Inicio > Blogs > Barbitúricos Ciudadanos > Libros en verano… o la lectura como farmacopea

Libros en verano… o la lectura como farmacopea

Libros en verano… o la lectura como farmacopea

Apetecen unas cosas en lugar de otras. Devorar una vez más Madame Bovary, que se revela aún más fiera con el escarmiento de los años. Apetece entregarse, sin otro propósito que el mero placer, a aquella edición de Alba Editorial, Relatos de mar, que hace rato dejó de ser novedad y reúne los mejores cuentos, memorias o cartas inspiradas en la navegación y la aventura. Apetece la poesía completa de Borges (Lumen), y todo Conrad —¡cómo no!, si él es el verano—, y el Eliot de los Cuatro cuartetos editados por La Cama Sol. Apetece la literatura sin faja ni dossier de prensa, pero también la que está por convertirse en clásico contemporáneo. Ya ve, lector, en verano apetecen muchas cosas: el Kaufmann con Plácido Domingo y Ermonela Jaho en la Thaïs del Teatro Real, la Aída de Netrebko en el Met el próximo septiembre o el José Tomás a toro pasao de Algeciras. Hasta resucitar apetece.

"Si existe algo luminoso, es justo aquello que hallaremos en ese ciclo de los días largos, cuando el sol alcanza su posición más alta en el cielo acaso para recordarnos que la tierra nos reclama"

El verano es el territorio del hambre y el ocaso. Es el lugar de los deseos y sus perpetuas insatisfacciones: los grandes, fugaces y sólo después decepcionantes amores, las tormentas rabiosas y pasajeras, las siestas abrasivas de la demasiada verdad, tenga ésta forma de familia o de matrimonio obsolescente. El verano es la rueda del estío y el hastío de la que brotan los hallazgos. Para quienes vivimos del acto de leer —y escribir, cuando se tercia—, el verano es el tiempo de una resurrección. Y leer, ya sabe usted lector, es siempre una segunda oportunidad.

La temporada editorial que comenzó en septiembre de 2017 dejó una cantidad significativa de novedades que reclaman lecturas, no importa ni siquiera que resulten impuntuales. Si existe algo luminoso, es justo aquello que hallaremos en ese ciclo de los días largos, cuando el sol alcanza su posición más alta en el cielo acaso para recordarnos que la tierra nos reclama. Que lo crepuscular va en serio. Que moriremos borrachos o abstemios, promiscuos o jamás amados. Da igual. El verano aparece para recordar que alguien, al final, apagará la luz. Leer, entre otros asuntos, ayuda a sobrellevar la caducidad. Le inyecta un sentido distinto.

"Un repaso a la ficción escrita en español publicada por los sellos de grandes grupos obliga a detenerse en nombres como un Javier Marías en estado de gracia con su Berta Isla"

¿Qué leer? ¿Dónde ir a fundirse los días los ludópatas el dinero? La respuesta entraña cierto pudor, porque retrata al que elige una cosa y deja de lado otra. Un repaso a la ficción escrita en español publicada por los sellos de grandes grupos obliga a detenerse en nombres como un Javier Marías en estado de gracia con su Berta Isla —se publicó en septiembre, es cierto, pero si no se ha leído hay desdicha y amputación—, también en la Susan Sontag de Declaración, la magnífica edición de los cuentos reunidos de la norteamericana publicados por Literatura Penguin Random House y también en el Coetzee de los Siete cuentos morales (Penguin, también) o la elegancia de la italiana Elsa Morante en La historia, una novela que se desarrolla en la Italia de la Segunda Guerra Mundial y que licúa el ánimo con tanta fuerza como la Natalia Ginzburg de Las tareas de la casa y otros ensayos (Lumen), un libro que ni es una novedad ni necesita serlo. Ya sea la muerte de la novela (la muerte del lector), el hielo en el vaso de agua del psicoanalista, la carta que Dickinson le escribió a un mundo (y que este nunca le respondió)… todo en las páginas de ese libro emociona y conmueve. Quema.

La urgencia lectora prosigue, como el hambre o los incendios, con Chica de campo (Errata Naturae), las memorias de la autora irlandesa Edna O’Brien. Sus páginas encuadernan el testimonio de una existencia compleja, y en la que merece la pena detenerse. La primera novela de Edna O’Brien se publicó en 1960 y escandalizó tanto a la gente de su pueblo que el libro fue quemado en público en la plaza mayor. Estas páginas extraen los rasgos de una vida y una personalidad peculiar: conventos de monjas, fugas, divorcios, el Londres de los sesenta y encuentros con gigantes de Hollywood. También de Errata Naturae, en una coedición con Periférica, hay que destacar Hombres, una nueva novela autobiográfica de la inmensa Angelika Schrobsdorff, autora de Tú no eres como las otras madres, un libro que en 2016 sobrepasó las ocho ediciones y que comparte con esta novela la fuerza de una narradora y un personaje afeitado de pudor y complejos.

"El verano es tiempo también de la canela —el olor que tiene la piel cuando se ha sido niño en una costa del mar caribe— y que, desde otra cartografía, desglosa Jack Turner en Las especias"

Hay urgencia también en libros que exigen ser leídos con música a todo volumen, como la biografía de Maria Callas que publicó Fernando Fraga en Fórcola o el ensayo La sinfonía de la libertad (Debate), de Antonio Batista, y el aún sin traducir The Politics of Opera: A History from Monteverdi to Mozart, de Mitchell Cohen. Es tiempo de Sangre, poesía y pasión, los requisitos que Giuseppe Verdi consideraba imprescindibles para que una ópera fuese considerada tal y que el escritor y periodista Rubén Amón hace suyos para contar una historia musical, al mismo tiempo que política, del Teatro Real —un libro magnífico, divulgativo, pero sin concesiones publicado por Alianza—. En esa selección se abre paso Mario Cuenca Sandoval con el Messiaen de El don de la fiebre (Seix Barral).

El verano es tiempo también de la canela —el olor que tiene la piel cuando se ha sido niño en una costa del mar Caribe— y que, desde otra cartografía, desglosa Jack Turner en Las especias (Acantilado), así como de las coces que se reparten en el aire en las páginas de La historia de un caballo, una nouvelle de León Tolstói publicada recientemente por el sello Acantilado con la traducción de Selma Ancira. Hay que mencionar la Ordesa (Alfaguara), de Manuel Vilas, que ya anticipaba malestar en la América de Círculo de Tiza y que duele, esta vez, de una manera especial. Para emoción también Lo que está y no se usa nos fulminará (Literatura Random House), de Patricio Pron.

"El verano es el tiempo de las fiestas, las comilonas y los excesos. Es la temporada en la que las vestales salen a hacer la compra para comerse a Orfeo a dentelladas"

El desarraigo, lector, automedica y como esto es un barbitúrico de verano, no se sorprenda usted si sobra una intensidad entre infantil y empalagosa. Pero esto, ya ve usted, es una farmacopea. Una exageración. Por eso toca avanzar con un volumen editado por Anagrama que reúne los cinco primeros libros de relatos de Patricia Highsmith. En estas páginas, Highsmith despliega los elementos esenciales de su universo novelístico: el crimen que irrumpe en lo cotidiano y la maldad despojada de cualquier redención. Sus pequeñas misgonias, sin duda, lo mejor. Y si de crimen hablamos, resulta indispensable La forma de la oscuridad, una novela dantesca —literalmente— escrita por el italiano Mirko Zilahy y publicada por Alfaguara. Se trata de una segunda entrega de la serie dedicada a Enrico Mancini, un atormentado comisario que se mueve por los entresijos de una Roma insospechada. Ya lo hizo con aquel asesino, la Sombra, de Así es como se mata (Alfaguara) y que ahora se enfrenta al Escultor, alguien que degüella hombres y mujeres para componer con ellos las escenas mitológicas más hermosas y estomagantes que ningún psicoanalista jungiano haya descifrado jamás. Se trata de un libro total, un clásico capaz de quitarle la vez y la voz a muchas sagas detectivescas: una novela culta sin ser pretenciosa, una lectura brutal que exige y recompensa.

En el verano, lector, todos los días son un incendio. Escrito con la caligrafía de la letra quebrada, esa uve que invita al abismo y la resurrección, el verano está hecho para la combustión. Para arder en la paila de la primera vez y el eterno regreso a la ración recalentada de lo que fue nuestro corazón cuando descubrimos el mar. El verano es el tiempo de las fiestas, las comilonas y los excesos. Es la temporada en la que las vestales salen a hacer la compra para comerse a Orfeo a dentelladas. Son los días en los que las la vida ocurre exagerándose, para parecer más vida. Podrá usted, lector, perdonar el exceso de esta bitácora lectora… de esta farmacopea que comparto con usted.