. Cuando volví poco antes de la guerra vi que el país entero estaba organizado para resistir.

—¿Es verdad que te llevaron a Chernóbil antes de la invasión?

—Sí. Y aquello fue impresionante. Nos enseñaron la zona y descubrimos que las fuerzas especiales ucranianas estaban entrenando allí. Había morteros, francotiradores, armamento moderno dentro de los edificios abandonados. Ellos daban por hecho que los rusos entrarían por Bielorrusia y pasarían por Chernóbil. Y así ocurrió.

—¿Llegaste a vivir el comienzo exacto de la guerra?

—Sí. Estábamos allí cuando empezó todo. A las cinco de la mañana nos dijeron: “Han cruzado por Bielorrusia”. Y ya sabes que aquello no tiene vuelta atrás.

—¿Cómo reaccionan los periodistas cuando empieza una guerra de verdad?

"Hay gente que quiere quedarse y gente que quiere irse. Ni unos son héroes ni los otros cobardes. Simplemente ocurre así"

—Pues mira, esto se cuenta poco. Normalmente, cuando empieza una guerra, muchos periodistas se juntan en un hotel y empiezan a organizar convoyes para salir del país. Es humano. El miedo existe. Siempre pasa. Pasó en Bagdad, pasó en Ucrania y pasará siempre. Hay gente que quiere quedarse y gente que quiere irse. Ni unos son héroes ni los otros cobardes. Simplemente ocurre así.

¿Y Ucrania estaba preparada?

—Muchísimo más de lo que creíamos. Lo vimos enseguida. Hoteles sin personal, camareros desaparecidos, traductores que dejaban el trabajo porque tenían que incorporarse a sus funciones de emergencia. El país entero se activó.

—Hablas mucho de drones. ¿Han cambiado realmente la guerra?

—La han cambiado por completo. La guerra de Ucrania será recordada por eso. Ahora mismo puedes destruir un tanque de cinco millones de dólares con un dron de mil euros. Imagínate el cambio.

—¿Cómo funcionan esos drones?

"Hemos estado en casas donde familias enteras ensamblan drones en su tiempo libre"

—Al principio eran casi artesanales. Cogían drones pequeños y les adaptaban granadas o cabezas de RPG. Ahora ya transportan minas antitanque. Hemos estado en casas donde familias enteras ensamblan drones en su tiempo libre. Hay edificios enteros dedicados a eso. Ucrania ha desarrollado una tecnología brutal.

—¿Y el frente?

—El frente ya no se parece a las guerras antiguas. Antes podías moverte más. Ahora todo está vigilado desde el aire. Los drones lo ven todo. Hay carreteras enteras cubiertas con redes para evitar ataques de drones. Te metes en una especie de túnel de pesca gigantesco para que no te detecten.

—¿Los tanques han dejado de servir?

—Prácticamente sí. Salvo excepciones como Gaza. En Ucrania, mover un tanque es casi un suicidio. Los tienen escondidos como si fueran artillería fija porque saben que en cuanto se muevan los detectan y los revientan.

—¿Quién está mejor preparado ahora mismo?

"Los rusos siguen funcionando muchas veces como una maquinaria vieja y cavernícola"

—Los ucranianos. Muchísimo más. Los ves equipados como ejércitos occidentales: chalecos modernos, visión nocturna, formación táctica, cursos de supervivencia. Comparas eso con cómo estaban en Crimea en 2014 y parecen otro ejército. Los rusos siguen funcionando muchas veces como una maquinaria vieja y cavernícola.

—Tú insistes mucho en la formación de los corresponsales.

—Porque antes no existía prácticamente nada. En la Primera Guerra del Golfo nos mandaban con máscaras antiguas y ampollas de atropina sin explicarnos bien cómo funcionaban. Era una locura.

—¿Cuándo empezaste a tomarte en serio la supervivencia?

—Cuando comprendí que podías morir por ignorancia. Empecé a hacer cursos, primero en Defensa y luego con unidades especiales. En uno de ellos me secuestraron durante horas como simulacro. Atado, con golpes, interrogatorios y un bebé llorando a todo volumen en un altavoz pegado a la cabeza durante cuatro horas. Y aun sabiendo que era un ejercicio, sales de allí cambiado.

Paco Custodio, José Luis Márquez, María José Solano y Miguel de la Fuente

—¿El futuro del reporterismo de guerra será freelance?

—El futuro será multimedia. El periodista que sobreviva será el que pueda grabar, escribir, editar, hacer radio y transmitir desde el mismo sitio. Y además tendrá que saber moverse, protegerse y entender el terreno.

—¿La guerra de Ucrania ha dejado de interesar?

"Ucrania sigue ahí. Sigue habiendo millones de desplazados. Sigue muriendo gente todos los días"

—No. Lo que pasa es que los medios se cansan antes que la guerra. Ucrania sigue ahí. Sigue habiendo millones de desplazados. Sigue muriendo gente todos los días. Pero llega un momento en que informativamente el público se acostumbra al horror.

—¿Por qué esta guerra afectó tanto a Europa?

—Porque los ucranianos son como nosotros. Los ves y podrían ser tus vecinos. Eso cambia completamente la percepción del conflicto.

—Y ahora, después de tantos años de guerras, ¿cómo es tu vida?

—Muy tranquila… dentro de lo posible. Tengo un espacio en la radio, doy charlas, viajo en moto (mucho, todo lo que puedo, de hecho hago rutas largas), juego fatal al golf… y tengo ciento veinte bonsáis.

—¿Bonsáis?

—Sí. Y al final tienen mucho que ver con la guerra. Un bonsái consiste en ordenar el caos continuamente. Podar, vigilar, corregir. Si dejas de hacerlo, todo se descontrola. Supongo que llevo toda la vida haciendo eso. Tratando de sobrevivir en el caos.

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