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Daniel Verdú: «En La bola no hay ficción: es una narración construida con hechos reales»

Daniel Verdú: «En La bola no hay ficción: es una narración construida con hechos reales»

Con La bola (Alfaguara), el periodista Daniel Verdú ha querido desentrañar un enigma: las diferentes personas que existían dentro de Mar de Marchis, la fallecida dueña de la revista Jot Down. Con la excusa de explicar su historia y sus mentiras, Verdú nos lleva por la segunda década del siglo XXI, hoy tan lejana, y por su propia biografía.

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—¿Cuándo se entera de la existencia de Mar de Marchis y cuándo decide que hay una historia?

"Lo sorprendente fue, yo creo, que nadie hasta 2017 quisiera contarla. Fue cuando salió el artículo de El Confidencial"

—Me enteré de su existencia más o menos como todos, en 2012 o 2013, cuando ya empieza a ser una voz misteriosa en las redacciones y todo el mundo empieza a hablar de ella. Y no solamente hablan de ella, sino que además hablan de ella en términos de una persona muy influyente y capaz de determinar el destino de tu trabajo o el del que tienes sentado al lado. Y empezamos a ver que empieza a aparecer gente en las redacciones que ella ha recomendado, que ella conocía o que escribían previamente en Jot Down. Y eso, sumado al misterio que ella cultivó, resulta fascinante. Creo que nos dimos cuenta todos de que ella era una novela, porque es que era una novela andante, era un personaje de ficción de alguna manera, era la protagonista de su propia novela. Y lo sorprendente fue, yo creo, que nadie hasta 2017 quisiera contarla. Fue cuando salió el artículo de El Confidencial y luego hubo la entrevista de Vanity Fair, y eso es un poco revelador. Yo creo que en parte también el libro habla de eso: del hermetismo que había alrededor suyo, por muchos motivos, pero también porque hablar de ella significaba hablar de otros personajes con ella, de la relación que habían tenido con ella, probablemente de los engaños de los que habían sido víctimas, y pues a mucha gente probablemente le daba vergüenza o pudor hablar de determinadas cosas, con lo cual era mejor el silencio. Pasaron seis años enteros, que son muy largos, sin que nadie dijese cómo se llamaba esta señora. Evidentemente, cuando murió, la historia de alguna manera terminó y me di cuenta de que quería hacer una biografía de ella. Me apetecía mucho, pero iba a ser difícil, porque su familia se negó a participar de una forma bastante contundente y su socio también. Fue una frustración y lo intenté durante mucho tiempo, pero luego me pareció que era una oportunidad también para construir el libro de otra manera y que no fuera una biografía, sino el retrato de un tiempo, y para tomarla a ella como un síntoma de alguien que presintió muchos de los cambios que iban a llegar, como esos animales que se echan a correr cuando va a llegar un tsunami antes de que nadie lo pueda detectar. Ella pasó mucho tiempo encerrada en una casa, conectada a un protoInternet, era un momento de la irrupción de la ADSL doméstica, de los primeros foros culturales que las propias suministradoras de telefonía ponían para que la gente estuviera ahí usando Internet. Y ella estuvo mucho tiempo en un foro que se llama Areópago, y allí conoció a mucha gente que luego formó parte de la revista, pero sobre todo entendió el poder del anonimato, la posibilidad de cómo aquello permitía ser otra persona y cómo esa persona podía descontar, podía aprender a descifrar las fragilidades de mucha gente, especialmente de hombres, porque esos foros eran foros masculinos, lo que luego serían incels y tal, y eso fue un entrenamiento militar probablemente para la obra que desplegó luego, principalmente a través de Twitter.

—¿Su forma de convencer podría conocerse como la táctica Mar de Marchis, o son tácticas muy antiguas mezcladas?

"Mar de alguna manera también es el síntoma de ese cambio de paradigma y de cómo la verdad se transforma en un acto de fe, en una devoción"

—Creo que son tácticas muy antiguas. Ahora, hablando con los colegas que tienen apps de citas, pues todo el mundo dice que tampoco es tan raro: ligan con una chica allí, ven la foto y cuando llegan dicen: «No es esta señora». Con lo cual, de alguna manera ese filtro Mar de Marchis lo hemos ido aplicando mucho. Había un cierto patrón que se repetía en las personas que quisieron conocerla, pero yo ni siquiera lo juzgo en el libro, porque yo no sé cómo hubiera tampoco reaccionado si me pilla sin pareja, o incluso con pareja, porque mucha gente tenía pareja pero pasaba noches de soledad. Es como la historia del Brad Pitt nigeriano y la señora que le dio dinero. Se dice mucho que si esa señora es tonta. Pues bueno, yo qué sé, hay que estar en la piel de esa señora y entender las necesidades que tiene, la soledad y la angustia que te provocan ciertas cosas, y a veces necesitas creer en determinados personajes, aunque sepas o intuyas que son de ficción. La idea que recorre el libro es cómo la verdad se va descomponiendo a partir de 2008, cuando nos engañan a todos con las hipotecas basura, con la política, con información, y empezamos a desconfiar de los medios de comunicación hasta hoy, que el epítome del fracaso es la integración artificial. Todo se convierte en un simulacro. Mar de alguna manera también es el síntoma de ese cambio de paradigma y de cómo la verdad se transforma en un acto de fe, en una devoción, que es como se titula la segunda parte del libro. Porque hay un momento que creo que tiene que ver con esta generación que se ha vuelto más religiosa que la precedente: los datos o los hechos o las pruebas contrastadas preferimos no saberlos: preferimos creer en una idea que dé respuesta a nuestros problemas, como era la propia religión.

—La historia de Mar desemboca en la pandemia del coronavirus y cubre la década de 2010 a 2020. ¿Cómo definiría esa época?

—Creo que fue una alucinación casi lisérgica y probablemente ingenua de una generación que pensó que podía mejorar el mundo y cambiarlo a través de artefactos como las redes sociales. Las primaveras árabes, Podemos, todo eso. Tenemos una red social aquí, podemos publicar, somos dueños de nuestras palabras, no necesitamos una gran cabecera, el establishment ha muerto, viva el do it yourself. Creo que generó todavía más frustración y más fracaso el darse cuenta de que aquello era una especie de ensoñación tecnológica y que éramos víctimas del ácido tecnológico del algoritmo. Es una generación que nació prácticamente muerta, un aborto generacional, y probablemente la generación más ingenua de los últimos cincuenta años. Nos colaron un gol de puta madre. Ocurrió también con la pandemia, otra vez lo mismo, «saldremos mejor, saldremos más fuertes». Pues ahora el mundo es mucho peor que antes de la pandemia. Y ocurrió también con los medios de comunicación. Yo creo que pensábamos que habíamos aprendido la lección: pues mira, ahora tenemos la inteligencia artificial, que es el mayor butrón que le han cascado al trabajo periodístico.

—La portada avisa: «una narrativa basada en hechos reales». Es decir, ¿qué parte de ficción hay ahí?

"No hay nada inventado, cero, ni una cosa. Otra cosa es que yo me haya equivocado, o que me hayan engañado, o que haya una imprecisión"

—No hay ficción. Yo creo que eso ha confundido un poco: es una narración construida con hechos reales. No hay nada inventado, cero, ni una cosa. Otra cosa es que yo me haya equivocado, o que me hayan engañado, o que haya una imprecisión, entonces pues pediré perdón y ya está, y me sabrá muy mal. Pero no he rellenado espacios de la narración con inventos, con ficción o con fabulaciones. Todas las entrevistas que hice, más o menos setenta y ocho, sirvieron como testimonio para construir la figura de ella. Los testimonios simplemente eran material narrativo que he ido triturando para construir la narración. A lo mejor dos testimonios me sirven para explicar la noche que se metieron no sé dónde. Sobre todo: no hay ficción.

—Aunque no haya ficción, es inevitable que usted presente personajes mediados por su mirada. Por ejemplo, el periodista Enric González, amigo de Mar de Marchis. ¿Cómo fue construir a «ese» Enric González?

"A veces pienso que he escrito este libro simplemente para hacerme amigo de Enric González, porque para mí era un ídolo de infancia"

—A veces pienso que he escrito este libro simplemente para hacerme amigo de Enric, porque para mí era un ídolo de infancia. Te puedes imaginar para un corresponsal ver las crónicas que escribía, cómo las hacía, con esa libertad, con esa rebeldía contra la autoridad, con esos líos en los que se mete siempre, con esos portazos que da en los sitios donde aparentemente está bien y de repente de un día para otro ya no está. Es una leyenda. El libro probablemente parta de una admiración hacia Enric. Además, Enric es una de las personas que mejor conoció a Mar de Marchis. La conocía en persona, viajó con ella por todo el mundo, y todo ello, como escribió él en su necrológica, sin entenderla. Estaba muy bien esa necrológica porque era muy sintética, como todo lo que hace, para ahorrar energía, pero muy precisa. Y Enric fue, también lo decía en la necrológica, víctima y cómplice del artefacto narrativo que era Mar. Enric era la llave maestra para llamar a la gente: «oye, me ha dicho Enric que…», «oye, ¿escribe Enric también?». Creo que él fue clave para que la revista despegase, para que ella supiera quién tenía talento en el sector y quién era aprovechable. Y sobre todo fue un aval también para mucha gente que de ninguna manera hubiera querido publicar en esa revista y mucho menos gratis o cobrando lo que cobrabas, que era muy poco. Porque en esa época había esa cosa tan injusta y tan decadente que era la moneda de la visibilidad. «Tendrás visibilidad, una tarjeta de visita para ir a otro sitio». Estáis reinventando el periodismo. Todo el mundo es gilipollas y vosotros sois la hostia. Y resulta que solo hacéis entrevistas y cosas de opinión, que es el género más barato, y no pagáis un duro.

—La peluquera que le prestaba fotos a Mar, otro personaje.

—No lo vivía como un agravio ni como una traición. Creo que lo vivió como una especie de intercambio en un momento en el que a lo mejor las dos necesitaban algún tipo de ayuda emocional. La peluquera es el personaje más vulnerable, yo creo, del libro. Y es a la única que le he cambiado el nombre y no se sabe su nombre real.

El País.

"La alianza de Jot Down con El País Mar no la podía imaginar por muchos motivos, pero el principal porque El País nunca había hecho eso en su historia"

—La alianza de Jot Down con El País Mar no la podía imaginar por muchos motivos, pero el principal porque El País nunca había hecho eso en su historia. El País nunca había externalizado un contenido editorial de ese tipo. Y menos una revista que distribuyes el día grande, cuando sacas al santo en procesión: el domingo en los quioscos. Y darle ese privilegio de ir distribuida en las furgonetas de El País, en los montones de El País, era una cosa increíble. Esta maniobra es hija de esa crisis y de esa falta de ideas, de esa desesperación probablemente de los medios de comunicación tradicionales por asociarse a cosas que fueran nuevas, que no tuvieran olor a casta, a establishment, a mentira, a viejo. Y de repente, pues claro, Jot Down era la revista de moda. Se entiende que El País pensase que aquí era una buena idea para rejuvenecerse, para molar, para ser lo que había sido veinte años antes. Entonces creo que esa fue la suerte que tuvo ella, que su marca fue un hype total. Podemos hablar de si era mejor, peor, estaba peor hecha, pero fue un hype. Tampoco se vendía mucho, ni probablemente tenía tantos lectores: fue más el impacto.

—¿Cómo fue el proceso de salir de lo periodístico y de la construcción de personajes, aunque sea la narrativa periodística, y entrar a hablar de su familia?

"Para mí era un ejercicio de transparencia, en el sentido de que estoy exponiendo a mucha gente, creo que también tengo que exponerme a mí"

—Pero para mí era un ejercicio de transparencia, en el sentido de que estoy exponiendo a mucha gente, creo que también tengo que exponerme a mí. Porque de alguna manera yo también considero, como consideramos todos, que puedo ser un impostor. Tampoco las tengo todas conmigo mismo. Hay una parte del libro que está en una frontera borrosa entre lo que pudo ocurrir y lo que no, que eran sus propias mentiras. Para desentrañarlo todo tuve muchas dudas. Primero si debí hacerlo, porque la negativa de la familia y del socio me intimidó mucho en un momento dado y pensé: “¿qué derecho tienes tú a escribir ahora de esta señora que no quería que la expusiera, ni que encima es un círculo primigenio, dice que eres un hijo?”. Y luego pensé que al final las historias tampoco pertenecen a quien las vive, ni a quien está cerca de ellas, no son de nadie. Es decir, si tú las cuentas con respeto. Con lo cual, aparecer me parecía un ejercicio de transparencia. Y luego, claro, evidentemente encontré los puntos de unión biográficos en la carretera de Santa Pola, Elche, en Roma, y me parecía que era una manera de justificar o de hilar también mi interés en el personaje. Cercas es muy radical con la idea de la verdad. Aquí hay como dos escuelas, la de Cercas, que dice “si lo que te cuentan no es como lo que te cuentan es que es mentira y punto, y es un mentiroso”. “No hay mentiras al servicio de una noble verdad”, que decía Platón. Y luego está otra escuela, que yo también cito al principio del libro, que es la de Vargas Llosa. Entre ellos también discutía mucho, al parecer, sobre esta historia, que es que hay determinadas verdades que sólo pueden ser transmitidas o contadas a través de una ficción.

—Estoy con Vargas Llosa.

—Es que hay verdades que son dolorosas de contar si no es a través de la ficción.

—Y luego porque hay rendijas en la realidad que solo son asibles tras la ficción y a través de hipótesis.

—A Mar, quizá por no querer juzgarla y tal y ser generoso, la he colocado en esa categoría: con esas ficciones Mar explicaba una verdad, una verdad sobre sí misma, pero sobre todo sobre una época y sobre todos nosotros.

—Usted y yo tenemos la misma edad. Somos ambos de 1980. Otra cosa que ocurrió en esa década de 2010 a 2020 es que nos enteramos de que pronto ocuparíamos el frontal del pelotón de fusilamiento o, directamente, lo ocupamos al fallecer nuestros padres.

"Todos los bulos que surgieron alrededor de las conspiraciones, los antivacunas, aquello fue un puto nido de trollas"

—Sí, a mí me ocurrió que justo fue una época muy dolorosa, porque mi padre murió en plena pandemia, justo cuando acababa de empezar. Fue muy bestia. Yo además vivía en Roma, era una angustia tremenda, estaban cerrando las fronteras, medio salí, ya casi notas que las están cerrando detrás de ti. Cuando llegué a Barcelona enfermó: tenía un cáncer, pero no era tan grave. Todo se agravó y mi padre se murió. Y me acuerdo de que además también fuimos a la funeraria, en un coche sin nadie en la calle y nos dijeron que lo incineraron en dos semanas a las 4 de la mañana, si queríamos ir. Imagínate cómo estaba el crematorio en aquella época. Y llegaron las cenizas al cabo de un mes a casa de mi madre. Yo lo cuento también justamente por lo mismo, porque fue una época para ella también dolorosa porque también tuvo un Covid muy severo, la tuvieron que ingresar. Y ya que hablábamos de la descomposición de la verdad, con el Covid se acelera por mil. Íbamos a salir de puta madre de ahí, pero resultó que el Covid fue la fuente, la madre de las mentiras. Todos los bulos que surgieron alrededor de las conspiraciones, los antivacunas, aquello fue un puto nido de trolas.

—La reacción de los actuales responsables de Jot Down para con La bola ha sido negativa.

—Entiendo que no les guste que haya salido un libro que no querían que saliera. No sé si lo han leído o no, no lo parece por lo que dicen, y se dedican a desprestigiarlo de esa manera. Yo les llamé durante tres años y medio y me hubiera gustado, me hubiera encantado, poder sentarme a tomar una cerveza con ellos como estamos ahora y explicarles la idea. Y si no había posibilidad de colaborar, a lo mejor ellos incluso tenían los argumentos que me convencían para no escribirlo, pero eso no fue posible.

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