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El gol de Nayim

Con sílabas de gol, de Antón Castro, lo publica Prensas de la Universidad de Zaragoza (PUZ) en su colección “La gruta de las palabras”. Es un libro dividido en cinco partes, que abordan desde la revelación del fútbol en los equipos modestos del pueblo (Arteixo, Santa Mariña de Lañas, Loureda, en A Coruña), los amores soñados e imposibles, algunos ritos de iniciación, la amistad con Arsenio Iglesias y los jugadores del Deportivo en los años 70 en la niñez, recuerdos de Luis Suárez y de un profesor que entendía el fútbol casi como una asignatura más que permitía establecer vínculos de amistad y de conocimiento del mundo. También incluye un diario a lo largo de los años —donde hay retratos de Cruyff, Beckenbauer, Pelé, Sotil o Aitana Bonmatí— y otros textos en los que se abordan los primeros amores, la mitomanía o el influjo de jugadores como Alain Giresse, la salud mental o el recuerdo de Enrique Castro, “Quini”.

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El 10 de mayo de 1995 yo tenía que estar en París. Trabajaba en El Periódico de Aragón desde hacía cinco años y firmaba todos los lunes una sección que se titulaba Fiebre en las gradas como el libro de Nick Hornby. Tenía que estar en París, me habían mandado acreditación pero la usó otro compañero. De eso, en realidad, me enteré algo después. Así que viví aquella noche con un gran entusiasmo y sin ningún rencor con mis hijos menores en La Iglesuela del Cid. Con toda la ilusión del mundo. Aquel Real Zaragoza impresionaba por todo: por su bloque, por su amor al buen fútbol, por sus figuras que eran varias: Pardeza, Paquete Higuera, Esnáider, Santi Aragón, etc., aunque mi preferido era Nayim. Lo había visto en el Barcelona, en el Tottenham, y cuando vino al club blanquillo estaba feliz: poseía una técnica depuradísima, era inteligente y fino, y tenía siempre algún recurso de mago sigiloso. En realidad, todos tenían una gran calidad. Era un equipo armonioso. Comprobé, como otros amigos y como muchos aficionados, que aquel conjunto producía música cuando empezaba a combinar, a triangular, a desbordar por las bandas.

El partido fue bonito. Intenso. Jugado de poder a poder. Esnáider abrió el marcador e igualaron los ingleses del Arsenal, donde la estrella más visible era su goleador Wright, que aquella noche no marcó. El Zaragoza generó más ocasiones, pudo haber sentenciado en los 90 primeros minutos, pero el choque se fue a la prórroga. El campo era una fiesta blanca y azul, por lo menos para mí. Notaba más a nuestros futbolistas que al rival.

"Asistí como todos al pequeño barullo de los cambios; parecía, sí, en un momento determinado que iba a ser relevado Nayim"

La prórroga fue emocionante y bella. Digna de una fantástica final. Asistí como todos al pequeño barullo de los cambios; parecía, sí, en un momento determinado que iba a ser relevado Nayim. Cuando vi que se quedaba en el campo, me tranquilicé. Y seguimos ahí, afanosos del triunfo que no llegaba. Tras casi media hora de toma y daca, se vio que el choque debería librarse en los penaltis. En ello estábamos ya, pensando quién debería lanzar la falta máxima. Y en esas, hacia el minuto 119, un balón a media altura le llegó a Nayim. Este, lo vi perfectamente, antes de recibir el esférico, miró a lo lejos y calibró los casi 50 metros de distancia: paró el balón con el pecho, lo bajó suavemente, lo acomodó y lanzó aquel obús cargado de intención. Lo tuve clarísimo. Y mis hijos Jorge y Diego lo podrán contar: en cuanto disparó hacia los aires, me puse a gritar desaforado: «Gol. Gol. Gol.» Supe que Nayim había tenido una intuición genial, y no me dio tiempo a nada. Ni a recordar desde cuando amaba este equipo: desde niño en el salón de mi casa con mi ejército de botones, desde que admiraba a Violeta, García Castany y Jordao. El balón se elevó y luego se desplomó. David Seaman, el arquero del mar, retrocedió pero no lo suficiente: el impactó cayó como un mazo y se alojó en la red. La temeraria ejecución salió perfecta. Gol, gol de Nayim. Y yo estaba radiante, feliz, henchido. El Real Zaragoza conquistaba el Recopa con el gol del siglo. Con un gol de artesanía, visión, clase y precisión, con toda la intuición del lanzallamas.

Creo que no lloré. Estaba contentísimo. Al día siguiente, a modo de balanza, redacté una visión del choque que se publicó en las páginas de Deportes de mi rotativo de entonces: El Periódico de Aragón. A este texto le dieron el accésit de los premios que convocaba anualmente la Real Federación Española de fútbol. Me invitaron a pasar una noche en el hotel Ritz y alguien me dijo que, en la habitación donde me hospedaron, Ava Gardner había pasado unos días salvajes y etílicos.

En la cena me preguntaron por qué estaba allí. Y yo, todo orgulloso, dije: «Estoy aquí por el gol de Nayim».

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Autor: Antón Castro. Título: Con sílabas de gol. Editorial: Prensas de la Universidad de Zaragoza (PUZ). Venta: Todostuslibros.   

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