Inicio > Libros > Adelantos editoriales > Recuerdos del Sur, de John J. Healey

Recuerdos del Sur, de John J. Healey

Recuerdos del Sur, de John J. Healey

En 1969, el neoyorquino John J. Healey aterrizó en Málaga para pasar unos meses en Churriana. El flechazo fue inmediato; Andalucía le cautivó. Pese a estudiar medicina en la Universidad de Granada, enseguida dirigió sus energías hacia el cine y la literatura.

En Zenda publicamos un extracto de Recuerdos del Sur (Renacimiento), de John J. Healey.

***

Churriana
mayo – agosto 1969

El Boeing 707 de Iberia se inclinó sobre un Mediterráneo azul/púrpura que se tornó esmeralda y luego transparente cerca de una playa deshabitada. Pasamos por encima de una arboleda de eucaliptos, un campo de caña de azúcar y, justo antes de aterrizar, una carretera rudimentaria de dos carriles. Al llegar al extremo de la pista, pude ver palmeras y tierras de cultivo regadas por estrechos canales. Bajando a la pista el aire estaba perfumado y fresco, y al mirar hacia el oeste vi restos de una cordillera costera, viejas montañas de color azul pizarra en las sombras y cubiertas de pinos achaparrados. Me llamó la atención un pequeño pino medio caído. Los pliegues inferiores de esas montañas eran colinas despobladas y salpicadas de almendros y olivos. Era mi primera visión de Europa. Tenía diecinueve años.

El aeropuerto de Málaga era mucho más pequeño y sencillo que ahora. Los agentes de aduanas eran de la Guardia Civil, hombres bajos, morenos y delgados, con uniformes verdes y sombreros negros de charol de tres picos. Llevaban metralletas y fumaban cigarrillos. El humo tenía un olor fuerte que era nuevo para mí. Hablaban entre ellos en voz baja y ronca y nos hacían señas para que pasáramos sin mirarnos. Mi anfitrión, Freddy Wildman, estaba allí para recibirme, con su pelo y bigote negros y sus gafas de concha de tortuga. Su uniforme básico consistía en pantalones chinos de pana fina y camisas inglesas de cuadritos con las mangas remangadas por encima del codo. Su antebrazo derecho presentaba cicatrices de viejos puntos de sutura y lo mantenía rígido hacia un lado mientras caminaba. Parece ser que alguien, algunos años antes, rompió una guitarra encima.

Aquel día, Frederick Starr Wildman Jr. tenía unos cuarenta y tantos años. Se había peleado con su padre y tocayo una década antes y había abandonado la próspera empresa familiar de importación de vinos. Se fue a vivir a Francia y luego se instaló en el sur de España. Era un polemista bon vivant con una memoria fotográfica que miraba con recelo todo lo que se pareciera a valores sagrados. Después de pasar una tarde con él y Andy Warhol en Nueva York, fuimos a cenar en el East Village con un pionero del mundo de los documentales D.A. Pennebaker, y Vali Meyers, una artista australiana de lo más excéntrica que vivía en Italia. Cuando Freddy se enteró de que yo había dejado mis estudios en la Universidad de Nueva York para convertirme en escritor, me invitó a quedarme con él en Andalucía. «Tengo una biblioteca llena de libros, papel, y máquinas de escribir», me dijo. «Puedes escribir todo lo que quieras. Puedes ver si estás haciendo lo correcto, o si has cometido un terrible error que serás demasiado orgulloso para reconocer si te quedas aquí».

Su finca, Buena Vista, estaba enclavada en las afueras de Churriana, un pueblecito escondido junto a una estrecha carretera que se adentraba directamente desde la costa. Era una casa clásica, blanca, de dos plantas con rejas de hierro sobre las ventanas. En algunas grietas entre las tejas crecían pequeñas hierbas en flor. La propiedad estaba rodeada por un alto muro blanco oculto en unos sitios por buganvillas y cipreses. Una amplia fuente circular con peces de colores y larvas de mosquitos ocupaba el centro del camino de entrada, frente a una enorme puerta principal que, al estilo morisco, tenía otra más pequeña dentro.

El edificio principal estaba flanqueado por añadidos de una sola planta. Uno era la biblioteca y estudio de Freddy, con techo de chapa ondulada. El otro era una sencilla casita donde dormían varios niños. Tenía un aspecto no del todo acabado y todos la llamaban ‘el cuartel’. Delante de la biblioteca crecían limoneros en flor. Detrás de la casa, junto a la cocina, había un patio donde se servían la mayoría de las comidas bajo un enrejado cerca de una adelfa con flores prácticamente fosforescentes. El suelo del patio, cubierto de pesadas baldosas de terracota, era llano salvo por una creciente joroba en el centro, donde amenazaba con emerger la raíz de un árbol que se alimentaba de aguas residuales.

Freddy estaba en segundas nupcias con una sueca llamada Lillemor Pranger a la que todos llamaban Lilli. Era menuda y recatada, con flequillo rojo y pecas. Salió a recibirme acompañada de su amiga y vecina Anita Osborne. Anita era propietaria de una mansión mucho más grande que la de Freddy, más arriba, en dirección a Alhaurín de la Torre, donde vivía sola a lo Miss Havisham. Delgada como un raíl, con el pelo negro azabache, era un poco mayor y más alta que Lilli y tenía pretensiones aristocráticas. Fumaba y bebía mucho y se consideraba la Ava Gardner residente. Después de unos cuantos cócteles, su risa se hizo más fuerte y su acento inglés adquirió un aire teatral.

El interior de Buena Vista era caótico pero acogedor. Las estanterías estaban abarrotadas de libros, en su mayoría libros de bolsillo editados por Penguin, y abundaban pilas de discos, en su mayoría de blues y jazz. Los muebles eran viejos, cómodos y medio hundidos, y había alfombras marroquíes, cuadros mal colgados pintados por amigos, y perros y gatos dormidos. Dos asistentas del pueblo, Adela y Milagros, mantenían todo fregado y limpio.

Me enseñaron una habitación que daba a la parte delantera de la casa. El cuarto de baño tenía una gran bañera de hierro fundido que tardaba casi una hora en llenarse de agua calentada por un artilugio de hojalata fijado a la pared que estaba conectado a una bombona de butano. Una enredadera de jazmines entraba por una pequeña ventanilla situada encima de la bañera. Mientras me lavaba los dientes, vi que una salamanquesa se aferraba inmóvil a una de las vigas blancas del techo. Las ventanas del dormitorio eran grandes y tenían mosquiteras y contraventanas de madera pintadas de verde. La cama era ancha y estaba hundida en el centro. Esa primera mañana, todo me parecía extraño y delicioso. Los únicos sonidos procedían de unos pájaros cercanos y de una moto lejana.

Me desperté sobresaltado dos horas después por culpa de una pelea a gritos que tenía lugar fuera. Me levanté e intenté mirar hacia abajo, pero era difícil ver. Las dos personas que gritaban eran mujeres, mientras una voz masculina más tranquila intentaba calmarlas. Bajé a investigar a tiempo de ver a las mujeres quitándose toda la ropa. Desvariaban en una mezcla de inglés y francés, compitiendo por la atención de un pintor pelirrojo, delgado y amable, llamado Lars Pranger, el hermano de Lilli, que vivía en la casa también con su hijo pequeño y que tenía un estudio cerca. Las mujeres eran veinteañeras y bastante guapas, y su desnudez en plein air mediodía fue un shock. Parecía que eran hermanas y se exhibían para que Lars pudiera elegir cuál de ellas le parecía más atractiva.

Nadie más de la casa se molestó en moverse o salir. Tal vez, pensé, estaban acostumbrados a este tipo de cosas. Entonces me fijé en otra persona, un hombre mayor con gafas gruesas que estaba en una mecedora a la sombra fumando un cigarrillo y sonriendo a las sirenas desnudas. Parecía contento de estar contemplando toda la escena, incluido mi propio asombro. Poco después de que me quité de en medio, Lars consiguió que las chicas se callaran y volvieran a vestirse.

[…]

—————————————

Autor: John J. Healey. Título: Recuerdos del Sur. Traducción: Soledad Maura. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus libros.

4.3/5 (3 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios