Inicio > Libros > Adelantos editoriales > París en femenino, de Ángel Esteban

París en femenino, de Ángel Esteban

París en femenino, de Ángel Esteban

A finales del siglo XIX y en la primera mitad del XX París congregó a artistas e intelectuales, pero cuando se habla de la Belle Époque y de la vanguardia posterior en el período de entreguerras apenas hay nombres de mujeres. ¿Existieron? Existieron, pero la historia las relegó a los márgenes. Fueron multitud, y su protagonismo no se limitó a crear obras maestras, ni siquiera a inventar salones literarios, dirigir editoriales, revistas o periódicos. En muchas ocasiones fueron también las que financiaron, animaron, sacaron del anonimato, descubrieron, difundieron, amaron y odiaron a los escritores hombres.

Este libro trata de remover o incluso agitar el canon de la literatura occidental para agregar luz en la ciudad que ya la tiene por méritos propios, pero que la crítica y los géneros biográficos siempre han enfocado en función de la vida y la producción literaria de los hombres.

A continuación reproducimos un fragmento de París en femenino (Planeta), de Ángel Esteban.

*****

París y las escritoras ingobernables: otra orgía perpetua

George Sand, la novelista más importante del Romanticismo francés, que vestía sin permiso como un hombre y fumaba en público, aseguraba que París era el lugar del universo donde lo imprevisto había fundado su reino. Si todo era posible en la ciudad de la luz hacia la mitad del XIX, en el fin de siglo y durante la primera mitad del XX esa versatilidad se multiplicó, y mucho más para los artistas, escritores, gentes sensibles, raras y muchas veces inadaptadas. Todo lo que la vista alcanzaba desde el pináculo de la Torre Eiffel se ajustaba a una horma sin norma, y la urbe aclamada por Baudelaire como el paraíso del flâneur llegaría a ser el refugio para señoras y señores cuya necesidad de expansión espiritual o emocional no cabía en su cuerpo. El poeta de Las flores del mal sentía que la ciudad era el centro del mundo, y a la vez el poeta, un flâneur perfecto, podía sentirse en ella como en casa, porque actuaba en medio del bullicio como de incógnito, permaneciendo oculto, y viendo y haciendo lo que le daba la gana, succionando de la calle todo tipo de material humano para alimentar su obra.

Si ese plan de vida funcionaba y era muy atractivo para los hombres, todavía lo era mucho más para las mujeres, sometidas siempre y en todo lugar a restricciones interminables en la vida social, cultural, profesional e incluso familiar. De un lado al otro del Atlántico, la mayoría de los países del orbe occidental, teóricamente los más adelantados y progresistas, albergaban desde siglos leyes escritas o fantasmas sociales que obligaban a las mujeres a recluirse en la casa, a vestir constreñidas a un determinado modelo, a comportarse discreta o invisiblemente en público, a no escribir, a no pintar, a no esculpir, a no cantar profesionalmente, a no ser independientes o solteras, a no manejar dinero, a no tener cuentas de banco, a no ser propietarias de inmuebles, a no conducir cuando aparecieron los automóviles. Y en las sociedades puritanas, como las anglosajonas, o en los regímenes caudillistas o dictatoriales, como en muchos países de cuño hispánico, las prohibiciones y el nulo espacio para operar con derechos, solicitarlos o exigirlos, las limitaba todavía más.

"El colmo de la represión se daba, más en las mujeres que en los hombres, cuando las dos personas implicadas eran escritoras o artistas y vivían o se relacionaban como pareja"

Por eso, un lugar como París se convirtió para ellas en el nicho donde podían exhibirse tal como eran, donde la libertad no era una estatua o una palabra hueca, sin sonido ni correlato. Si los artistas comenzaron a ver ya en el siglo XIX la ciudad del Sena como la meca del arte y la literatura, las artistas, actrices y escritoras la desearon doblemente: por sus inclinaciones naturales a la creación artística y por ser mujeres. Y ello era todavía más determinante si algunas sufrían además marginación por motivos de género, ya que la homosexualidad estaba perseguida en bloque.

El colmo de la represión se daba, más en las mujeres que en los hombres, cuando las dos personas implicadas eran escritoras o artistas y vivían o se relacionaban como pareja. Por eso, no extraña el enorme material humano que se congregó en París a finales del XIX y la primera mitad del XX, hombres y mujeres. Lo que llama la atención es que, cuando se habla de la Belle Époque, que duró cerca de cuatro décadas y terminó con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, y de la vanguardia posterior en el período de entreguerras, con el desarrollo más específico del surrealismo y otras modalidades que continuaban las primeras vanguardias anteriores a la guerra y el modernismo anglosajón, apenas hay nombres de mujeres.

Ese París siempre ha sido el de los hombres escritores, hombres pintores, hombres músicos, con una nómina abultada a la que cualquier persona de mediana cultura puede asentir e incluso repetir sin demasiado esfuerzo: Rubén Darío, Ernest Hemingway, James Joyce, André Breton, Salvador Dalí, Pablo Picasso, Ezra Pound, T. S. Eliot, Paul Valéry, César Vallejo, Vicente Huidobro, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, César Moro, Georges Bataille, Louis Aragon, Paul Éluard, Scott Fitzgerald, Henri Matisse, Paul Verlaine, George Orwell, Joan Miró, Oscar Wilde, Vasili Kandinsky, Jean Cocteau, Jean-Paul Sartre, Guillaume Apollinaire, Filippo Tommaso Marinetti, Diego Rivera, Luis Buñuel, Marcel Proust, Maurice Barrès, Enrique Gómez Carrillo, José Asunción Silva, Leopoldo Lugones, Alfonso Reyes, Henry Miller y un largo etcétera, hombres de distintos países que aprovecharon el brillo de las calles de París para brillar ellos y a la vez retroalimentar a la ciudad con mayores luminosidades.

Sin embargo, muy poca gente es capaz de aludir a unas cuantas mujeres que realizaran labores similares a las de los hombres y ejercieran un liderazgo cultural, literario y de gestión de la ciudad en el ámbito artístico. Mujeres, además, cuya calidad literaria fuera paralela o mayor que la de muchos de esos hombres a los que acabamos de citar. ¿Existieron? Existieron, y fueron multitud, y su protagonismo no se limitó a crear obras maestras, ni siquiera a inventar salones literarios, dirigir editoriales, revistas o periódicos. En muchas ocasiones fueron también las que financiaron, animaron, sacaron del anonimato, descubrieron, difundieron, amaron y odiaron a los escritores hombres.

James Joyce publicó Ulises porque Sylvia Beach creó un sello en su librería para que la monumental novela viera la luz, cuando había sido rechazado, condenado, perseguido, marginado y excluido por el mundo editorial y moral biempensante. Años antes, Margaret Anderson había publicado algunos capítulos de Ulises en su revista, The Little Review, y fue juzgada por ello y obligada a cerrarla, aunque hizo caso omiso de aquella disposición.

Oscar Wilde quizá no hubiera escrito y publicado El retrato de Dorian Gray o, quizá sí lo hubiera publicado pero pasando desapercibido, si no hubiera sido por la amistad, la acogida y el ímpetu de Rachilde, que también ayudó y promocionó a Mallarmé, José María de Heredia, Remy de Gourmont o el jovencísimo Alfred Jarry, y socorrió a Paul Verlaine cuando fue expulsado del apartamento donde vivía y no tenía ni dinero ni un lugar digno donde vivir.

Y ¿qué habría sido de Henry Miller, no solo de sus trópicos, sino de su propia vida y subsistencia, sin el apoyo moral y económico, también sexual, de Anaïs Nin? Y todavía con más descaro, alcance e intensidad, ¿cómo se habría fraguado la obra de genios como Hemingway, Fitzgerald, Max Jacob, Ezra Pound, Paul Bowles, sin los consejos y la acogida de la «Mamá Grande» Gertrude Stein, quien además fue marchante de arte y llevó a la cumbre a algunos pintores que luchaban por un puesto en el Olimpo, como Picasso o Matisse?

Bryher, por ejemplo, fundó una editorial en los años veinte, en colaboración con McAlmon, y allí publicó Hemingway su primer texto, pero también llevaron el sello de Contact Editions poemas de William Carlos Williams, obras de Ford Madox Ford y otros escritores relevantes.

"Ese protagonismo de la mujer en el destino literario del hombre famoso fue mucho más contundente en Georgette Vallejo, que soportó la forma sobria e incómoda de ser de su marido César"

Y ¿qué decir de Catherine Pozzi, que no se afanaba en publicar sus escritos, pero en la década de los veinte dio muchísimas ideas, reflexiones, incluso textos a su amante Paul Valéry, que acababa de publicar El cementerio marino y ya era muy apreciado, pero a la vez necesitaba materiales para sus obras posteriores?

Otro ejemplo pertinente de pareja en la que la parte menos conocida ayuda sustancialmente a la más famosa es el de Elsa Triolet con Louis Aragon. En varias ocasiones, la rusa tuvo que mantener económica y anímicamente al gran poeta surrealista, en épocas de sequía, de nula inspiración, de poco interés en su obra por parte del público lector, en estados depresivos o críticos.

Ese protagonismo de la mujer en el destino literario del hombre famoso fue mucho más contundente en Georgette Vallejo, que soportó la forma sobria e incómoda de ser de su marido César, quizá el mejor poeta en lengua española de todo el siglo XX, lo mantuvo desde el punto de vista económico y publicó una gran parte de su obra, que había quedado inédita cuando murió en París con aguacero, poniéndolo en circulación, cuando era todavía un escritor con escasa obra y limitado recorrido.

Generosa fue también Djuna Barnes con su amigo T. S. Eliot, a quien ayudó a difundir sus obras de una forma desinteresada y eficaz.

Y Colette llegó a ser «negro» literario de su esposo «Willy», el escritor Henry Gautier-Villars, que firmaba las novelas que ella escribía y acrecentaba así su fama y su peculio, y que pudo hacer eso hasta que ella se divorció y comenzó a firmar con su nombre propio, situación que la convirtió en la escritora más famosa de Francia sobre todo en el final del período de entreguerras.

En un perímetro mucho más ambicioso, Natalie Barney organizó con Ezra Pound lo que ambos llamaron el Bel Esprit, un circuito de apoyo a grandes escritores con necesidades económicas para que se pudieran dedicar solo a la escritura. De él se beneficiaron, o al menos fueron propuestos para ello, genios como T. S. Eliot o Paul Valéry.

"Más allá de estas y otras muchas evidencias, este libro trata de remover o incluso agitar el canon de la literatura occidental, para agregar luz en la ciudad que ya la tiene por méritos propios"

En fin, en otras ocasiones algunas de estas ingobernables inspiraron obras maestras de la literatura y el arte, como ocurrió con la novela De sobremesa, del colombiano José Asunción Silva, quien al final de su corta vida pasó una temporada en el París de fin de siglo y convirtió a la escritora y musa rusa María Bashkirtseff en uno de los personajes principales de su narración, a quien llamaba «Nuestra Señora del Perpetuo Deseo».

Y Judith Gautier se transformó en la musa de la ópera Parsifal, de Wagner, genio al que ayudó en sus momentos de tristeza o carencia de inspiración, pues él mismo le confesó que estaba enamorado de ella y la necesitaba para continuar componiendo.

Más allá de estas y otras muchas evidencias, este libro trata de remover o incluso agitar el canon de la literatura occidental, para agregar luz en la ciudad que ya la tiene por méritos propios, pero que la crítica y los géneros biográficos siempre han enfocado en función de la vida y la producción literaria de los hombres.

Por estas páginas desfilan treinta escritoras muy singulares, en las que coinciden varios detalles. En primer lugar, se sitúan en los siglos XIX y XX, preferentemente en las últimas décadas de uno y las primeras del otro, cuando se supone que se produce una edad dorada de la literatura y el arte en la capital francesa. En segundo lugar, son, por regla general, escritoras cuya calidad literaria no tiene nada que envidiar a la de la mayoría de los hombres que en aquel tiempo y en aquel lugar poblaron las páginas de las historias de las literaturas, de las que ellas fueron esquivadas, ignoradas, marginadas y relegadas, a pesar de que muchas de esas protagonistas publicaron abultados bestsellers en su tiempo, ganaron mucho dinero con su obra y fueron conocidísimas y muy queridas.

—————————————

Autor: Ángel Esteban. Título: París en femenino. Editorial: Planeta. Venta: Todostuslibros.   

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios