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Los libros que devoraron a mi hija

Los libros que devoraron a mi hija

Recorte de la portada de «En el mar», de Toine Heijmans (Acantilado).

Cada mes es el último, me digo, mientras camino bajo el sol de agosto con mi compañera de trabajo, una pequeña ilusa de apenas dos años. Pasamos las tardes desordenando libros y engullendo galletas repletas de pecas de chocolate. El poder económico no debe contrariar al poder familiar, y aun así, horas antes he llevado la cuchara hasta mi boca sin mediar palabra, mirando de reojo a Valeria. «No hables de deuda, no atemorices», me ordeno siempre antes de entrar en casa a golpe de bombo y platillo, como si cada mes como librero no fuera una legua más camino de la hecatombe. Solo en una ocasión dejé la tortilla intacta y hui hasta la cama a lloriquear, planteándome si los sueños cumplidos merecen poner en riesgo el futuro de nuestros hijos y, en este caso, permitir que los libros engullan a mi hija:

—No olvides cuánto deseabas abrir la librería, así que lucha —dice mi mujer, tumbándose ambas en la cama y formando un caparazón de silencio junto a mis treinta y dos años infantilizados, a la espera de la noche de los tiempos que nos fosilice como una familia unida.

"Que un mes no sea el último depende de mis botas manchadas de barro y la esperanza de criar entre libros y escritores a mi favorita persona entre todas"

El verano es una amable utopía que acabará en el inodoro de cualquier tormenta de septiembre. Casi cada noche de agosto, La Selva Dentro echaba el cierre con prisas, cargando libros en el SUV familiar que compramos cuando era un feliz mileurista; alguna reproducción de lanza íbera junto a su escudo que nos ayuda a hablar de mitología; un emparedado de salami y queso y la predisposición a contemplar con nuestros clientes las constelaciones que los helenos nombraron para la posteridad. La noche que sea uno de esos libreros que caminan hasta el abrigo del hogar con el bolsillo abultado como el usurero Scrooge que inmortalizase Dickens dejaré de ser librero. No por ilusión ni por riqueza, más bien habré dejado de insuflar ganas de vivir a mis clientes.

Que cada mes no sea el último depende de mis obsesiones personales, de involucrar a la ciudad a que ame la fotografía, la arqueología o la astronomía o lo que la casuística quiera cruzar en mi vida. Que un mes no sea el último depende de mis botas manchadas de barro y la esperanza de criar entre libros y escritores a mi favorita persona entre todas y sí, mantenerla despierta hasta la madrugada en mitad de una reserva natural para que observe la luna a través de un telescopio por primera vez.

"Eso sí, la paternidad y la librería me hicieron demarrar hacia lecturas endurecidas, muy vinculadas a las relaciones entre padres e hijos"

Una librería es un negocio inofensivo en el corazón de una ciudad —muy al margen de inspecciones o denuncias que acosan a otras empresas— pero francamente doloroso. El trámite de deuda con los grandes entes editoriales fluctúa de desigual manera, la angustia ante una posible deuda de miles de euros en realidad es contraria con solo una llamada aclaratoria; alguien en la otra punta del país tiene a tu favor miles de euros y decenas de libros, debido al enredoso sistema de devoluciones, abonos y depósitos. Lo mejor del verano es el periodo vacacional de los comerciales editoriales, seres vacuos cuyas mesillas de hotel y viajes no se doblegan por el peso de los libros que leen, precisamente.

Desde que en el mes cinco del pasado año abrió La Selva Dentro, mis lecturas han empeorado, o al menos se han allanado. Rara vez doy con las páginas finales de un libro y las lecturas derivan en cuestión de semanas de best seller a lo más selecto de Errata Naturae. La capacidad de elegir lecturas con el hambre voraz de un niño no es una buena premisa para la lectura sosegada. Eso sí, la paternidad y la librería me hicieron demarrar hacia lecturas endurecidas, muy vinculadas a las relaciones entre padres e hijos, lo que demuestra una vez más que la recomendación de un buen libro debe estar en estrecho lazo con las circunstancias existenciales de cada lector.

"Una vez más y como ocurriera con el arriba nombrado En el mar, la figura de la mujer se sitúa una vez más como el punto de inflexión y cordura ante un relato a medias entre la aventura y la ruptura existencial"

Disfruté el pasado verano de una novela que volví a releer en 2019: En el mar (Toine Heijmans, Acantilado). Una pequeña delicia aventurera, épica al nivel en la que los padres apoltronados podemos llegar a serlo. El protagonista nos emulará la figura de un padre abochornado por la rutina y una crisis personal, dispuesto a pasar tres meses en soledad a bordo de un velero. El sueño es ampliable a la pequeña de la familia, una ricura de siete años que acompañará a su papá en las últimas cuarenta y ocho horas de travesía. La relación entre ambos es envidiable, un conato de hermandad entre padre e hija que todos buscamos, en este caso quebrado por la desaparición de la dulce María en una tormenta en mitad del mar. Un relato exquisito en primera persona hasta los dos últimos capítulos, dos puñaladas de realidad en tercera persona.

Hablando de Errata Naturae, ampliamos la relación estrecha paternofilial con Agua salada (Charles Simmons, Errata Naturae). “En el verano de 1963 yo me enamoré y mi padre se ahogó”, así comienza una novela a mitad de camino entre la nobleza de la infancia y los entresijos de la edad adulta. Ambientada en un paisaje costero ideal del Atlántico, Michael conectará con el niño interior que añora los periodos estivales frente al mar, la esencia del primer amor y las primeras decepciones. Una vez más, y como ocurriera con el arriba nombrado En el mar, la figura de la mujer se sitúa una vez más como el punto de inflexión y cordura ante un relato a medias entre la aventura y la ruptura existencial.

"Solo esa soledad familiar hace a un hombre estar a la altura e importancia de la figura materna"

No dejaré al margen Oeste (Carys Davies, Destino). Un tipo del este americano queda impresionado por la aparición de grandes esqueletos de monstruos en algunos paisajes del oeste. Bellman, un pobre cuidador de mulas y viudo, abandona su vida en busca de un sentido para permanecer con vida, muy a pesar de dejar en manos familiares a su adorada hija Bess. En oeste, John Cyrus Bellman solo encontrará la aprobación de los ojos sensibles de su hija, entablando la inquebrantable relación entre ambos hasta el final de sus vidas.

«Las hijas son para los padres», me decían cuando nació mi compañera de trabajo. Sea como sea, me gusta ir con ella a restaurantes, a solas, comer en silencio y reírnos ante cualquier ocurrencia; hacer salidas al campo a fotografiar la puesta de sol o buscar fósiles; abrir grandes libros de animales y sorprendernos. Solo esa soledad familiar hace a un hombre estar a la altura e importancia de la figura materna.

Toda esta historia tendrá un final feliz, si acaso, cuando sean los libros los que me devoren a mí en lugar del bienestar de mi hija, a años vista, narrada mi locura en tercera persona desde el parecer cuerdo de Valeria erigida mujer.

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