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Canción de antiguos amantes, de Laura Restrepo

Canción de antiguos amantes, de Laura Restrepo

Obra de ficción basada en los viajes que la autora hizo con Médicos Sin Fronteras por Yemen, Etiopía y la frontera somalí —la geografía mágica y feroz del que alguna vez fuera el reino de Saba—, esta novela es un hermoso caleidoscopio, una puerta de entrada a mundos apasionantes, una audaz amalgama de géneros, épocas, ritmos profanos y bíblicos, crueldad y solidaridad, amor y guerra, dolor y curación.

Laura Restrepo acompaña, con este emocionante relato, el eterno caminar de las mujeres migrantes, que pese a cojeras y tropiezos siempre se levantan, siguen adelante, aprenden a mirar cada vez más lejos y traspasan las fronteras del tiempo y el espacio. Canción de antiguos amantes esboza una propuesta seductora: ¿y si el gran himno del final de los tiempos no es el Apocalipsis? ¿Y si fuera más bien el Cantar de los Cantares?

Zenda adelanta un fragmento de la obra.

***

Pequeña cosa que aparece

—Sopla duro este viento —digo.

—Déjalo soplar —dice Zahra Bayda, que recela mi inclinación ansiosa.

Me ha traído hasta acá para que yo pueda mirar desde lo alto y asumir que he llegado al fin del mundo. Observo alrededor y no veo nada, mejor dicho, veo la nada.

—Ánimo, muchacho, como te llames —me apura Zahra Bayda—, dale, mueve tus dos metros de estatura.

—Me llamo Bos Mutas —le recuerdo. Ya se lo he dicho varias veces.

—De acuerdo, Bos, o Mutas, o como te llames.

Nos encaramamos a la duna más alta. El viento es tan fuerte que amenaza con arrancarme la camisa. Éste debe ser el desierto más recio del planeta, el más cercano a Dios y más plagado de demonios, al menos eso dice ella, y asegura que por acá todavía viven eremitas recluidos en cuevas. Una ráfaga de viento le arrebata el turbante, que sale volando y haciendo cabriolas en el cielo, como un enloquecido pájaro de muchos colores.

—¡Mi turbante! ¡Atrápalo, muchacho! —me ordena.

—Atrápalo tú.

—Maldito viento —reniega.

—Déjalo soplar —me desquito.

Ahora Zahra Bayda lucha contra su pelo, que al liberarse se ha vuelto un remolino loco. Yo ando en las nubes y no logro aterrizar, me anonadan estas inmensidades de arena amarilla que todo lo devoran. Deben devorar incluso sus propias orillas, haciendo que por mucho que andes, siempre estés en el centro. Se me refunden las coordenadas; ya me habían advertido que aquí iba a ver visiones y a aturdirme con los ecos.

Medio que cae la noche y medio que no se anima a caer; copos de oscuridad van bajando lentamente del cielo.

—Mira —le señalo a Zahra Bayda un punto de luz que titila y se mueve al fondo, allá lejos, como una pequeña reverberación en el paisaje—. Mira, algo sube hacia nosotros.

—Déjalo subir.

Más abajo, en la vaguada, una mancha inmensa se extiende sobre la piel del vacío. Es el campamento de refugiados, con sus cientos de carpas amontonadas y parduzcas.

Zahra Bayda me da explicaciones, datos, cifras, fechas. Pretende que yo entienda y esté al tanto. No le falta razón, más vale que me entere. Pero la cabeza me da vueltas, no me repongo del cansancio tras el larguísimo viaje. Sólo logro concentrarme en ese punto de luz que viene subiendo.

—¡Despierta, como te llames! —Zahra Bayda chasquea los dedos a ver si espabilo.

Así me dice, como te llames. No la culpo, comprendo que mi nombre no es fácil, ¿y qué decir del suyo? Zahra Bayda. Suena bien, pero según ella lo pronuncio mal.

—También yo te diré como te llames —le aviso, y contesta que le da igual.

Sólo unas pocas carpas se van iluminando allá abajo, en el campamento, como si los habitantes de las demás estuvieran conformes con la oscuridad y no quisieran ocuparse de prender la lámpara de aceite. Los llaman «los invisibles» y los mantienen segregados. Zahra Bayda dice que desconfían de los campamentos, prefieren andar por los caminos a la buena de Dios, porque es mejor eso que hacinarse y esperar en cuclillas mirando hacia ninguna parte. Del campamento no sale una columna de humo, ni un ruido, ni siquiera un grito o un llanto de niño. Nada.

—Parece la ciudad de los muertos —digo.

—Y sin embargo ahí viven más de cien mil personas.

Todo permanece inmóvil, salvo el revuelo del viento en el pelo de ella. Siempre me asombra el pelo de la gente; tiene vida propia y se rebela contra la voluntad del dueño. La melena de Zahra Bayda anda sin control, le azota la cara, se le mete en la boca, le tapa los ojos.

Insisto en señalar a Zahra Bayda la lucecita solitaria y movediza que veo en la distancia y que se empeña en seguir subiendo, como un reflejo flotante. ¿Alguien que viene del campamento con una linterna? Me pregunto cómo habrá podido traspasar la alambrada. Tal vez aprovechó la hora de más calor, cuando los guardias se amodorran en las garitas. Este desierto debe ser el ombligo de la sequía incontenible que está arrasando el planeta y hará que los humanos nos volvamos litófagos y acabemos comiendo piedras, como la cacatúa de cresta amarilla y el lagarto blanco.

Zahra Bayda habla con dolor; nació en esta parte del mundo y ésta es su querencia. Estudió por fuera, pero se apega a estas gentes. Busca palabras para explicarme la tragedia. Ella misma no acaba de comprenderla y sospecha que tampoco la comprenden quienes la padecen, solamente quienes la promueven, pero ésos la manejan desde lejos. Zahra Bayda dice que se han vuelto permanentes los campamentos provisionales como ése, convertidos en prisiones de facto y enormes arrabales de miseria. Ya no son lugares de paso. Quienes llegan buscando refugio acaban atrapados en las alambradas.

—A la larga se resignan, echan raíces en el aire y esperan —dice ella.

—¿Qué esperan?

—Algo. El aceite y la harina de su ración semanal. Una vacuna contra la peste, o una cura milagrosa.

Esperan algo que no va a llegar. Un salvoconducto, o un visado imposible. La carta de un conocido, noticias de su familia, lo que sea. En realidad, cualquier cosa. Una manta tal vez, o una medicina, un litro de agua embotellada, alguna señal.

El desierto murmura. Dice sus cosas en una vibración seseante, y me hace ilusión pensar que se trate de la música de las dunas. Me han contado que las dunas cantan como ballenas, o como flautas, y que a veces rugen como choque de armas, o aúllan como lobos. Me parece escucharlas… Siento que la arena me habla, pero su mensaje es cruel, como un último suspiro del tiempo.

—No es ninguna música de dunas, es el zumbido de los drones —dice Zahra Bayda.

De nuevo tiene razón. Según el principio de simplificación de Ockham, si a tus espaldas suena un galope, no pienses que es una cebra, piensa que es un caballo. Y si lo que escuchas es un zumbido, no creas que son músicas: son drones.

La lucecita aquella que viene subiendo es un ser de carne y hueso, más hueso que carne. Un personajito menudo y nervioso, rápido de movimientos, que aparece y desaparece por las ondulaciones de la cuesta. Es una muchacha y viene rengueando. Tiene el pie izquierdo volteado hacia adentro. Pie zambo, que llaman.

—Equino varo. Pie equino varo —precisa Zahra Bayda, que sabe de esas cosas; al fin y al cabo, ella es personal médico, tiene experiencia como midwife, es partera graduada.

Vale: pie equino varo. La chica que viene adolece de pie equino varo. Es muy joven, casi una niña, tan delgada que el vendaval podría elevarla. No habrá nacido aquí, porque viste con trapos de colores y trae la cara descubierta. Tiene la piel oscura y las facciones finas, y lleva sobre los hombros una improbable capa dorada.

La capa dorada revuela al viento centelleando con los últimos rayos de sol y le da a la niña un aire de quimera. Destellos de su capa inverosímil: ése es el pequeño fulgor que he visto venir.

Una chica con una capa dorada en el corazón del desierto, quién lo creyera. Como un espejismo. Una visibilidad flotante, una pequeña cosa que aparece, […] tentadora y misteriosa. Me pregunto si habrá llegado a esta tierra por mar, junto con la gente de las pateras. Puede ser. Trae la cara embarrada de arena y la melena revuelta, oscura en las raíces y roja en las puntas, como teñida con alheña o requemada por el sol.

Su capa reluciente la convierte en hada o princesa, aunque a fin de cuentas no es ninguna capa ni vellocino de oro. Zahra Bayda me explica que sólo se trata de uno de esos cortes de dos metros de plástico térmico y resistente, con la faz interna aluminizada y la externa dorada. Retiene el calor corporal y lo reparten los rescatistas entre los náufragos con hipotermia.

Así que no es manto de reina lo que arropa a la flaquita esta, ya ves, no todo lo que reluce es oro. Pero como si lo fuera: ella se envuelve con arrogancia imperial en su plástico térmico. Maneja con agilidad su pierna baldada y es muy inquieta; una hormiga atómica en medio de la parálisis general. Hay bravuconería en ella y actitud soberbia, agrandada, como si el infortunio la rodeara, pero no se atreviera a tocarla.

Otras mujeres, salidas de no sé dónde, también se han percatado de nuestra presencia y empiezan a llegar. Aprietan un círculo en torno a nosotros, agitando unas hojas escritas a mano. Zahra Bayda me explica que son peticiones de auxilio. Las desplazadas las redactan en esos trozos de papel con la esperanza de entregarlas a alguien que pueda ayudar.

La chica de la capa dorada no se las va bien con las recién llegadas, las aparta a codazos, maldiciendo y gesticulando.

—¡Coja! —las otras le gritan y se apartan—. ¡Vete!

Vuelve a tu lugar.

Ella no se intimida, al contrario, revira como esas gitanitas de la Via del Corso, en Roma, que te acosan para robarte. Me descoloca esta criatura de malas pulgas que por cuenta de nada me encara y me fulmina con unos ojos que no son implorantes, sino exigentes. Para colmo tiene en los ojos un brillo afiebrado y resulta difícil sostenerle la mirada. Alúmbrame, niña, con la luz de tus ojos, le digo sin que me entienda, y ella hace un mohín. Con el pie choneto dibuja sobre la arena un garabato que el viento enseguida borra. ¿Ojos con luz interior, como los de un gato? La comparación es manida pero inevitable.

Y, a propósito de gatos, me cuenta Zahra Bayda que por aquí la gente los anda matando, por creer que son los portadores de la peste.

Esta niña lisiada me conmueve y bajo la guardia. Me pongo de su parte, quisiera ampararla, ¿por qué recelar de ella, tan alevosa pero tan vulnerable, apenas una más entre las damnificadas de la hecatombe, otra de las condenadas de la tierra?

Error de mi parte. La niña se comporta como araña acorralada y arroja manotadas de arena a la cara de la gente. Es una bellaca, esta aprendiz de Imperator Furiosa. Se las arregla para apartar a las demás rompiendo el círculo y aquí me cae y se protege tras mis piernas, usándolas de mampara.

—¿Vienes por mí, pendenciera?

Desde que la vi, supe que esta niña insufrible tenía algo que ver con mi destino. Me sujeta por la camisa y no me suelta, me puya el brazo con un dedo afilado de uña larga. Altanera, la nena, de barbilla echada hacia delante y bonita boca torcida en un gesto displicente. Y maraña rojinegra de pelo ensortijado que se bate al viento como una bandera anarquista, de las que rezan no hay rendición. Medio me fascina y medio me aterra, la nena, no sé qué hacer con ella, se pega a mí como una lapa. ¿Qué será lo que quiere, cuál es su bronca?

—¡Ey! Tú, mini Cassius Clay, deja de revolotearme alrededor como una jodida mariposa —le digo, pero sólo logro darle cuerda.

Es endemoniadamente bonita, la morena esta, bella y oscura como las tiendas de Q’dar.

—Macchiato —me corrige Zahra Bayda.

—¿Qué cosa?

—Así llaman por acá al tono de piel de esta muchacha.

—¿Macchiato, como el café? ¿Así, en italiano?

Zahra Bayda explica algo sobre el Ejército italiano, que vino a colonizar y luego se largó, dejando como legado la exacerbación de los odios, cerros de armas rotas y unas cuantas palabras como ésa, macchiato.

Y las ojeras de esta morena, sus pestañas de avestruz, la cicatriz que le marca la frente ¿tienen nombre en italiano o en alguna otra lengua? ¿Cómo se le dice a su agilidad endiablada y a su salvaje mata de pelo? ¿Y a esos aires suyos de criatura bíblica, y al hechizo que sobre mí ejerce? Todo eso ¿cómo se llama? Porque es bella, ella, bella y tremenda, inquietante atadito de huesos que se ha colocado detrás de mí y no me suelta, me utiliza como escudo para protegerse de las otras, que la amenazan y le gritan. Huele a humo, esta chica, y a sahumerio y a mar.

Realmente notable, su olor: fuerte y secreto. Un olor desterrado de Occidente a punta de desodorantes, detergentes y dentífricos. Olor a gente que pese a todo vive y se las arregla, y sacrifica el último camello para asar su carne, o pasa grandes hambres y camina enormes distancias y quema varitas de incienso, y orina y caga y sangra, se asea con aceite de lavanda, tirita de frío, se reconforta junto al fuego, ordeña una cabra y se toma la leche y cuando no hay que comer sacrifica la cabra. Mujeres que se cepillan el pelo hasta sacarle brillo y luego lo ocultan para que nadie lo vea. Y roban manzanas y granadas en huertos ajenos. Y copulan o duermen dejando en la estera el calor de su cuerpo, y sobrellevan la noche como buenamente pueden para llegar hasta la madrugada. A todo eso huele esta pequeña reina del manto esplendente, y el olor que exhala me enamora. Todo eso pienso, tal vez no en el momento, pero sí después, y en todo caso no lo digo en voz alta.

Frente a esta pequeña fiera me debato en sensaciones encontradas: la lástima, la compasión, el embeleso, el fastidio. Y ella entretanto se dedica a atosigarme. Yo le gano en edad, dignidad y estatura, a su lado parezco un Goliat, y sin embargo ella sale triunfante. Ya Zahra Bayda me ha hablado de ese rasgo común a toda víctima, a todo sobreviviente de la tragedia: cuando los demás vamos de ida, ellos ya vienen de vuelta. Debe ser porque poseen eso que algunos llaman el coraje de la desesperanza. O lo que viene siendo lo mismo, nec spe, nec metu, un latinajo que me gusta y traigo tatuado en el antebrazo: nec spe, nec metu, sin esperanza ni temor. Pero ya, nena, vete, que me desesperas. No hallo cómo sacármela de encima, y al mismo tiempo el roce de su piel me estremece.

—¿Dinero? ¿Es eso lo que quiere esta chica? —le pregunto a Zahra Bayda, que intercambia unas palabras con ella.

—Dice que nació en Erigabo —traduce Zahra Bayda.

—Qué más dice —pregunto, porque veo que la nena va soltando retahílas de palabras.

Erigabo, en la otra orilla del golfo. He leído sobre ese lugar, un territorio inhóspito y yermo, de donde todos huyen para escapar de la hambruna y la matanza. En un pasado mítico, Erigabo debió hacer parte del próspero reino de Saba, pero en la irrealidad de hoy es terreno sembrado de espanto.

—Pregúntale cómo se llama —le pido a Zahra Bayda—. Pregúntale cuántos años tiene, ¿catorce?, ¿quince?

—Ya le pregunté, pero no lo dice. Se mosquean si te ven averiguando demasiado, les da por creer que eres agente del enemigo.

Está claro que esta niña huraña no va a responder y que yo no voy a enterarme. Era de esperar. Todo lo sobrecogedor que la vida me trae me llega de esta manera, de repente y sin nombre. Para apaciguarla, le doy una moneda. Ella me la rapa y se retira a examinarla aparte, donde no puedan arrebatársela. La mira por cara y cruz con profesionalismo de comerciante que calcula las ganancias del día. Le hinca el diente por si fuera falsa.

Ya está. Santo remedio. Creo que me libré de la nena. Pero no. Vuelve a caerme con más arrestos que antes, y ahora tira del pañuelo que llevo atado al cuello.

—Quiere que se lo des —me dice Zahra Bayda.

—¿Esto? —pregunto desatando la tira de tela tuareg de color azul intenso con tres rayas negras que siempre llevo conmigo y que ya es como parte de mí; dicen que no me la quito ni para bañarme—. ¿Quieres mi pañuelo, niña? ¿Tanto agite por tan chico pleito? Si te lo doy, pequeña, ¿quedamos en paz? Vale. ¿Te gusta el regalito? Tómalo. Te lo dejo de recuerdo.

Me desprendo con pena de mi vieja mascada tuareg, y la niña enseguida la utiliza para recogerse el pelo. Se ve graciosa con ese trapo tan bárbaramente azul en la cabeza. Parece dar por cumplida su misión aquí en la cima, pierde todo interés en mí y se va corriendo por donde vino, llevándose mi pañuelo. Aparición que se desvanece.

Contra un cielo crepuscular rayado en negro, naranja y granate, veo cómo la niña se aleja sin que la disimetría de sus piernas le impida bajar a toda carrera. La capa dorada centellea tras ella como cola llameante de un pequeño cometa.

Alumbrar, potente verbo que viene de ad umbra, salir de la sombra, mismo origen de asombrar. La muchacha de Erigabo alumbra y asombra, entra y sale de las sombras a medida que se aleja cuesta abajo a brincos, esbelta y arisca como esas gacelas dorcas que son originarias de su tierra.

—¡Oye! —le grito cuando ya no me escucha—. ¿No serás tú la reina de Saba?

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Autora: Laura Restrepo. Título: Canción de antiguos amantes. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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