Escrito en 1901, pero oculto durante años por temor a las represalias contra su familia, este libro retrata uno de los periodos más oscuros de la historia de Estados Unidos: la era de las leyes Jim Crow (segregación racial institucionalizada bajo la doctrina de “separados per iguales”) y el auge del terrorismo racial.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Los Estados Unidos del Linchamiento (El Desvelo), de Mark Twain.
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I
¡Y así ha caído Misuri, ese gran Estado! Algunos de sus hijos se han unido a los linchadores y la mancha nos salpica al resto. Ese puñado de hijos nos ha dado una reputación y nos ha etiquetado con un nombre: para los habitantes de los cuatro rincones de la tierra somos «linchadores», ahora y para siempre. Porque el mundo no se detendrá a pensar —nunca lo hace, no es su costumbre—, su proceder habitual es generalizar a partir de una sola muestra. No dirá: «Esos habitantes de Misuri llevan ochenta años esforzándose por construir un buen nombre honorable, estos cien linchadores de un rincón del estado no son verdaderos habitantes de Misuri, son renegados». No, esa verdad no entrará en su mente; generalizará a partir de una o dos muestras engañosas y dirá: «Los de Misuri son linchadores».
II
¡Oh, Misuri! La tragedia ocurrió cerca de Pierce City, en el extremo suroeste del Estado. Un domingo por la tarde, una joven blanca que regresaba sola de la iglesia fue hallada asesinada. Porque allí hay iglesias. En mi época la religión era más generalizada, más omnipresente en el sur que en el norte, y también más viril y ferviente, creo. Tengo razones para creer que sigue siendo así.
La joven fue hallada asesinada. Aunque era una región de iglesias y escuelas, la gente se levantó, linchó a tres negros —dos de ellos muy ancianos—, quemó cinco hogares de negros y expulsó a treinta familias negras a los bosques.
No me detengo en la provocación que impulsó a la gente a estos crímenes, pues eso no tiene nada que ver con el asunto. La única cuestión es: ¿toma el asesino la ley por su mano? Es muy sencillo y muy justo. Si se demuestra que el asesino ha usurpado la prerrogativa de la ley para reparar sus agravios, ahí termina la cuestión: mil provocaciones no sirven de defensa.
La gente de Pierce City tuvo una provocación amarga —de hecho, según ciertos detalles, la más amarga de todas—, pero no importa: se tomaron la justicia por su mano. Según su propio criterio, la víctima seguramente habría sido colgada si se hubiera permitido que la ley siguiera su curso, ya que hay pocos negros en esa región y carecen de autoridad o influencia para intimidar a los jurados.
¿Por qué el linchamiento, con diversos acompañamientos bárbaros, se ha convertido en el regulador favorito en casos de «crimen habitual» en varias partes del país? ¿Es porque los hombres piensan que un castigo escabroso y terrible es una lección más contundente y un factor disuasorio más efectivo que un ahorcamiento sobrio y anodino realizado en privado en una cárcel?
Seguramente, los hombres cuerdos no piensen eso. Pero hasta un niño cualquiera debería saberlo mejor. Debería saber que cualquier evento extraño y muy comentado siempre es seguido por imitaciones, estando el mundo tan bien provisto de personas excitables que solo necesitan un pequeño estímulo para perder lo que les queda de cabeza y hacer cosas que normalmente no se les habría ocurrido. Debería saber que si un hombre salta desde el puente de Brooklyn, otro lo imitará; que si una persona se aventura por el remolino del Niágara en un barril, otra la imitará; que si un Jack el Destripador se hace notorio masacrando mujeres en callejones oscuros, será imitado; que si un hombre intenta atentar contra la vida de un rey y los periódicos hacen ruido por todo el globo, surgirán regicidas por todas partes.
El niño debería saber que un ultraje y asesinato muy comentado cometido por un negro trastornará el intelecto perturbado de varios otros negros y producirá una serie de idénticas tragedias que la comunidad desea tan fervientemente evitar, que cada uno de estos crímenes producirá otra serie y, año tras año, aumentará constantemente el recuento de estos desastres en lugar de disminuirlo, que, en una palabra, los propios linchadores son los peores enemigos de sus mujeres.
El niño también debería saber que por una ley de nuestra naturaleza, las comunidades, al igual que los individuos, son imitativas y que un linchamiento muy difundido producirá infaliblemente otros linchamientos aquí, allá y más allá, y que con el tiempo estos engendrarán una manía, una moda, una moda que se extenderá más y más, año tras año, cubriendo Estado tras Estado, como una enfermedad que avanza. El linchamiento ha llegado a Colorado, ha llegado a California, ha llegado a Indiana… ¡y ahora a Misuri! Puede que viva para ver a un negro quemado en Union Square, Nueva York, con cincuenta mil personas presentes y ni un solo sheriff a la vista, ni un gobernador, ni un agente, ni un coronel, ni un clérigo, ni ningún representante del orden legal de ningún tipo.
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Autor: Mark Twain. Título: Los Estados Unidos del Linchamiento. Traducción: Javier Fernández Rubio. Editorial: El Desvelo. Venta: Todos tus libros.


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