Conocí a Ignacio del Valle gracias a la tertulia de “Las lentejas” del Café Gijón hace ya más de diez años, calculo que hace unos doce años. Tengo muy buenos recuerdos de aquella tertulia con Juancho Armas Marcelo y muchos otros escritores. Hice muy buenos amigos y uno de ellos fue Ignacio del Valle.
Ignacio es un escritor vocacional. Hace poco me di cuenta —supongo que ya lo sabía, pero ahora he tenido esa certeza, consciente—, de que el escritor, diría yo que el auténtico escritor, no lo hace porque lo haga bien, o porque crea que lo haga bien, o porque guste a los demás cómo escriba, porque se lo celebren, etc. No, lo hace por otra razón, como algo inexorable, un poco como contra su voluntad, pese a sí mismo incluso, pese a sí mismo y pese a los demás.
El escritor escribe “caiga quien caiga”, aunque sea él quien caiga.
Ana María Matute decía que el auténtico escritor escribía por necesidad, y puede que tuviera razón, mucha razón. Yo cada vez lo creo más. Motivos para no escribir los hay todos. Motivos para hacerlo, en el fondo, muy pocos. Pero hay personas, seres, que lo llevan muy dentro y que no pueden evitar hacerlo, y de forma constante, continua. Como los barcos que dejan su estela tras de sí. Ignacio del Valle es uno de estos seres, uno de estos “barcos”, con su estela, su larga y espumosa estela.
Yo sé que aparte de esto Ignacio se toma la escritura como un trabajo, como un verdadero trabajo. Se levanta muy temprano y se pone a escribir desde muy pronto. Es novelista, articulista, entrevistador, tiene un programa de radio… Digamos que todo lo que puede hacer un escritor lo hace él, y lo hace muy bien, con gran calidad, con gran entrega.
Ahora que lo pienso, por eso somos amigos, pero no sólo por eso. Yo creo que lo somos por su personalidad. Porque Ignacio es generoso, y desde el primer momento yo detecté en él a alguien abierto, deseoso de ayudar, de colaborar. Y en el fondo no conozco, no he conocido muchas personas así en el mundo literario, en el mundo en general. Es por ello que hay que abrazarse, digamos, a estas personas. La lealtad, pienso ahora, surge sola, porque los propios hechos la obligan. Me parece.
En fin, al margen de nuestra amistad, que es un tanto misteriosa, como quizá todas las amistades, puedo decir que Ignacio del Valle, en mi opinión, es un muy buen escritor, con muchos libros en su haber, de novela, de cuentos, de poemas, etc. Y son libros diferentes, heterodoxos, en forma y en fondo, pero libros también divertidos, amenos, para amplios públicos. Libros en los que uno puede divertirse mucho, y a la vez aprender mucho, como en su reciente Hermann G.
Ignacio tiene una profunda vocación, pero además se la trabaja, se la curra, como diríamos ahora. Lee mucho, una barbaridad, y tiene la actitud de escuchar, de preguntar. A mí me ha preguntado alguna vez por algún gran libro que yo había leído, y en seguida sacó un folio y un bolígrafo para apuntar el título. Ésa es su actitud. Ya dije que va en serio, pero además tiene la humildad del que reconoce que no lo sabe todo. Nadie lo sabe. Pero es que él quiere aprender lo que no sabe.
Una vez me dijo que se hacía “torres” en su casa con muchos libros pendientes de leer. Tiene además mucha suerte (desde todos los puntos de vista), porque su mujer, Otti, es muy inteligente y muy culta, y se ve que lo apoya en todos los sentidos, lo apoya y le da juego en su vocación y en su profesión.
Eso que dicen de que “quien tiene un amigo tiene un tesoro” (o una amiga, por supuesto) es una verdad como un templo. El que tiene un amigo, o lo ha tenido, lo sabe. Cuando yo he sentido la amistad de forma muy intensa no he podido sino valorarla en todo lo que vale, descubrirme ante ella, ser digno, que no es nada fácil.
De Ignacio se puede aprender mucho como persona y como escritor. Hay que escucharlo, porque habla con muy buena intención, con la mejor intención, con saber, con experiencia, aunque no siempre te guste lo que escuchas. El amigo tiene la obligación de decir incluso lo que el otro, su amigo, no quiere escuchar, pero le conviene escuchar, y realizar. Eso forma parte de la lealtad.
Decía Aristóteles, y me gusta mucho recordarlo, que “amigo es el que nos ayuda”. Mi concepto de amigo es más amplio que el de Aristóteles, pero he reflexionado muchas veces sobre esta frase y reconozco que tiene mucho sentido. Creo que no nos ayuda mucha gente en el mundo, en la vida, y menos desinteresadamente. Ni mucho menos.
El amigo es una clase de persona rara y tan valiosa que debemos apreciarla en todo lo que vale, que es incalculable, infinito. Siempre pienso que la palabra “amigo” está muy mal utilizada, malversada. A cualquiera se le llama “amigo”, pero es muy posible que al verdadero amigo no se le reconozca su profundo valor, tan hondo. Quizá deberíamos inventar una nueva palabra para el auténtico “amigo”, para distinguirlo y enaltecerlo, simplemente para hacerle justicia.
Es cierto que este artículo o semblanza lo escribe el amigo, el amigo de Ignacio del Valle, pero también la persona que lo conoce, su lector, el que ha trabajado con él en algunas ocasiones, el periodista que lo ha entrevistado, etc. Me parece un gran escritor y una estupenda persona. Recomiendo sus libros, sus textos, el trato con él. Creo que si te puede ayudar te ayudará, y en esto me recuerda a mi querido Raúl del Pozo, que si te podía ayudar te ayudaba, en lo pequeño o en lo grande.
A mí me gustaría decir que en la vida nos ayuda mucha gente, pero creo que ésa no es la verdad. Más bien la vida es una aventura bastante solitaria en este sentido. Por eso los auténticos amigos, según la definición de Aristóteles, son tan raros y valen su peso en oro, mucho más que eso. Ignacio es amigo mío y seguro que de mucha más gente. Espero poder mantener su amistad.
Y es un escritor magnífico, de obras como Coronado, El arte de matar dragones, El tiempo de los emperadores extraños, el citado Hermann G., o el libro de poesía Explicaciones no pedidas, por citar sólo unos cuantos libros. Es un escritor que merece la pena disfrutar y, si uno es escritor también, aprender de él, como uno aprende de todo aquel autor que le apasiona, que le aporta.
Sé que este artículo o semblanza puede pecar de excesivamente elogioso, pero yo no podía hacerlo de otra manera, y sin faltar además a la verdad, a mi verdad, a nuestra verdad, a la de Ignacio y a la mía.


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