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Manuel Valdivia: “El eco del disparo que le voló la cara a mi abuelo en el 37 todavía suena”

Manuel Valdivia: “El eco del disparo que le voló la cara a mi abuelo en el 37 todavía suena”

Manuel Valdivia (Madrid, 1957) ha parido un libro que nace de una herida. Querer o no querer (Uno Editorial, 2025) es, sobre todo, la historia de su madre, Conchi, una mujer que quiso ser artista y que padeció, desde los dos bandos, los horrores de aquella rave sangrienta y cainita que responde al nombre de Guerra Civil: los republicanos mataron a su padre; los nacionales la obligaron, teniendo nueve años, a contemplar la ejecución de los presuntos responsables de aquella muerte. Aquel trauma se transformó en una neurosis obsesiva compulsiva muy grave, y en torno a ella giraron las vidas de su marido y las de sus hijos. El creador de Médico de familia, Compañeros o Punta Escarlata ha escrito una novela que engancha, que estremece y que huye del ajuste de cuentas y de la nostalgia, armando una reconstrucción literaria, mas ajena de toda ficción, del eco de un horror que aún suena. Conversamos en el Café Varela.

—Cantaban los Héroes del Silencio que “la locura nunca tuvo maestro”. ¿Suscribe?

"La única maestra de la locura es la vida que te ha tocado"

—Los únicos maestros son involuntarios: los traumas, el dolor, el horror que se sufre. Eso te deja una impronta. Es lo que ocurre con mi madre: siendo muy cría, vivió los desastres de la guerra y eso provocó su locura. La única maestra de la locura es la vida que te ha tocado.

—Hay quien romantiza la locura…

—Yo no, desde luego. Cuando la ves de cerca, dices: “Qué duro es esto, qué complicado”. Cuando te toca de cerca, incluso cuando te toca a ti mismo, y tienes cierta habilidad y cierto talento para, de ese dolor, sacar algo no sé si bonito, pero, al menos, importante, puede ser una terapia, una forma de hablar de eso que te ha pasado.

—Su madre, Conchi, soñaba con ser artista.

—Sí. Desde que era pequeña, para los otros niños, montaba su tablao, su escenario, y hacía teatrillos con canciones que escuchaba en la radio o piezas de teatro cortitas. En la casa de enfrente, vivía una señorita que daba clases de piano. Mi abuela Amparo creía que era una pérdida de tiempo, y mi madre, para estar cerca del arte, con un palo de escoba, desde la calle, tocaba las teclas del piano. Es una de las cosas que más penita me han dado al recrear toda la historia: mi madre tenía talento de actriz. Yo he trabajado, por ejemplo, con Carmen Machi o con Lola Dueñas. Ese talento natural lo tenía. Podría haber sido una gran secundaria. Pero primero su madre y luego la vida, en general, le cortaron las alas.

—Los republicanos ejecutan a su abuelo materno…

"Siempre había creído que me llamaba Manuel por mi tío Manuel, el hermano de mi padre, que era un matemático prestigiosísimo"

—Eso es increíble: mi madre sufrió los horrores de la guerra desde los dos bandos. El mismo 18 de julio del 36, detuvieron a mi abuelo Antonio, y estuvo varios meses detenido en una pequeña iglesia. Mi abuela Amparo mandaba a mi madre, con cuatro años, a llevarle la comida a mi abuelo. Desde un ventanuco, le daba la comida y, como mi madre era muy pequeñita, se colaba por ese ventanuco. Entonces, durante un rato, podía estar abrazada a su padre, con un poquito, también, de asco, por decirlo claramente. Imagínate los olores. Luego, después del primer bombardeo que sufrió Martos por parte de los nacionales con aviones italianos, los republicanos, como represalia, una noche de enero del 37, fusilaron a decenas y decenas. Es más: yo me llamo Manuel Antonio. Antonio, por mi abuelo. Siempre había creído que me llamaba Manuel por mi tío Manuel, el hermano de mi padre, que era un matemático prestigiosísimo. Y resulta que no: he descubierto que aquella misma noche mataron a un hermano de mi otro abuelo: se llamaba Manuel y era sacerdote.

—…y los nacionales obligan a su madre a asistir a la ejecución pública de los responsables.

—El tipo que lo fusiló era empleado de mi abuelo Antonio. Cuando lo detuvieron, lo llevaron en presencia de mi abuela Amparo y le dijeron: “Haz con él lo que quieras”. Mi abuela rechazó pegarle. Se lo llevaron y esa noche, en una saca de presos de un grupo de falangistas, Los Limpios, lo soltaron y lo mataron. Y después, efectivamente, convocaron a todo el pueblo, como si fuese una fiesta, para asistir a la plaza de la Fuente Nueva, una fuente preciosa, renacentista, que ahora no está en esa misma plaza, y presenciaron las ejecuciones del anterior alcalde socialista y de un oficial republicano como supuestos responsables de los fusilamientos del 37. Mi madre tenía nueve años; sus hermanas, once o doce. Desfilaron por delante de los cadáveres. Fíjate: desde que mataron a mi abuelo hasta que se casó, mi madre durmió todas las noches en la cama de matrimonio con su madre. Todas las putas noches. Y, muchas noches, mi abuela Amparo le contó el mismo cuento: cómo su empleado apuntó a su padre y le voló la cara.

—¿Cuándo y cómo asoma la enfermedad de su madre?

"Mi padre descubrió que su mujer tenía una grave enfermedad mental en la noche de bodas"

—Los primeros síntomas empiezan con la primera regla que tuvo mi madre, con once años y pico o doce años. Mi madre tuvo una neurosis obsesiva compulsiva muy grave, con ansiedad y depresión. Al principio, estaba relacionada con la religión y con la limpieza: si tocaba algo, estaba como sucia, tenía que lavarse. Los días que iba a comulgar, de camino a la iglesia, no consentía que nadie la tocara: con el mínimo roce, se consideraba impura. Ella ocultó lo que le estaba ocurriendo. Mi padre oyó rumores. Unos amigos suyos le dijeron: “¿Con quién te vas a casar? ¡Si está loca!”. Mi padre fue a hablar con las hermanas de mi madre y le dijeron: “¡Eso es mentira, son envidias!”. Mi padre descubrió que su mujer tenía una grave enfermedad mental en la noche de bodas. Imagínate: se casan en Martos; en coche, fueron a un hotel de Jaén; sin banquete ni nada: fue un trozo de jamón que se comieron con pan. En esa noche de bodas, descubrió que su mujer estaba enferma. Y, al día siguiente, emigran a Madrid.

—Con una maleta de cartón.

—Para mi madre, fue un choque brutal: pasó de estar durmiendo, desde los cuatro años a la noche anterior con su madre, a dormir con un señor que la amaba, y a estar en Madrid… En Madrid explota la enfermedad.

—Donde fue “paciente de beneficencia” del doctor López Ibor. Quien dice “paciente de beneficencia”, ¿dice “conejillo de Indias”?

"Por pura casualidad, mi madre fue paciente del psiquiatra estrella del franquismo. En dos etapas distintas"

—Por pura casualidad, mi madre fue paciente del psiquiatra estrella del franquismo. En dos etapas distintas. En la primera, en lo que es hoy el Museo Reina Sofía, antes estaba el Hospital General de Madrid. Allí, López Ibor, que, a la vez, era catedrático de Psiquiatría en la Complutense, daba clases con mi madre. Fue una vez nada más, pero imagínate la humillación: para una mujer joven, enferma, con depresión, ser objeto de una clase de un señor, de una eminencia, con los alumnos, describiendo sus síntomas… El tratamiento era con Largactil, un antipsicótico que lo único que hacía era amodorrarla. Y luego estaban los electroshocks. Se sometió a quince sesiones. El primer día fue como un corderito, no sabía qué era eso; después, la tenían que arrastrar entre varios. Fíjate: durante muchos años, cada vez que pasaba por Atocha en autobús, aunque ya estuviera el museo, lloraba. Y hubo una segunda etapa en la que hubo de todo. Yo la acompañaba. Me escaqueaba de las clases de gimnasia. López Ibor le ofreció dos alternativas: manicomio o lobotomía. Mi padre estuvo a horas de ingresar a mi madre en el manicomio de Ciempozuelos, pero mi abuela se presentó en Madrid desde Jaén, se metió en el dormitorio con mi padre. No sabemos qué le dijo, pero mi padre se echó atrás. Le hicieron la lobotomía. Al principio, pensamos que había salido mal: durante semanas y meses, mi madre se despertaba, se ponía al lado de la ventana y se quedaba todo el día plantada, con una sonrisa bobalicona. Poco a poco, fue mejorando.

—En medio, hubo un paréntesis.

—Fue extraordinario. De la misma manera que, casualidades de la vida, mi madre fue paciente de López Ibor, durante un año y pico, mi madre también fue paciente de uno de los pioneros de la psicoterapia en España: Pablo Población Knappe. Y, durante año y pico, mi madre, por primera vez, mejoró. Este psiquiatra relacionó los traumas del pasado con la enfermedad. ¿Qué ocurrió? Que mi padre, loco de celos, le prohibió que le volviera a ver. En mi labor casi policial con este libro, localicé a este psiquiatra. Estaba muy mayor, prácticamente ciego. Le pedí que me contase cómo eran las sesiones: era tan distinto pasar de una psiquiatría biologicista, deshumanizada, a alguien que la escuchaba… Fue entre inquietante y bonito que hiciera una sesión conmigo. Me dijo: “Coja mi mano”. Me tuvo con la mano cogida como quince minutos y me fue haciendo preguntas. Mi madre me reconoció que sintió afecto por este hombre. También me dijo, y yo la creo, que no llegó a haber nada. Sólo el afecto de saberse por primera vez atendida.

—Cuenta que la enfermedad se convirtió en el eje invisible alrededor del cual giraba su familia.

"Precisamente porque estaba tomando Largactil y se quedaba dormida conmigo en brazos, una vez me caí y me tuvieron que llevar al dispensario"

—Lo que ocurrió una noche de enero del 37, ese disparo que le voló la cara a mi abuelo, todavía hoy, ahora, aquí, el eco de ese disparo todavía suena. Conformó nuestra identidad. Es como una ficha de dominó que empuja a otra, a otra, a otra… Provocó la enfermedad de mi madre, la infelicidad del matrimonio… Precisamente porque estaba tomando Largactil y se quedaba dormida conmigo en brazos, una vez me caí y me tuvieron que llevar al dispensario. Desde los once meses, me fui a vivir con mis abuelos. Y estuve viviendo con ellos desde los once meses a los doce años, cuando murió mi abuela Encarna.

—Para escribir la novela, ha hablado con su madre y sus hermanos.

—Toda mi vida me he dedicado a contar ficciones. He hecho muchas series: Médico de familia, Compañeros, Policías, no sé qué… Después de la pandemia, de una manera muy instintiva, yo, que siempre he estado en la ficción, se me metió, y no sé por qué, la necesidad de contar esta historia. Y el primer día que fui a hablar con mi madre, para que te pongas en contexto, llevábamos tres años sin vernos. La familia estaba totalmente desmoronada. Estaba yo en la calle Sáhara, número 40, en Villaverde, que era donde vivía ella, con el dedito puesto en el portero automático, dudando si apretar el botón o no. Al final, dije: “Si hay que ir, se va”. Y le hice a mi madre las preguntas que nunca le había hecho. Con noventa años que tenía en ese momento, estaba con una lucidez…, y empezó a contarme cosas y cosas… ¡Me habló hasta de su vida sexual! Me contó, a su manera, que nunca había tenido un orgasmo: “Creo que no he sido cariñosa, como las demás mujeres”.

—Como guionista, ¿qué tal ha llevado el salto a la novela?

"Me ha pasado como a Tolstoi, que aprendió a montar en bicicleta a los sesenta y tantos años"

—He jugado con una cosa a favor: antes de escribir esta, escribí un thriller durante el confinamiento. Comencé a moverla, desconocía por completo el mundo editorial y descubrí cómo está el mundo editorial: nadie te hace caso. Por mucho que digas: “¡Fui el creador de Médico de familia, hice Compañeros!”. O conoces a alguien directamente que te recibe y escucha, o, por correo electrónico, nadie te contesta. Uno, de una editorial independiente, me dijo: “Cada semana recibimos cuarenta o cincuenta manuscritos. Es imposible. Hemos llegado a la conclusión de que hay más escritores que lectores”. Me olvidé de esa novela y eché el resto con esta. He aprendido a escribir mejor. Me ha pasado como a Tolstoi, que aprendió a montar en bicicleta a los sesenta y tantos años: a propósito de la familia rota, he escrito esta novela y, de alguna manera, he aprendido a montar en bicicleta. Ahora que me he estrenado, a ver si puedo escribir más.

—Y, para finalizar, ¿ha sanado la herida de la que nace su libro?

—(Piensa) Cuando empecé a escribir la novela, pensé que me vendría genial como terapia. Salvo mi pareja, a nadie le había contado nada de las historias tan tremendas que nos pasaron. Historias tan tremendas en las que, quisiera destacar esto, también había humor y luz. Entonces, el simple hecho de haber terminado un trabajo de investigación, con viajes por aquí, por allá, hablando con unos y con otros, y de haber sido capaz de sincerarme, de contar esta historia silenciada, ha sido para mí terapéutico sin buscarlo. Mis hermanos han sido muy generosos y todos han accedido a que salgan sus nombres. Con mis hermanos ha habido de todo: uno de mis hermanos no lo ha leído todavía, dice que no está preparado emocionalmente; la mayor me ha dado las gracias; las dos pequeñas, ni me hablan. La familia ya estaba rota, por completo, por razones que van más allá de la enfermedad de mi madre. Si yo no hubiese escrito esto, hubiera estado igual: con la familia rota. Pero creo que la única manera que hay de perdonarnos a nosotros mismos, de restaurar la relación, era quitando esa fina capa que enterraba nuestra historia y asumiendo cada uno lo que hemos hecho. En ese proceso estamos todavía.

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