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La víspera del grito, de Helena Sampedro

La víspera del grito, de Helena Sampedro

Este libro explora la vida de una de las mentes más brillantes y atormentadas de la pintura: Edvard Munch. Previo a la creación de El grito, la vida de este artista fue guiada por su constante cercanía con el dolor y los demonios que escaparon de sus pesadillas hasta apropiarse de cada trazo que escurría de sus manos.

En Zenda reproducimos el primer capítulo de La víspera del grito (Huso), de Helena Sampedro.

*****

1

Ya amanecía y el joven Edvard Munch aún no lograba conciliar el sueño.

Una luz tenue, anticipo del alba, se filtró a través de la fina tela blanca que cubría el ventanal. Ed se levantó de la cama y descorrió la cortina. Observó cómo se intercalaban las diferentes tonalidades de amarillo con los rojos y anaranjados. Presenció el viaje fugaz que daba vida a un firmamento de azules apagados. Caminó hasta el borde de la cama, agarró las dos almohadas con las que dormía, las colocó contra el respaldo y se acostó sobre ellas. Desde allí apreció con detenimiento cómo entraba la claridad a su dormitorio. Envidió la manera en que la luz allanaba la estancia. Solía llegar a su paso, sin anunciarse, imponiéndose como si fuese una obligación de todos recibirla. Le inquietó la armonía con la que conquistaba cada centímetro. Frunció el entrecejo al pensar que eso no ocurriría en sus mundos de colores. Imaginaba que en sus orbes —a los que viajaba cuando dormía—, la luna estaría destinada a romperse en partículas diminutas y la superficie de los océanos habría de congelarse. No vería delicadas capas de nubes abrir resquicios de luminosidad en el cielo. Gruesos nubarrones lo cubrirían todo hasta anular el resplandor. Su universo —no tuvo dudas— sería sombrío aun si un relámpago lograra atravesarlo. Una punzada en el pecho le hizo echar los hombros hacia atrás. Intentaba sacudirse la angustia de recordar esos mundos suyos, que aun cuando eran ficticios a él le resultaban muy reales.

"Observaba la pintura blanca del techo, y al cabo de un rato le pareció ver reflejados allí los semblantes de los personajes de Courbet en el Entierro en Ornans"

Hubiera querido ser el sol, arrojar rayos de luz entrecortados —azules, amarillos, rojos, verdes, violetas y anaranjados, todos entrelazándose unos con otros— y que al surgir como la estrella más brillante del planeta, pudiera iluminar el fiordo con las potentes luces de su paleta de colores. Ansió tener toda la energía de aquel astro para inyectarle vida a Sophie, su hermana mayor.

Giró hacia el lado derecho de la cama, sacó ambas almohadas de su espalda y las colocó una sobre la otra en el suelo. Entrelazó los dedos y estiró los brazos como si anhelara tocar el infinito. Minutos después alcanzó la manta de lana que se encontraba a mitad de la cama y se arropó hasta el cuello. Permaneció un rato boca arriba. Miró el plafón; buscaba un lugar seguro en donde posar la vista para que la mente dejara de hurgar en su dolor. Observaba la pintura blanca del techo, y al cabo de un rato le pareció ver reflejados allí los semblantes de los personajes de Courbet en el Entierro en Ornans. Se distinguió a sí mismo en el rostro de un niño que evitaba mirar hacia la fosa rectangular y profunda. A su alrededor se arremolinaban los obreros del pueblo. En vez de fijarse unos en otros, solo subían la cabeza, la volvían a bajar y posaban de nuevo la mirada en la sepultura. La indiferencia de aquellas personas lo mortificó. En la pintura aparecía otro joven que elevaba los ojos hacia un eclesiástico. Ed pensó que tal vez esperaba su aprobación para comenzar el cántico que acompañaría el descenso del cadáver y tuvo pena por él. Lo vio inseguro; le irritó el control que ejercía la Iglesia sobre el chiquillo. Le causó furia su impotencia ante la muerte. Una mueca de tristeza dejó traslucir la incertidumbre que lo atormentaba. Estiró las piernas y los brazos varias veces, pero no consiguió sentirse cómodo. Con cada imagen, pregunta, reclamo o duda que cruzaba su mente, cuestionaba los sucesos fatídicos que había tenido que enfrentar.

Mientras la claridad del exterior se acomodaba en su dormitorio, la impotencia lo hacía dudar sobre si deseaba continuar su recorrido por la vida. Estaba convencido de que la sombra que en ese instante imitaba el contorno de su cuerpo en el lado izquierdo de la cama —y que yacía tan serena junto a él— era la culpable de su desdicha.

"Miró con detenimiento la alcoba. Oteó las tablillas del librero. Sus ojos se detuvieron sobre la pintura colocada en un atril"

Al escuchar diversos tonos de voces que provenían de aquella sombra que estaba a punto de tocarlo, su cuerpo se contrajo. Palideció al percatarse que cada vez que hacía un amago de moverse, la opacidad que yacía junto a él replicaba sus gestos. Estaba convencido de que esa masa oscura lo acechaba y para burlarse de él había decidido imitar sus movimientos. Cuando advirtió que lo llamaban por su nombre, el terror se adueñó de sus facciones. Quiso moverse, pero estaba tan confundido que quedó petrificado sobre la cama. Volvió a oír las voces, una sonaba aguda y estridente; la otra era ronca. Ni siquiera pensó en huir. Intuyó que sus piernas —presas por los espasmos del miedo— serían incapaces de sostenerlo. Su nombre se convirtió en un eco fuerte que se diluyó hasta desaparecer.

El murmullo de Ed hablándose a sí mismo interrumpió el silencio de la habitación: «Es solo una sombra… ¿O serán espíritus malignos esforzándose por perturbarte?». Se repitió esas palabras que había escuchado tantas veces en la voz monótona de su papá. Calló. Estaba sudoroso. Temblaba. El conformismo se posó en sus ojos; la vitalidad de su hermana —aislada entre cuatro paredes— se apagaba. Luchaba por una existencia que la abandonaba y él se sentía tan indefenso como ella.

Miró con detenimiento la alcoba. Oteó las tablillas del librero. Sus ojos se detuvieron sobre la pintura colocada en un atril. Entre los pigmentos contempló a un muchacho vestido de negro sentado sobre una enorme roca. Le causó melancolía la mirada extraviada de ese joven solitario que dejaba caer la barbilla sobre la mano izquierda mientras examinaba el cielo reflejado en el fiordo. Observar los ojos inexpresivos de aquel rostro le causó una aflicción mayor a la que ya sentía. Era una desazón afín a la suya. A la distancia había otras rocas —parecían osos pardos— con unas aberturas blancas que emulaban un par de ojos cuyas pupilas pedían permiso a la tierra para elevarse al firmamento. Los pinceles yacían en un estante alineados como cadáveres en una fosa común. Comprobó que los cajones del gavetero estaban cerrados, tal y como los había dejado la noche anterior. El resplandor de la perilla del ropero llamó su atención… nunca había notado su brillo. Constató que todo estaba en su lugar. Por último, posó sus ojos en la lámpara de gas; reparó en la mecha apagada y tuvo la impresión de que lo observaba con la misma fijeza que él había contemplado cada detalle de la habitación.

"Para aliviar su sobresalto intentó controlar la respiración, hizo como le había enseñado Karen, su tía materna. Inhaló con calma y exhaló con agresividad"

Palabras sueltas llegaban a sus oídos. Se sentó en el borde de la cama, respiró profundo y se agarró la cabeza. En un intento por suprimir los pensamientos que lo abrumaban, parpadeó y se apretó las sienes. Las voces que lo perseguían se desplazaban por el aire, iban de un lado al otro de la habitación, emergían de cada objeto que lo rodeaba. Ed ladeó la cabeza, a derecha e izquierda, y agudizó el oído para seguirle el paso a los sonidos que surgían a su alrededor. Los murmullos eran tan bajos que le resultaba imposible descifrar lo que decían o distinguir de dónde provenían. Se tapó las orejas con las manos, pero no consiguió eludirlas. Estaba alterado. El latir del músculo cardíaco lo golpeaba con tanta fuerza que Ed pensó que saltaría de la cavidad torácica para alejarse de él. No tuvo duda de que su corazón deseaba abandonarlo, marcharse de inmediato; de seguro para procurarle con la huida una muerte rápida, y de ese modo concederle el deseo de no sufrir más. Se llevó la mano derecha al pecho y acarició el área superior izquierda; quiso consolarlo, no sabía cómo explicarle que aquella vida que compartían les tocaba padecerla juntos; que las desdichas eran mutuas.

Para aliviar su sobresalto intentó controlar la respiración, hizo como le había enseñado Karen, su tía materna. Inhaló con calma y exhaló con agresividad. Quería que aquel soplido fuese como el de las tormentas de invierno, que con su fuerza arrastraba los anclajes de los techos de las casas. No funcionó. Supo que ni el viento mistral que solía azotar a Europa sería capaz de llevarse consigo las voces detonantes de sus miedos. Continuó igual de perturbado. Movió las manos hasta alcanzar su nuca y la masajeó. Todavía escuchaba el palpitar desenfrenado del corazón. Trató a la inversa. Aspiró todo el aire que pudo, de modo que azotara de golpe sus pulmones, y lo liberó despacio, con la misma calma que se tiene al dar los últimos trazos a una pintura. Repitió el proceso muchas veces hasta que el silencio de la soledad volvió a acunarlo. Quedó de costado, en posición fetal, con los ojos vidriosos fijos en las rodillas; las mantuvo agarradas con ambas manos apretadas al pecho para controlar el temblor que se había apoderado de todo su cuerpo.

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Autora: Helena Sampedro. Título: La víspera del grito. Editorial: Huso. Venta: Todostuslibros.

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