Michael Sarnoski puede presumir de estar labrándose una filmografía particular. Sin salirse de las coordenadas del género, incluso en su acepción más comercial, la negrura que puede desprenderse de títulos como Pig o incluso la más taquillera Un lugar tranquilo. Día 1 casi pueden catalogarse de suicidas, a contracorriente dentro del sistema de estudios. La muerte de Robin Hood no es una excepción, es más, justo lo contrario: el film protagonizado por Hugh Jackman es de una crudeza, violencia e intimismo excepcionales, tanto que en ocasiones juegan en su propia contra.
Una vez asumido que veremos la historia de un criminal, de un asesino, ni siquiera un antihéroe, el film se esfuerza en diferenciar leyenda de realidad… para, al final, hacer un entrelazado que inesperadamente devuelve la épica al protagonista. Se trata de una invención necesaria, generosa, que restaura la leyenda y la imprime para generaciones posteriores… pero Sarnoski ha realizado un film de tal crudeza y sadismo que uno se pregunta si no hubiera sido necesario dar al público lo que pedía en algún momento.
Crepuscular, por tanto, se queda corto para La muerte de Robin Hood, film que no obstante parece reflexionar sobre la transmisión de información y entretenimiento ya en la arcana Irlanda del siglo XII, asumiendo la necesidad de su valor simbólico, que reside menos en su veracidad que en la función que cumple. Es, por tanto y aunque haya que esperar al final de sus dos horas para averiguarlo, el reconocimiento de la necesidad de la ficción y los relatos fundacionales, reconociendo como imperativo la necesidad cultural del mito para forjar una memoria colectiva que, precisamente, sirva de asidero al caos y la violencia que el propio Robin Hood evalúa durante toda la cinta.
El problema del film, al final, es otro mucho más convencional. En algún momento de su desarrollo y quizá contaminado por los peores vicios de Juego de Tronos (que, no obstante, tenía claro el concepto de opio para el pueblo), Sarnoski confunde intimismo psicológico con estancamiento argumental, y el film se envara en una retahíla un tanto interminable de miradas, silencios y acciones cruentas y desmitificadoras que lastran su ritmo y, paradójicamente, merman su eficacia.
En efecto, La muerte de Robin Hood no es la película que necesitábamos pero sí la que merecemos, una en las que las escenas de aventura son de asesinato (particularmente de niños) y en la que Robin Hood nunca llega a materializar el romance, como en la infravalorada versión de Ridley Scott con Russell Crowe. Pero Sarnoski, director noble y atrevido donde los haya, hubiera podido adornar un poco más la fábula sin que hubiera perdido garra.



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