Siempre que nos acercamos a la costa, antes incluso de pensar en hoteles, librerías o presentaciones, buscamos el mar. Siempre me han atraído los libros cuyo escenario es el mar. Quizá porque descubrí el mar leyendo novelas de aventuras, mucho antes de pisar una playa. En mi infancia, viajar hasta la costa no era algo tan habitual. Mi padre no podía dejar su trabajo en verano y además había que recorrer muchos kilómetros para verlo por fin aparecer en el horizonte. Mi hija, en cambio, ha tenido mucha más suerte. Con menos de un año ya había sentido la arena bajo los pies y escuchado el rumor de las olas. Para ella el mar forma parte de su infancia con una naturalidad que yo nunca tuve. Sin embargo, cuando la veo correr hacia la arena como si fuera la primera vez, descubro que la emoción sigue siendo exactamente la misma. Quienes hemos crecido en el interior miramos el mar con fascinación. Nunca ha formado parte de nuestra rutina y quizá por eso nunca deja de emocionarnos.
Esta vez la ruta de El juicio nos llevaba hasta Cataluña. Salimos de Zaragoza rumbo a Tarragona y, como ya habrán podido adivinar, nuestra primera parada no fue una librería, sino que fue la playa. Porque antes de hablar de libros había que dejar que el Mediterráneo nos diera la bienvenida. Después llegaría Reus, una ciudad a la que siempre regreso con ilusión. Ya es, al menos, la tercera vez que presento una novela en Galatea, una de esas librerías que consiguen que uno se sienta en casa desde el momento en que cruza la puerta. Joan y todo su equipo vuelven a recibirnos con un cariño que hace que la distancia entre autor y librero desaparezca por completo. Siempre digo que Reus es una de las grandes desconocidas de España. Muchos la conocen únicamente como la ciudad de Gaudí o como la capital del vermut, pero basta pasear unas horas por sus calles para descubrir una ciudad llena de historia, de arquitectura modernista y de una personalidad muy marcada. Es de esos lugares que merecerían muchas más visitas de las que reciben.
La presentación volvió a reunir a muchos lectores. Eso es lo mejor de las giras: comprobar que una novela deja de pertenecerte cuando pasa a formar parte de las conversaciones de quienes la leen.
Al día siguiente el paisaje cambiaba otra vez. Barcelona siempre produce esa sensación de entrar en una gran capital europea. Todo se acelera. A las presentaciones se suman entrevistas, grabaciones, fotografías y reuniones. Allí pude compartir unas horas con mi editora, con quien siempre termino hablando mucho más de libros futuros que de los ya publicados. Supongo que los escritores vivimos constantemente en la siguiente historia. Por la tarde llegaba uno de esos escenarios que cualquier autor recuerda durante mucho tiempo: la Casa del Llibre de Rambla Catalunya. Es una de las librerías más espectaculares que conozco y siempre impresiona presentar allí una novela. Ver la sala llena de lectores vuelve a recordarte que detrás de cada ejemplar hay una persona que ha decidido dedicarte lo más valioso de la vida: su tiempo.
A la vuelta nos detuvimos en Montblanc, una de las ciudades medievales mejor conservadas de Cataluña, famosa por su impresionante recinto amurallado. La gira también pasó en cierto modo por la ciudad de Tarragona, porque realizamos un club de lectura online. Si las presentaciones sirven para contar una novela, los clubes permiten escucharla. Escuchar cómo cada lector ha vivido una escena de manera distinta, cómo encuentra detalles que el propio autor había olvidado o cómo establece conexiones inesperadas convierte cada encuentro en una conversación irrepetible. El club de lectura fue con la Llibrería Adserà, cuya librera, Gertr,i lleva años demostrando que una librería es mucho más que un lugar donde se venden libros: es un espacio donde se construye una comunidad de lectores.
Mientras regresábamos hacia casa pensaba que ya son muchos meses de gira y que mi hija va creciendo entre conversaciones sobre novelas, saludando a lectores y descubriendo que detrás de cada libro existe un largo camino.




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