Aunque han pasado cinco años desde los últimos acontecimientos en Mundo de Tinta, el mal sigue acechando. Cuando los antiguos peligros se creían superados, la aparente paz se rompe…
Zenda ofrece un fragmento de Venganza de tinta (Siruela), de Cornelia Funke, cuarto libro de la serie Mundo de tinta, formada por las novelas Corazón de tinta, Muerte de tinta y Sangre de tinta.
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SOMBRAS DE FUEGO
Quien quiera ser feliz que sepa esto: del mañana no se sabe nada.
Lorenzo de Médici
El mundo estaba oscuro. Era de noche en Umbra. Solo los muros del castillo se teñían de rojo, como si el sol crepuscular se hubiera escondido entre ellos. En las almenas, los centinelas de fuego se erguían entre soldados de carne y hueso; también abajo, entre los arcos de la puerta, donde se hacinaban los vivos, las llamas formaban siluetas de mujeres, hombres y niños.
Se trataba del Bailarín del Fuego.
Dedo Polvoriento oyó a la multitud, llena de agradecimiento, murmurar el nombre que le habían dado. No obstante, su fuego no solo conjuraba a los muertos de Umbra una vez al año en el castillo, sino que también iluminaba los callejones por las noches y los calentaba en invierno, ofrecía consuelo y alegría cuando lo dejaba jugar, y era la forma que Dedo Polvoriento tenía de agradecer la felicidad que la ciudad le había deparado en los últimos años.
La princesa, que salvaguardaba la paz de Umbra desde hacía tiempo, estaba en el balcón desde el que había comunicado a sus súbditos tanto buenas como malas noticias. Ya no era Violante la Fea. Ahora la llamaban Violante la Valiente, incluso la Benévola. Normalmente vestía de negro, pero aquella noche su vestido era blanco, el color del luto en Umbra.
Como siempre, la hija de Dedo Polvoriento estaba a su lado. Brianna se parecía mucho a Roxana, aunque había heredado el cabello rojo de Dedo Polvoriento. Sonrió a su madre cuando esta se separó de la multitud expectante e inclinó la cabeza ante Violante.
El largo cabello de Roxana se había vuelto gris y ahora solía trenzárselo, en lugar de llevarlo suelto como antes; no obstante, para Dedo Polvoriento, los años solo la habían vuelto más bella.
Se hizo el silencio cuando empezó a cantar, el mismo silencio que cuando él oyó su voz por primera vez, en otro castillo, delante de príncipes y ricos comerciantes que habían llegado a olvidar su belleza al escuchar su canto.
El fuego proyectaba la sombra de Roxana en los muros mientras ella cantaba las historias de aquellos que Umbra había perdido. Su voz llenaba el patio de nostalgia, de recuerdos de sus risas y sus llantos, y les devolvió la vida por una noche, igual que el fuego de Dedo Polvoriento.
Perdidos y encontrados…
Dedo Polvoriento dejó vagar su mirada por entre la multitud. Tantas caras, tantas historias. No todas estaban entretejidas con la suya, pero algunas habían cambiado el patrón de su vida para siempre.
Ahí estaba Fenoglio, cuyas palabras le habían provocado tanto pesar, con su hombre de cristal en el hombro y de la mano de Dante, el hijo pequeño de Mortimer y Resa, de la misma edad que la paz en Umbra.
Resa sonrió a Dedo Polvoriento cuando se percató de su mirada. Compartían recuerdos más oscuros que el cielo sobre ellos. Sus historias se habían entrecruzado muchas veces, en este mundo y en otro.
Mortimer había vuelto a ser encuadernador de libros, pero nadie había olvidado las canciones que se cantaban sobre él cuando se puso la máscara del Arrendajo y sacrificó su libertad por las vidas de los niños de Umbra.
Mortimer dirigió la mirada hacia Dedo Polvoriento, como si estuviera escuchando sus pensamientos.
Lengua de Brujo.
La voz de Mortimer tenía un poder distinto de la de Roxana, pero por suerte hacía tiempo que no lo usaba. Por supuesto, nadie en Umbra sabía que tanto él como Fenoglio provenían de otro mundo.
No, esa noche no quería recordar nada de aquello: todos los años en el mundo equivocado, la nostalgia que lo consumía…
«Estás aquí, Dedo Polvoriento», recordaba mientras su mirada vagaba de Roxana de nuevo a Brianna. «Tienes lo que deseabas: tu mujer, tu hija, el mundo que amas».
Entonces, ¿por qué sentía aquel viejo desconcierto que ya de joven lo inquietaba?
«Quieres volver a esfumarte, ¿verdad?», le había preguntado ayer Roxana medio en broma.
«¡Sigue cantando, Roxana!», pensó Dedo Polvoriento. «Sigue cantando para que se aplaque la agitación de mi necio corazón».
Su canto llenaba el patio del castillo con el dolor que provoca la pérdida de las personas amadas, pero también con la conciencia de que el amor siempre merecía ese dolor.
Seguro que Meggie, la hija de Mortimer, lo creía. La niña a quien Dedo Polvoriento había contemplado tan hostilmente se había convertido en una joven mujer, y toda Umbra quería a Doria, a quien ella había entregado su corazón.
No era sorprendente: ¿quién se podía resistir a un joven que había fabricado unas alas de madera y tela y había volado más allá de los muros de la ciudad?
Meggie lo besó tiernamente mientras sonaba la voz de Roxana, y las figuras de fuego de Dedo Polvoriento se convirtieron en un polen flamígero que el viento subió hacia el cielo oscuro.
—La voz de Roxana es más bella cada año, pero tu fuego tampoco ha estado mal.
Una mano cálida se posó sobre su hombro. La capa que llevaba el Príncipe Negro era tan azul que Dedo Polvoriento no pudo evitar pensar en un mar profundo o un cielo oscuro de verano. Nyame amaba el azul; el azul y el oro habían sido siempre sus colores favoritos mucho antes de que empezaran a llamarle el Príncipe Negro.
Violante saludó una vez más a la multitud antes de retirarse a sus aposentos, y el patio del castillo empezó a vaciarse. La noche era fría sin el fuego.
—¿Dónde está tu marta? ¿A Gwin le aburre tu vida sedentaria?
Nyame le dedicó una sonrisa consciente. Eran amigos desde hacía mucho tiempo, de modo que sabía lo inquieta que era la marta. Los últimos años habían traído poca paz al Príncipe Negro: siempre había un príncipe que trataba mal a sus súbditos y, cuando Nyame podía disfrutar de un par de días en el campamento de los juglares, pronto aparecía una delegación de granjeros desesperados que acudía a verlo para pedirle ayuda.
—¡Ahí! ¿Estás ciego? ¡Ahí, detrás de la puerta! —rasgó la noche la voz estridente del hombre de cristal de Fenoglio.
Cuarzo Rosa afilaba desde hacía muchos años las plumas del Tejedor de Tinta; casi se cayó del hombro de Fenoglio de la excitación con la que señalaba con su dedo rojo claro hacia el lugar donde las personas pasaban por delante de los guardias para volver a sus casas.
—¡Tonterías! —le reprendió Fenoglio—. Era otro hombre de cristal, cálmate. Cualquier día vas a estallar por excitarte por cualquier nimiedad.
—¿Nimiedad? —volvió a sonar la aguda voz de Cuarzo Rosa—. Hematites es un miserable, ¿y has olvidado a quién servía? ¡A Orfeo!
Dedo Polvoriento sintió que se le helaba el corazón.
Orfeo.
No, estaba muerto o muy muy lejos.
—¡Basta! —exclamó Fenoglio enervado—. ¿Estaba Orfeo con él? No. ¡Déjalo ya!
—¿Y qué? —clamó Cuarzo Rosa—. ¡Eso no demuestra nada, y el tipo en cuyo hombro estaba sentado tenía toda la pinta de no ser de fiar!
—¡He dicho que basta! —le reprendió una vez más Fenoglio—. Tengo frío y seguro que Minerva ha calentado la deliciosa sopa que estaba cocinando esta mañana.
Luego, se perdió entre la multitud que cruzaba la puerta del castillo.
Por su parte, Dedo Polvoriento seguía allí y, de entre todas las personas, buscó el hombro de una sobre el cual iba sentado un hombre de cristal de miembros grises. Su corazón latía dolorosamente rápido por el viejo miedo que volvía con el sonido de un nombre.
«Orfeo».
¿Y si Cuarzo Rosa tenía razón? ¿Y si también estaba en Umbra, no solo el hombre de cristal de Orfeo, sino el propio Orfeo? ¿Estaría en alguna habitación escribiendo palabras que le robarían a Dedo Polvoriento todo aquello que le hacía feliz?
—¿Qué? —Nyame le pasó el brazo por el hombro—. ¡No estés tan preocupado! Incluso aunque sea el hombre de cristal de Orfeo. Ya has oído lo que ha dicho Cuarzo Rosa: hace mucho que tiene otro señor. ¿De verdad crees que, si Orfeo estuviera vivo, no habríamos oído nada de él en todos estos años?
Sonaba realmente despreocupado.
Los recuerdos le volvían a Dedo Polvoriento, lo quisiera o no: el rostro, rojo de ira como el de un niño ofendido, los ojos de color azul claro tras las lentes redondas, taimados a pesar de su aparente inocencia. Y la voz, tan llena y bella, que lo había traído de vuelta del mundo falso.
«Te pusiste del lado del encuadernador, Bailarín del Fuego. Eso fue muy cruel, muy cruel».
La guardia de Violante cerró la puerta del castillo tras ellos, y las personas que se habían reunido para honrar a los muertos se perdieron por los callejones de la ciudad.
¿Llevaba uno de ellos al hombro el hombre de cristal que podría confirmarle si su señor seguía con vida?
«Vamos, Dedo Polvoriento, ¡ve a buscarlo!».
Roxana se había unido a otras juglaresas. Iban a reunirse en el campamento, junto al río. Sin embargo, Dedo Polvoriento tenía en la cabeza la misma voz aterciopelada que había oído por primera vez en otro mundo:
«Mi perro negro vigila a tu hija, Bailarín del Fuego, pero le he prohibido que se coma su dulce carne y su alma, de momento».
Los horrores del pasado eran mucho más poderosos que las sombras flamígeras que había conjurado esta noche.
—¡Nardo! ¿Vienes? —Nyame lo miró inquisitivo.
Cuando eran jóvenes, el hecho de que sus nombres empezaran por la misma letra suponía para ellos una prueba de que estaban destinados a ser amigos.
¿Por qué nunca les había dicho la verdad a Nyame y a Roxana? Sobre el libro y sobre el otro mundo, sobre todos los terribles años perdidos y sobre el hombre cuya voz lo había traído de vuelta.
¿No había aprendido lo bastante cuánta soledad implicaban los secretos?
«¡No lo entiendes!», quería decirle a Nyame. «Hay un libro que habla de nosotros. Esa es la razón por la que Orfeo había llegado a este mundo».
No obstante, Dedo Polvoriento no dijo nada, como tampoco lo había dicho durante todos esos años desde su vuelta.
El hombre de cristal tenía que estar equivocado: Orfeo estaba muerto, o de vuelta en su mundo, donde el Bailarín del Fuego y el Príncipe Negro eran los héroes de una historia inventada.
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Autor: Cornelia Funke. Título: Venganza de tinta. Editorial: Siruela. Venta: Todostuslibros.


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