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El mar en ruinas, de David Torres

Esta novela comienza allá donde termina la Odisea. Penélope se adelanta por una vez a dar su versión de los hechos, tejiendo una sorprendente continuación del gran clásico universal, llena de lances y escenas inolvidables.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de El mar en ruinas (Reino de Cordelia), de David Torres, con ilustraciones de Federico del Barrio.

***

De noche, entre el liso silencio de la playa, la marea trae un rumor de palabras, pero nadie sabe qué dice, si es que dice algo. Ni siquiera Odiseo podía descifrar su lenguaje, ese sordo rumor de música muriendo a sus pies, agua despidiéndose, el mar, el mar, siempre volviendo sin volver nunca.

La vida, los dioses, la guerra, mi amor… Todo empieza en el mar, pero qué ocurre cuando el mar mismo ha empezado a morir, cuando las olas se van amansando, agolpando unas sobre otras, como si el viejo Poseidón tuviera asma, sus últimos estertores confinados en la isla bajo una línea de espuma que baña suavemente la costa como un anillo de bodas con la tierra.

Hay quien dice que fue en ese instante, sin olas, sin viento, con el cadáver del mar pudriéndose bajo la pupila ardiente del sol, cuando Odiseo inventó la navegación a pie: pisó sobre las aguas untuosas y muertas que pronto empezarían a apestar el mundo y echó a andar sobre la consistencia líquida del mismo modo que sobre un desierto azul transformado en espejo. Pero puede también que por aquel entonces Odiseo admitiera al fin lo que su corazón había sabido desde siempre: que eran las mujeres quienes habían tejido su destino y regido su estrella de navegante. Desde su madre, que lo embarcó en su primera expedición, oscura y húmeda, atado a las amarras del cordón umbilical, hasta mí, que, según cuentan, lo tiré otra vez al mar para entretenerme en la soledad de mi telar, tramando las rapsodias de su vida. Que éramos nosotras quienes habíamos jugado con su corazón como perras con un hueso, arrojándonoslo unas a otras de una isla a la siguiente. Que somos nosotras quienes se ríen ahora de su desdicha: yo, tejiendo, canturreando en mi taller a la luz de la mañana; Atenea abanicándose en cielos improbables; Calipso transmutada en espuma y Circe sonriendo desde el Hades. Dos morenas, una rubia, una pelirroja, el orden da igual: Calipso, Circe, Atenea, otra vez Penélope.

Hijo mío, guardo esto para ti, voy ocultando la verdad en estos tapices que se amontonan en mi dormitorio para que algún día, cuando nazcas, intentes comprender. Pero es inútil: los hombres lo fiais todo a la memoria. Ningún hombre, incluidos Odiseo, tu padre, y Telémaco, tu hermano, conoce nuestro secreto, el sencillo recurso de juntar hebras de colores para ir formando símbolos, el arcaico alfabeto que hace tantos años nuestra nodriza nos enseñó, a Helena y a mí, en el palacio de Micenas. El arte de esconder, entre el dibujo de un combate, un mensaje de amor, o de cifrar, disimulada en una vieja escena mitológica, el precio de un secreto. Nada más que un juego de niñas, pero un juego que las mujeres nos hemos ido transmitiendo de madres a hijas y cuyas reglas han cambiado muy poco con los años, los gustos y las modas —punto frigio, punto fenicio, punto dórico—, aunque su origen, dicen, se remonta a Perséfone, que tejía túnicas en la oscuridad del Hades para matar el tiempo.

Matar el tiempo… Así empezó todo, pregúntale a Zeus si no me crees. Nuestra vieja nodriza no pensaba que el antiguo juego de los hilos jamás sir viera para nada más complicado que consignar una receta de cocina en una greca, pero ella no tuvo que vivir en Troya como Helena, mi prima, raptada por su propio deseo, casada en segundas nupcias con el guapo de Paris, muerta de aburrimiento. No, ella no tuvo que ver cómo una hermosa juventud se le iba por el desagüe de los años, cómo se apagaban las llamas de su pasión troyana del mismo modo que había languidecido su amor por Menelao. No tuvo que vivir recluida en un palacio de mármol, acosada por los remordimientos, asediada por los ojos hambrientos de griegos y troyanos, perseguida por la leyenda de su belleza, harta de un tonto al que no amaba y de un destino que no la amaba a ella, durante los nueve años de asedio que sufrió Troya: otra Perséfone en otro triste infierno.

¿Qué podía hacer Helena sino aprovechar las enseñanzas de nuestra gorda nodriza y tejer y tejer, poner por escrito sus desgracias y penas, echar un vistazo por la ventana de la torre y escribir de la guerra? Sí, compadécela, lamenta su destino, pero recuerda siempre que ella misma se lo había buscado, que el destino, al igual que el mar, no hace más que devolver las olas. Porque Helena, desde niña, siempre despreció el amor, rechazó a muchos pretendientes que la amaban desesperadamente para casarse al fin con un gañán que poseía un palacio en Esparta y era hermano del gran rey Agamenón. Cómo podía Helena imaginar que Menelao, su futuro esposo, era ante todo un pastor, hijo de pastores, y que el palacio deseado más bien parecía una cuadra donde las ovejas y los caballos se paseaban a sus anchas por todas partes, incluido el salón del trono. Unos años después se presentó Paris, cónsul de una ciudad mítica, guapo y rubio y bobo, y Helena, siempre en busca de un trono, no se lo pensó dos veces, no se resistió ni una cuando Paris la rodeó con sus brazos y la sumergió con un beso en la epopeya.

Sí, hijo mío, duele decirlo, pero Helena siempre fue una caprichosa, una frívola capaz de traicionar no solo a Menelao con Paris, sino al mismo Paris otra vez con Menelao —y aquí una traición no anula a la otra: solo la corrobora. Los bardos, los rapsodas enamoradizos que jamás vieron a Helena (sus enormes ojos azules como océanos, sus mejillas perpetuamente encendidas, sus labios sonrientes, rojos como de sangre después de una batalla) cantaban que su rostro era el del amor, pero ya irás conociendo a los bardos: pobres ciegos que van de puerto en puerto agitando sus cayados, mendigando una limosna, hablando de lo que no ven y jurando por lo que nunca vieron.

A su lado, yo, su prima carnal, era la fea de la familia, tan callada y tan tímida que una de mis tías, siempre que me veía inclinada sobre la labor, bromeaba a mi costa diciendo: «Penélope, Penélope ¿quién va a casarse con una niña que siempre está tejiendo?». Sin embargo, ¿no me asediaron más de un centenar de pretendientes? ¿Vas a decirme que solo iban detrás del reino de Ítaca, este peñasco inhóspito en medio del mar sin más riquezas que un puñado de barcas y de redes? Por algo me extrañó que aquel joven retraído y reflexivo —el único que no se dejó deslumbrar por la hermosura apabullante de Helena y que parecía siempre pensar una cosa distinta a la que decía mientras se rascaba despreocupadamente la barba— se fijara en mí. Me habían enviado a buscar agua a una fuente y estaba rellenando el cántaro cuando una sombra tapó el chorro y una voz sonó a mi espalda: «¿Te conozco?». Me volví y negué con la cabeza, sonriendo; entonces yo era apenas una chiquilla, pero me llamó la atención aquel joven solitario, que no alardeaba de caballos o de músculos y que prefería los dados y el tiro con arco a otras actividades más sangrientas. Yo, que siempre había soñado con llevar una vida tranquila, hogareña, lejos de honores y de títulos, una vida dedicada a mis tapices, al amor de mi esposo y a cuidar de mis hijos, pensé que Odiseo era el candidato ideal: tan sigiloso que ni siquiera parecía griego. Y cuando pidió mi mano, creyendo que lo rechazaría, que apenas si había reparado en él (cuando era justamente lo contrario, lo que te dará idea, hijo mío, de que hasta el más astuto de los hombres es tonto perdido al lado de una mujer enamorada), me explicó que no podía ofrecer gran cosa a una princesa de mi linaje: solo una isla pequeña y pedregosa, Ítaca, y un pueblo de pastores y pescadores, gente sencilla. Nada podía atraerme más en aquellos días, cuando los vientos de la guerra empezaban a soplar sobre el ponto y mi prima Helena buscaba desesperadamente un héroe que la llevara consigo. Odiseo no tenía ninguno de los atributos del héroe, ni uno solo. Quién iba a suponer que el destino lo escogería a él, precisamente a él, para ser el último de todos.

Calculé mal, pensé que aquella isla, alejada de las principales rutas de navegación, sería un buen refugio para dos enamorados. Y lo fue, lo fue durante un tiempo: al cabo de unos meses nació Telémaco, pero en la paz de aquellos años, bajo mi mirada de niña que iba dejando de serlo, empezaba a sentir en mi marido algo como una especie de desazón, un peso en el alma; ahora sé que el río de su destino tiraba de él, maldita sea Atenea. Durante las noches lo asaltaban sueños inquietos. Entonces giraba en la cama para reposar mi mano en su pecho y notar su corazón anhelante, enloquecido, un caballo encerrado, ansioso por galopar los campos de su juventud perdida.

[…]

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Autores: David Torres y Federico del Barrio. Título: El mar en ruinas. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus libros.

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