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La conejera, de Tess Gunty

La conejera, de Tess Gunty

Tess Gunty se hizo con el National Book Award gracias a una novela, La Conejera, en la que describe la vida en un bloque de apartamentos habitado por toda suerte de personajes estrafalarios y, sobre todo, por una joven de belleza e inteligencia superiores que, junto a otros adolescentes, tratará de sobrellevar un julio sofocante en la Indiana profunda. La violencia se ve venir a medida que se avanza por las páginas de este novelón.

En Zenda reproducimos las primeras páginas de La Conejera (Sexto Piso), de Tess Gunty.

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PRIMERA PARTE

LO CONTRARIO DE NADA

Una noche de calor en el apartamento C4, Blandine Watkins abandona su cuerpo. Solo tiene dieciocho años, pero se ha pasado casi toda la vida deseando que sucediera. La agonía es dulce, como prometieron las místicas. Es como si la luz te apuñalara el alma, decían, y también en eso tenían razón. A esta experiencia la llamaron la Transverberación del Corazón, o el Asalto del Serafín, pero a Blandine no se le aparece ningún ángel. No obstante, hay un cincuentón bioluminiscente que resplandece como una luciérnaga. Corre hacia ella y grita.

Cuchillo, algodón, pezuña, lejía, dolor, pelo, dicha…, mientras Blandine abandona su cuerpo, es todo esto. Es todos los inquilinos de su bloque de apartamentos. Es basura y un querubín, una cangrejera en el lecho marino, el mono naranja de su padre, el cepillo que su madre se pasa por el pelo. La primera y la última fábrica de Automóviles Zorn en Vacca Vale, Indiana. Un núcleo dentro del hombre que le robó el cuerpo cuando tenía catorce años, unas gafas rojas en el rostro de su bibliotecaria favorita, un rabanito sacado a tirones de una cama de tierra. No es nadie. Es Katy, la perra de agua portuguesa que le lamía la cara cada vez que la familia de acogida las desterraba a las dos a la nieve porque se ponían en medio. Un algoritmo para la difusión de contenidos y un granizado azul de la gasolinera. El primer par de zapatos de claqué en los pies de una actriz infantil, y el hombre que le dice que se esfuerce más. Es el móvil con que la graban mientras sangra en el suelo de tarima de su apartamento, y es el pintaúñas desconchado de la adolescente que ensambló la decimonovena pieza de ese teléfono en una fábrica con el suelo verde en Shenzhen, China. Un satélite estadounidense, una palabrota, el anillo en el dedo de su director de teatro del instituto. Es cada conejo que pasta en la hierba de su ciudad supuestamente agonizante. Diez minutos del placer que prendió entre las personas que la concibieron, el último comprimido de oxicodona en la lengua de su madre, el mazo que sentenciará a los chicos a prisión por lo que le están haciendo a Blandine ahora mismo. No existe realmente un ahora mismo. Ella no es otra joven herida en el suelo, un cuerpo que los hombres acuchillan por sus recursos…, no. Ella está prestando atención. Ella es quien ríe la última.

Esa noche de calor en el apartamento C4, cuando Blandine Watkins abandona su cuerpo, no es todo. No exactamente. Es lo contrario de nada.

 

TODOS JUNTOS, VENGA

C12: El miércoles por la noche, a las nueve en punto, el hombre que vive cuatro pisos por encima del crimen que se ha cometido tiene la mirada fija en una app llamada Valora tu Cita (¡Usuarios Maduritos!). La app brilla con un rojo intenso, y el hombre está seguro de que dentro no hay nadie. Como otros muchos hombres que han soportado el rechazo femenino, el hombre del apartamento C12 cree que las mujeres dominan el planeta. Cuando las evidencias sugieren que algo así no puede ser verdad, se cabrea. Es ese cabreo único de quienes se han entregado a un debate perdido. El hombre –sesentón– está tumbado sobre las sábanas a oscuras. Su día ha terminado, pero el día no ha terminado todavía; es temprano para dormirse. Es leñador, su fecha de caducidad profesional ha pasado ya, pero carece de recursos tanto financieros como psicológicos para jubilarse. Con frecuencia siente el peso de un tablón fantasma en la espalda como si fuese un niño. Con frecuencia siente el peso de un niño fantasma en la espalda como si fuese un tablón. Desde que su mujer murió hace seis años, le ha parecido que al apartamento le faltan muebles, aunque, en realidad, está atestado. Con sudores, el hombre acuna en la mano la pantalla grande y brillante.

majete, como un padre, pero más gordo que en la foto de perfil. su mirada = chunga. no se interesa por ti y parece obsesionado
con los precios. cartera de velcro, era el comentario que la usuaria
MelBell23 había dejado en su perfil hacía dos semanas. huele
como gary indiana. ★★☆☆☆
El otro comentario en su perfil lo había subido hacía seis
meses DeniseDaBeast: menudo retaco de tío. ★☆☆☆☆

Se oyen ruidos sordos en el apartamento de abajo. De fiesta, supone.

C10: El adolescente ajusta la luz de su cuarto para que las bombillas creen un halo favorecedor. Se pasa una mano por el pelo, se unta bálsamo labial. Se restriega por el pecho una muestra de colonia de una revista, aunque sabe que es un gesto absurdo. Orienta la cámara para que capte sus mejores contornos y sombras. Su madre está trabajando, tiene turno de noche, pero aun así echa el cerrojo. Da treinta saltos separando brazos y piernas, hace treinta flexiones. Escribe en el móvil: Listo.

C8: La madre lleva a su bebé al sofá y se levanta el top de tirantes. Se supone que no debería estar despierto a esas horas, pero para los bebés no hay norma que valga. Mientras mama, el bebé exige un vínculo, y la madre se esfuerza. Se esfuerza. Se esfuerza más. Pero no es capaz. El bebé arroja sobre su piel una recriminación astuta, telepática, adulta. Ella lo nota. El bebé chupa con más fuerza y la araña con unas uñas demasiado blandas como para clavarse, pero lo bastante largas y puntiagudas como para hacerle cortes. Con la mano libre, la madre comprueba el teléfono. Un mensaje de la madre de la madre: una foto de la iguana Daisy con disfraz de motero en miniatura. Casco acolchado atado a la cabeza ahuevada y coralina, chaqueta de cuero sintético atada a la tripita. Con la tipografía de los Ángeles del Infierno, en la espalda de la chaqueta pone: dragón desastre. El reptil mira a la cámara, plantado en la mesa del salón, su gesto es inescrutable. La madre hace zoom sobre el ojo de dinosaurio de Daisy, que parece observarla desde otra época, noventa millones de años atrás.

Tú tienes un bebé, ¡¡yo tengo otro!! Había escrito la madre de la madre, que ahora vive en Pensacola con su segundo marido.
¡JA JA JA! Roy encontró el disfraz…….🚴🔥💀 ¿¿¿no es la BOMBA??? 🐍🐊🐲 Que Dios te bendiga a ti y a mi dulce nieta 😇💓🙏

Alterada, la joven madre cierra los mensajes y se pasa por tres redes sociales mientras siente el peso y el calor de su bebé bajo el brazo derecho, y atesora sus ruiditos de alegría mientras mama. Para variar, los depredadores siembran el caos en internet. Todas las personas de la ciudad son depredadores. Si tuviese que resumir el argumento de la vida contemporánea, la madre diría: va de que todo el mundo se castiga mutuamente por cosas que no han hecho. Y ahí está ella, que se niega a mirar a su bebé y lo castiga por algo que no ha hecho. La madre ha desarrollado fobia a los ojos del bebé.

El bebé tiene cuatro semanas. Las cuatro semanas que la madre lleva viviendo en el sótano de su mente. Se ha pasado el día alimentando su ansiedad con blogs de mamás. Son terroríficos, los blogs de mamás, peores que las webs médicas, pero igualmente diseñadas para explotar tu Tánatos. La maternidad es el trabajo más valioso que vas a desempeñar jamás, afirman en los blogs de mamás con convicción impermeable. Antes de pinchar en ellos, la madre se ha preparado para lo que en principio creía que era el peor de los diagnósticos: Eres una mala madre. Pero, en realidad, el peor diagnóstico no era ese. Eres una psicópata, concluían los blogs de mamás. Eres una amenaza para todo el mundo.

En el sofá, con el bebé acunado, la madre empieza a entrar en pánico, así que se fuerza a tranquilizarse. Respira hondo, exhala la tensión. Relaja la frente, las cejas y la boca. No oyes nada salvo el zumbido del ventilador del techo. Se supone que tiene que imaginar que su cuerpo es una medusa o no sé qué. Visualizar que los lazos entre su cuerpo y el resto del mundo se disuelven. Su prima Kara le enseñó esos trucos cuando eran compañeras de piso.

Antes de ser la madre, la madre era Hope.

–Tiene gracia que te llames Hope –dijo Kara en una ocasión–. Porque, bueno, tampoco es que vayas sobrada.

Al acabar el instituto, Hope encontró trabajo de camarera y Kara, de peluquera. Juntas, alquilaron una casa barata cerca del río. A Kara le iba la ropa chillona, los chicles de canela y los hombres angustiados. Se cambiaba el color del pelo cada pocos meses, pero su favorito era el púrpura. Era una persona de una felicidad desconcertante, a veces ponía a Céline Dion y bailaba mientras cocinaba. Hope solía preguntarse cómo sería pasar unas vacaciones en la psique de su prima. Cuando tenían veinte años, Kara encontró a Hope en posición fetal en los azulejos del baño a las tres de la madrugada, sollozando porque tenía mucho miedo, miedo a todo, un todo tan grande que, en esencia, no era nada, y esa nada la engullía, lo engullía todo. Al día siguiente, Kara y Hope fueron en coche a Vegetable Bed, la única tienda de comida sana de Vacca Vale: un cubículo con luces parpadeantes que las encandiló a las dos con su aroma a especias y sus variedades de sustitutivos del azúcar. Regresaron con una bolsa de papel llena de remedios homeopáticos que Hope ni entendía ni se podía permitir: acónito, argentum nitricum, stramonium, arsenicum album, ignatia. Cada vez que Hope se lanzaba de cabeza a alguna de sus sombras electrificadas, Kara le tendía una mano colmada de remedios, le preparaba un té de lavanda, le recomendaba pasear. Meditar. Yoga. Magnesio. A veces ponía a Hope un episodio de su programa favorito: Conoce a los vecinos.

–Ponte este collar –decía Kara–. Es de amatista, el cristal tranquilizante, genial contra los miedos. Ahuyenta la negatividad. Venga, haz conmigo ejercicios de respiración. Tal y como Kara solía informar a los hombres en los bares, era INFP según el Myers-Briggs («la mediadora»), un eneagrama tipo 2 («la generosa») y signo virgo («la sanadora»). Los cuidados, creía, eran su vocación.

Ahora, en su apartamento, Hope casi puede oír cómo Kara la guía durante el ejercicio de respiración, cómo su voz lila se Cierne sobre la habitación. Respira hondo. Exhala. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Otra vez. Mientras respira, Hope siente al bebé contra su piel, cálido y suave.

Razona que su miedo no tiene nada de misterioso. Su marido lleva todo el día en la obra, falta el sueño en su historial reciente y tiene un bultito en la garganta por un constipado inminente. Los pechos se le han hinchado a tamaño famoseo, en su cableado cerebral hay fogonazos de rayos eléctricos y, sin ninguna ayuda por parte del café, el cuerpo se le ha despertado hasta el extremo de la vigilancia animal. Las hormonas han subido al máximo el volumen del mundo, le han amusgado las orejas en dirección al bebé y obligado a estar a la escucha –siempre a la escucha– de su voz nueva y salivosa. Siente que es un zorro. Un zorro puesto de anfetas.

Por no hablar de los terrores corporales, aún peores. Después del parto, su cuerpo dejó de ser un coño para ser de nuevo una vagina. Está descubriendo que el embarazo, el parto y la recuperación posparto incluyen tres actos de una película de miedo que nadie te deja ver antes de que te toque vivirla. En el colegio católico, a Hope y a sus compañeras las obligaban a ver vídeos de abortos, las obligaban a escuchar el llanto posterior de las mujeres, las obligaban a ver cómo el feto se zafaba del instrumental del médico. Pero ¿alguien les habló de lo que pasaba cuando expulsabas al feto de tu cuerpo y lo arrojabas al mundo? No. Era «hermoso». Era «natural». Sobre todo, era un «milagro». La maternidad envuelta en un velo azul sagrado, detalles macabros que te ocultaban, una elaborada conspiración para que unas católicas engañadas parieran más católicas. Los dolores del posparto fustigan el cuerpo de la madre como centellas de rayos divinos cada vez que da de mamar. Dar de mamar no es algo intuitivo, y las bombas extractoras hacen que se sienta como una vaca cíborg. Cada vez que estornuda, se mea. Para evitarlo, se supone que tiene que hacer Kegel, un ejercicio infernal. En internet le dicen que imagine que está sentada encima de una canica. Luego contrae los músculos pélvicos como si fueses a levantar la canica.

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Autora: Tess Gunty. Título: La Conejera. Traducción: Ce Santiago. Editorial: Sexto Piso. Venta: Todostuslibros.

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