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Victoria, de James Lasdum

De James Lasdun ha dicho Johanna Thomas-Corr en The Observer: «Tiene la precisión psicológica de una historia de Chéjov». Su libro, Victoria (ed. De Conatus), está compuesto de dos novelas cortas: «Gloria emplumada» y «La siesta de un fauno». En esta, el periodista inglés Marco Rosedale es acusado por otra periodista compañera de una violación ocurrida más de veinte años atrás. Su reputación y su vida están al borde de la ruina. En «Gloria emplumada», la aparentemente felicidad entre un director de colegio y una artista que ha renunciado a su carrera por su matrimonio se ve quebrado por la aparición de un antiguo amor del marido.

James Lasdun es autor de novelas, poesía y libros de relatos. Uno de ellos sirvió de guion para la película de Bertolucci Asediada. Escribe habitualmente en Harper’s, Granta y The New Yorker. Ha enseñado escritura creativa en universidades americanas.

Zenda publica las primeras páginas.

***

Gloria emplumada

1

El tren paró en la silenciosa estación del margen del río. Se apeó un hombre corpulento cargando con una maleta desvencijada. Estaba solo, un hecho que observó con perplejidad la persona que lo esperaba en el andén.

—¿No viene Audrey?

—Me temo que no.

—¿Por qué?

El hombre corpulento suspiró.

—Me he ido de casa.

—¡Oh, Victor!

—Te lo cuento en el coche.

—¿Por qué no nos has llamado?

—Déjame fumarme uno de éstos, Richard.

Victor había sacado de su cajetilla un puro pequeño, un purito, y mientras el tren arrancaba con una sacudida, se quedó allí de pie inhalando el tabaco de aroma intenso y su anfitrión del fin de semana, Richard Timmerman, se dedicó a esperar con paciencia a su lado.

Los dos eran viejos amigos. Habían crecido en el mismo pueblo de Massachusetts y no habían perdido la amistad a pesar de haber seguido derroteros distintos en sus vidas adultas. Ahora Richard dirigía una escuela primaria privada en Aurelia, a unas cien millas al norte de Nueva York, mientras Victor, que vivía en Manhattan, en el Lower East Side, se ganaba la vida como podía con el periodismo musical –escribiendo principalmente sobre alguna modalidad de jazz desconocido– y llevaba la vida desordenada y cada vez más deprimente –o eso pensaba para sus adentros Richard– del bohemio maduro.

Recientemente, sin embargo, Victor se había casado. Audrey, su mujer, era quince años más joven que él: ejecutiva de una compañía de moda, muy chic y guapa y eficiente. Victor parecía atraer a aquella clase de mujeres. Richard suponía que lo veían como un desafío; un guante que alguien les arrojaba a sus poderes de limpieza y orden redentor. Pocas duraban más que un par de meses, sin embargo, y aunque Richard se había alegrado de oír que esta tenía planeado no aflojar en su empeño, no había dejado de estar receloso. Y ahora parecía que sus miedos se habían visto justificados.

La historia que le contó Victor en el coche era brutalmente simple. Había conocido a otra mujer. Habían decidido que no podían vivir el uno sin el otro. Victor había abandonado a Audrey y a la bebé que tenían y había alquilado un apartamento donde la nueva mujer, Oxana, se iba a reunir con él en cuanto le diera la noticia a su marido, que estaba en Asia de viaje de negocios.

—¿Y ya está?

—Ya está.

—Dios mío, Victor. ¿Y qué dice de esto Audrey?

—Está destrozada.

—¡No me extraña! Tú tampoco pareces demasiado contento.

Victor apartó la vista y no dijo nada.

Sara, la mujer de Richard, ya tenía el almuerzo listo cuando llegaron a la casa. No hizo ningún comentario sobre la ausencia de Audrey y del bebé; se limitó a mirar con cara interrogativa a Richard mientras Victor subía su maleta al dormitorio de invitados. Richard le explicó la situación.

—Qué lástima –dijo ella–. Me caía bien Audrey.

Quitó un cubierto de la mesa del comedor y se llevó la vieja trona con respaldo de barrotes que había sacado para el bebé. Daniel, su hijo de diez años, llenó la jarra del agua y los tres se quedaron sentados, esperando a que su invitado reapareciera.

Quince minutos más tarde todavía no había bajado. Richard lo llamó desde las escaleras. Como no recibió respuesta, subió y se encontró a Victor dormido, despatarrado sobre la cama trineo con los zapatos puestos y babeando por la comisura de la boca sobre la colcha de anticuario.

Durmió hasta última hora de la tarde y luego bajó con peor aspecto que antes: los ojos inyectados en sangre, la cara llena de manchas rojas y rosadas.

—¿Te encuentras bien, Victor? Físicamente, quiero decir –le preguntó Richard.

—Estoy bien. ¿Ya se me permite tomar una copa, o siguen en vigor las nuevas reglas?

Aquello era obviamente una alusión a su última visita, cuando Richard, en un esfuerzo para evitar que el beber se saliera de madre, le había dicho que Sara y él normalmente no empezaban hasta las seis de la tarde. También le había pedido a Victor que no fumara en casa porque el olor se quedaba en los tapices de Sara. En aquel momento no había parecido que a Victor le molestara, así que su tono cáustico de ahora sorprendió a Richard.

—Por supuesto que puedes tomar una copa.

Le sirvió un whisky a su amigo.

—Cenemos fuera –dijo de forma impulsiva, dándole el vaso–. Los dos solos. A Sara no le importará. O sea, lo entenderá.

Victor se animó una pizca:

—Estoy sin blanca…

—No te preocupes.

Fueron en coche al Millstream, un restaurante de las afueras del pueblo que tenía unos reservados tranquilos con revestimiento de madera.

—Muy bien –dijo Richard después de que pidieran–, ahora cuéntame toda la historia otra vez, desde el principio.

—Ya te la he contado.

—Sí, pero algo no encaja. Te has enamorado locamente de otra mujer. Y estás a punto de irte a vivir con ella. Entonces, ¿por qué eres tan infeliz?

Victor se encogió de hombros y miró a otra parte.

—Quieres volver, ¿no?

—¿Qué?

—¿Quieres volver con Audrey?

—No.

—Porque es lo que me parece. Que quieres volver con ella, pero ella no te deja.

—Pues te equivocas.

—¿Seguro?

—No seas pesado, Richard.

Llegó su cena.

—Escucha –dijo Richard–. No tenía planeado soltarte un sermón, pero me pregunto si no será eso lo que quieres que haga.

Victor se secó los labios con la servilleta.

—Me puedes soltar un sermón.

—Muy bien. Mira. Ya tienes cincuenta años.

—Casi.

—Casi. Te has pasado la vida entera yendo de mujer en mujer. A todas las dejas o últimamente te dejan ellas a ti. ¿Verdad?

—Verdad.

—En cualquier caso, en cuanto te quedas solo eres infeliz y te pones de inmediato a buscar otra nueva. Y ahora por fin has encontrado a una a la que quieres, Audrey, quiero decir, que por un milagro parece capaz de soportarte. Es atractiva, lista, cariñosa y le duran los trabajos… Te casas con ella, tenéis una niña juntos… ¿Y entonces vas y la dejas? Aparte de todo lo demás, ¿qué posibilidades hay de que la cosa vaya a funcionar a largo plazo con esa tal… Oxana? Sé que no puedo hablar por experiencia, pero debe de ser toda una negociación a nuestra edad montar una casa con alguien nuevo. Hay que incluir en el tratado toda clase de pequeñas manías, ¿no? Los pequeños detalles en letra pequeña del roncar, de los hábitos en el cuarto de baño, esas cosas. Y ahora vas a pasar por todo eso… ¿para qué? La única cosa en la que se puede confiar es la ley de los rendimientos decrecientes. Y lo sabes…

Siguió un buen rato con ese tema. Victor lo escuchó sin decir nada. Parecía absorber sus palabras como un niño castigado y penitente. Pero cuando terminó, le dirigió una mirada de impasividad tan llena de curiosidad que Richard se preguntó si lo habría ofendido sin darse cuenta. Aunque sus grandes rasgos se relajaron en una sonrisa, había cierta altivez en ella.

—No está mal –dijo Victor–. Has tenido broncas mejores, pero no está mal.

***

De madrugada a Richard lo despertaron unos ruidos procedentes de la parte de atrás de la casa. Cuando bajó a investigar, se encontró a Victor tirado en el umbral del porche, con la cabeza apoyada en el escalón de piedra de fuera, un purito en la boca y la botella de whisky a su lado en el suelo. Estaba soltando un gemido por lo bajo y, cuando se dio la vuelta, vio que estaba llorando.

—¡Vic! ¡Por el amor de Dios! Dime qué está pasando.

Victor soltó un quejido ronco y fuerte, como si fuera un animal dolorido. Richard lo ayudó a ponerse de pie y aplastó el purito con el pie en el escalón. Sosteniéndolo con cuidado, lo llevó hasta la sala de estar y lo sentó en el sofá.

—Pero venga. Me lo tienes que contar o no te puedo ayudar.

—Joder, Richard, ¿pero es que no está claro?

—¿El qué?

—¿No lo adivinas?

—No. ¡Dímelo!

—Me ha dejado.

—¿Audrey?

—No, memo. Oxana. Al volver su marido de China. En vez de dejarlo a él, me ha dejado a mí. Ha cambiado de canción por completo. No me contesta los e-mails. Es para partirse de risa, ¿no?

—No estoy sonriendo. Estoy… Escucha, Audrey está dispuesta a dejarte que vuelvas, ¿verdad?

—Sí.

—Bueno, pues entonces no has perdido nada. Vuelve. Empieza otra vez. Intenta encauzarlo todo de nuevo.

Victor parpadeó.

—Pero es que yo quiero a Oxana.

Richard intentó mantener la exasperación fuera de su voz.

—Sí, pero… no puedes tenerla. O sea que…

A Victor se le llenaron los ojos de lágrimas. Y sin embargo, a Richard le costaba empatizar con él: su sufrimiento le parecía perverso, infantil, autoinfligido y completamente innecesario.

Se puso de pie.

—Venga. Vamos a dormir un rato. Ya hablaremos mañana.

A la mañana siguiente se despertó con la sensación de haber sido un poco duro con Victor. Por su experiencia en las aulas, sabía que los consejos eran más fáciles de tragar cuando el que los daba mostraba cierta complicidad con el malhechor: deseos comunes; compartir la misma defectibilidad humana.

Aquella tarde se llevó a Victor a dar un paseo por el camino que iba al bosque desde el final de su calle. Ya casi era abril; todavía no había hojas ni flores, pero la nieve ya se había derretido y el olor a primavera subía del lecho del bosque.

—Una vez tuve una experiencia parecida a la tuya –empezó a decir Richard–. No fue lo mismo, porque no estaba casado, pero sí fue parecido. No te la conté por entonces porque, francamente, me daba demasiada vergüenza.

Victor soltó un gruñido de interés educado.

—Fue cuando estaba en el Ryden College, formando a maestros. Llevaba un año viviendo con Sara y habíamos decidido casarnos aquel otoño, después de que ella terminara sus clases textiles. Yo estaba muy enamorado de ella, igual que tú y Audrey; eso no cambió para nada. Pero hubo una estudiante que me cogió por sorpresa. No era de las mías, ni siquiera de la licenciatura, pero era una estudiante, a fin de cuentas. Era de Irlanda, de Cork. Francesca Sullivan. Quería ser profesora de música. Tenía una voz encantadora, tocaba toda clase de instrumentos… el salterio, la flauta, la mandolina. Por aquella época yo todavía tocaba la guitarra y nos conocimos a través de un grupo que se juntaba un par de noches por semana para tocar folk y bluegrass. Era extremadamente cariñosa y alegre, siempre estaba riendo, haciendo bromas y burlándose de sí misma. Me parecía muy atractiva, y en aquella época supongo que todavía tenía el instinto de intentar impresionar a cualquier mujer atractiva que entrara en mi órbita.

De manera que eso hice, y quizás porque no había mucha competencia, o porque estaba sola en Nueva York, o quizás, Dios sabe, porque realmente me encontró atractivo, mi intento funcionó, aunque con un efecto mucho más poderoso sobre de lo que yo había previsto. Antes de darme cuenta, ya estaba medio enamorado de ella. Le había hablado de Sara y eso había servido de freno, aunque también era una tapa bajo la cual podían bullir a fuego lento y en silencio toda clase de sentimientos ilícitos. Empezamos simplemente yendo juntos al metro, luego empezamos a coger el mismo tren hacia el sur, aunque eso significara que uno de nosotros tenía que hacer transbordo, después empezamos a pillar algún que otro café o bebida.

Una tarde la acompañé en el tren hasta su parada. Fuimos a un bar y mientras estábamos sentados el uno delante del otro me di cuenta de que había empezado a acariciarle el pelo. O sea, como si fuera algo normal que yo hacía. Tenía un pelo largo y castaño precioso, muy tupido y rebelde, y yo simplemente estaba metiéndole los dedos por entre la melena sin darme cuenta hasta que se echó a reír. Y un momento más tarde ya nos estábamos besando como una pareja de adolescentes…

A finales del semestre se volvió a Cork para pasar el verano con su familia. Todavía no nos habíamos, ya sabes, acostado juntos, y nos dijimos a nosotros mismos que la separación nos iría bien; nos obligaría a pensar en lo que realmente significábamos para el otro, y durante unos días me volví a sentir casi cuerdo. Pero entonces me mandó una carta, una carta de verdad, donde decía, entre otras cosas, que me estaba echando de menos más de lo que se había esperado, y empecé a añorarla con una intensidad que no había sentido antes. No me la podía sacar de la cabeza ni un segundo del día. Su melena, su aroma, su voz, su cara, su boca… Empecé a escabullirme del apartamento mientras Sara dormía para llamarla desde cabinas telefónicas. Nunca había sentido nada parecido en mi vida, ni por Sara ni por nadie más. No era exactamente placentero, pero sí extremadamente intenso.

Hice algo que no debería haber hecho, aunque para ser justo conmigo mismo, apenas fui consciente de hacerlo. En una de nuestras llamadas telefónicas le mencioné que Sara se marchaba una semana de la ciudad. Le dije a Francesca que tenía la fantasía de pasar aquella semana con ella, de alquilar un coche y de salir de la ciudad para ir adonde fuera, alojándonos en moteles… No lo dije a modo de invitación: simplemente estaba expresando cómo me sentía. Pero la mañana después de que Sara se marchara, sonó el teléfono y oí que la voz de Francesca me decía: “Hola. Soy yo. Estoy en Nueva York”. ¡Había volado desde Irlanda! Me quedé estupefacto. Nunca me había considerado alguien que tuviera un efecto así en las mujeres. ¡Pero allí estaba!

—Descansemos un momento –dijo Victor, jadeando por culpa de la subida.

Habían llegado a un claro del bosque donde antaño había una granja. Los excursionistas que pasaban por allí habían colocado unas losas de basalto azul de los antiguos cimientos para que formaran un par de asientos parecidos a tronos. Victor se sentó en uno y ladeó la cabeza bajo un haz de luz del sol. Richard se sentó a su lado y se remetió el dobladillo de la chaqueta entre el cuerpo y la piedra fría.

—Continúa.

—Bueno. Pasamos el día en su habitación de hotel consumando nuestra aventura y fue todo lo que podía ser. Ni siquiera me sentí culpable, por extraño que parezca. Me encontraba en un estado de, no sé, euforia, o…

—Estabas follando.

—Bueno, fue más que eso. Pero aquella noche, cuando salimos a cenar, mis sentimientos cambiaron de golpe. Todavía me acuerdo del momento exacto: fue cuando vino el camarero y nos encendió la vela de la mesa. Algo pisó el freno dentro de mí. Intenté esconderlo, pero para el final de la cena ya me había dado cuenta de que estaba cometiendo una grave equivocación. Me sentí terrible. Había una mujer preciosa mirándome con adoración desde el otro lado de la mesa, pero yo sólo podía pensar en cómo podía volver a mi apartamento, solo, lo más deprisa que pudiera. De alguna manera la idea de pasar la noche con Francesca me pareció una traición mucho mayor a Sara que lo que ya había pasado. O por lo menos me las apañé para convencerme de que si no pasaba la noche con ella todavía podría salvar algo de mi relación con Sara. Así pues…

—¿Qué?

—La acompañé a su hotel y luego… le dije que no iba a funcionar.

—¡No!

—Pero también lo hice por ella. Yo pertenecía a otro mundo, Victor. Ella era joven y no estaba en absoluto preparada para asentarse, independientemente de que se diera cuenta o no, y mi idea nunca había sido tirar a la basura todo lo que tenía con Sara por echar una cana al aire. Parece una reacción calculadora, pero fue puramente emocional. Yo no era el hombre adecuado para aquella mujer; lo vi muy claramente de golpe, por mucho que ella no lo viera.

—¡Eres de lo que no hay, Richard!

—Lo que hice fue atroz de principio a fin. Lo sé. Por eso no te lo conté cuando pasó. Y ella, como es comprensible, no se lo tomó nada bien. Se puso furiosa de verdad. No gritó ni chilló, pero hubo amargura de verdad. Completamente merecida por mi parte. Pero eso fue todo, básicamente. Aquel verano me ofrecieron el trabajo aquí. Dejé el Ryden College y nunca volví a saber nada de Francesca. Sara y yo nos casamos aquel otoño. Y es algo de lo que no me he arrepentido nunca. Ni un segundo. Y por eso te lo estoy contando ahora.

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Autor: James Lasdum. Traductor: Javier Calvo. Título: Victoria. Editorial: De Conatus. Venta: TodostuslibrosAmazon.

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