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Los hijos del cielo

He visto el aire tenebroso por encima de mí y el sol que bañaba la montaña más luminoso que en las llanuras bajas porque se interponía menos espesor de aire entre la cima del monte y el propio sol.

Leonardo da Vinci

A nuestra latitud, unos 14 km de espesor de la troposfera nos separan de la denominada tropopausa, el límite donde la longitud de onda de la luz que atraviesa los gases disueltos en la atmósfera predomina e imprime esas bellísimas tonalidades diurnas a nuestro planeta. La fina envoltura que, en fin, contiene la vida y donde por inercia todos los organismos vivos se rigen por sus inexorables leyes fisicoquímicas. Más allá, bajo la negrura de la estratosfera, nosotros solo somos elementos fuera de nuestra materia, siempre buscando de una forma u otra regresar a ella, tal vez porque allí solo existe el presente. En esos confines, otros planetas, galaxias y universos juegan con sus propios espectáculos de colores, con su particular y caprichoso misterio encerrado.

Todas las fotos tienen historia, lo que pasa es que algunas, además de eso, son cimientos sobre los que se construyen leyendas.

Dicen, los que han vivido para contarlo, que cuando un rayo cae demasiado cerca lo que se escucha es un zumbido seco, sordo, fiero. Como si la materia misma fuera abducida, repentinamente, por la descarga de los diez mil millones de julios de energía. En un instante todo se expande y electriza, buscando el principio de equilibrio de fuerzas. Hace falta valentía para ir en busca de una de estas tormentas, quedarse allí hasta que estas alcanzan su máxima categoría convectiva y comenzar a sacar fotografías. Eso es precisamente lo que hace nuestro protagonista, José Miguel García, conocido como el cazatormentas, un rara avis, como él mismo se define.

Toda la ciudad volvió su mirada, atónita, a la vez, a ese universo extraño y cautivador que planeaba sobre las cabezas. Todos se preguntaban de dónde venía y a qué se debía esa ingeniería extraterrenal de catedrales dibujadas en el cielo.  

Aún no sé si fue real aquel paseo helado o algún tipo de ensoñación. El paisaje era una yuxtaposición de luz sin que exista mayor adjetivo posible.

Hace unos meses, José Miguel García me regaló una obra en la que ha invertido una década de su vida, tras recorrer miles de kilómetros a lo largo de España: Los hijos del cielo (Círculo Rojo, 2020). Este libro-diario es una verdadera maravilla, no solo por las espectaculares fotografías que contiene, sino por la prosa que, en este caso, también es poesía. Nuestro cazador de tormentas acompaña cada imagen con la descripción del instante mágico, perfecto y único del momento capturado. En esos singulares retratos de una Naturaleza, brava e intimidante, vemos el espectáculo del cielo cuando el hijo de Odín, Thor, cabalga sobre su carro a través de la bóveda celeste, gobernando tempestades y mareas, y la imaginación viaja libre y diáfana a los lugares que hemos habitado en los libros, esos donde uno desea permanecer eternamente.

En las fotos no acaba una aventura. En las fotos comienza el recuerdo de revivirla. Este reportaje es un homenaje a esos cielos de una tarde cualquiera en que, gracias a ellas, será recordada por algunos para siempre […]. Aprendes a disfrutar de otra fenomenología. A que el diccionario no empieza en rayo y acaba en tormenta, sino que hay un montón de letras, una por cada latido diferente de cada corazón.

Además de las impresionantes imágenes, el cazador de tormentas ha hecho un extraordinario trabajo de documentación, con explicaciones detalladas y muy claras sobre todos los fenómenos meteorológicos que retrata, y que vemos ahora en desmesura en la era del cambio climático. El libro está narrado con verdadera pasión, transmite la adrenalina que el fotógrafo sintió en cada colosal escenario que le ha regalado el cielo: adentrarse en los bosques de los caminantes blancos, en medio de un paisaje congelado por las Alas de Ángel, experimentar respeto, o más bien pavor, ante una supercélula, o quedar perplejo bajo los celajes de Lovecraft. Belleza, misterio y escalofrío. Lo que ha recogido en el libro este digno hijo del cielo es imprescindible para cualquier amante de la meteorología, de la estética indómita de la Naturaleza. Y de la aventura.

Tormentas que no creeríais, ciclos de fantasía y maravillas del frío son algunos de los adjetivos de un libro que espero acerque al gran público un mundo tan desconocido como complejo, diferente y hermoso.

Es entregarte por completo a lo desconocido, a la sorpresa y a la fascinación que estallan, en la belleza y grandiosidad que puede llegar a mostrar lo salvaje cuando alcanzas la libertad.

***

José Miguel García nació en Almería y vive en Gérgal, un pueblecito situado en la sierra de los Filabres, a casi mil metros de altitud. Se sintió atraído por la meteorología y la fotografía desde muy joven. De formación autodidacta, decidió a partir de 2015 dedicarse plenamente a este oficio. Ha recibido numerosos premios y reconocimientos dentro del mundo de la fotografía “meteorológica” por sus trabajos, entre ellos el premio Meteoreportaje 2015. Es colaborador habitual de La Voz de Almería, entre otros medios, y lleva el canal de YouTube La palabra de Stormchaser.

Esta es una ocasión privilegiada poder hablar con un auténtico cazatormentas, como pocos hay en el mundo, algo de lo que yo, personalmente, solo tenía referencias especialmente de los Estados Unidos. Es la segunda vez que tengo el honor de conversar con un fotógrafo (el primero fue mi admirado Steve McCurry) en este territorio zendiense de grandes fotógrafos como Victoria Iglesias, Jeosm e Inés Valencia. Vamos a hablar con José Miguel García de su oficio y de lo que se ha atrevido a ver mientras los demás estábamos a buen resguardo bajo techo.

—¿Qué es lo que te condujo a dedicarte a esto? Según cuentas en el libro, las tormentas te vinieron a buscar a ti a través de las ventanas de tu casa, en Almería.

"La idea me surgió hace unos años, revisando la inmensa cantidad de material que iba acumulando. Del miedo de que se perdieran al existir solo en lo digital"

—Sí, así podemos decir que sucedió. Desde pequeño me quedaba eclipsado delante de la ventana. Mis padres, especialmente cuando había tormenta, se limitaban a intentar que no me resfriara demasiado, porque era imposible que despegara la mirada del cristal. Pero el tener la certeza de que quería hacer esto fue después de ver la película Twister y posteriormente cuando descubrí gracias a Internet que no era ni por asomo la única persona con estas inquietudes y que había toda una comunidad de personas en España a las que les entusiasmaba lo mismo que a mí.

—¿Cómo surgió la idea de este libro, y qué representa para ti?

—La idea me surgió hace unos años, revisando la inmensa cantidad de material que iba acumulando. Del miedo de que se perdieran al existir solo en lo digital. Luego los años posteriores certificaron la idea original de que merecía la pena intentarlo. Por último, fue el reto de ser capaz… y yo me manejo especialmente ante retos que me voy haciendo a mí mismo, para ver hasta dónde puedo ser capaz de dar y llegar.

—¿Dónde reside, para ti, la fascinación de ser un cazador de tormentas? ¿Cuáles son las sensaciones que experimentas?

—De la certeza de saber que vas a intentar ser testigo de algo único y exclusivo. Del reto y adrenalina que se activan cada vez que sales a intentarlo. De una sensación de libertad y de aventura a la que pocas cosas puedo poner como referencia para explicarlo. De la felicidad con que me mudo la piel del alma, cada vez que logro tener acierto. Es algo que engancha irremediablemente.

—¿Y qué me dices del peligro: es también adictivo?

—Sí, sin duda lo es. Pero curiosamente no es lo que vas buscando, aunque te termina encontrando él a ti. Uno procura siempre intentar tomar el máximo de precauciones posibles, pero se baila casi siempre en el límite de lo prudente y lo inconsciente, sobre todo cuando aciertas demasiado y topas con algo formidable y casi sobrenatural.

—Cuéntanos algo más sobre esta preciosa frase de tu libro: «Las primeras hazañas envejecen bien en nosotros».

"Honestamente prefiero la soledad. Aunque me gusta a veces saber que hay compañeros cerca y poder juntarme con ellos y ayudarnos si lo precisamos"

—Porque con el paso de los años te maravilla observar que fuiste capaz de iniciar este camino. Que, con las limitaciones personales de técnica, experiencia y equipamiento, fueras capas de comenzar a lograr esas hazañas hechas imágenes que parecían totalmente imposibles. Pero también porque fueron las primeras veces que comprobaste que soñar despierto es hermoso. Arriesgado. Difícil hasta lo que ni se imagina. Pero indescriptible cuando lo vuelves realidad.

—¿Cómo fue tu primer gran riesgo? ¿Y el último? ¿En qué momentos has pasado más miedo?

—El primer gran riesgo fue atreverme. Luego insistir pese a fracasos muy dolorosos. El último fue la descarga más cercana lograda fotografiar a plena luz del día, el pasado 3 de octubre al norte de Almería. Y de los más atrevidos, aunque tampoco viene en este libro, porque sucedió después, atreverme a plantarme delante del volcán de La Palma, el año pasado al octavo día de la erupción.

—¿Prefieres la soledad, o viajas con otros cazatormentas?

—Honestamente, prefiero la soledad. Aunque me gusta a veces saber que hay compañeros cerca y poder juntarme con ellos y ayudarnos si lo precisamos. Este oficio es tirano. Es de asumir decisiones muy personales, por instinto e intuición. Y es un presentar tus respetos con el alma desnuda, ante lo más hermoso y sobrecogedor que logres tener delante, de la naturaleza más salvaje. Y esto último se hace tan personal que prefieres estar solo la mayoría de las veces. Y así también es una constatación de llevarte a ti mismo al límite.

—Acercarse a una tempestad implica asumir ciertos riesgos. ¿Cuáles son las precauciones personales que tomas? ¿Utilizas algún equipamiento especial de protección ante una descarga de un rayo?

"Me encantaría ir a Islandia, como deseo más intenso y próximo a cumplir. A retratar y andar esa tierra. Y lograr capturar de nuevo las auroras desde allí también"

—Los riesgos están, y tienes que asumir que los vas a tener que enfrentar. Procuras vigilar las descargas a tierra y cuando entiendes que están demasiado cerca recoges rápido el equipo. Pero a veces apuras demasiado o te quedas absorto ante la escena. El granizo gigante es uno de los elementos que más te hacen dudar y temer a la hora de decidir el camino a seguir. No existe un equipamiento de protección especial. Aunque confías en que el coche haga de “jaula de Faraday” cuando te metes apurando al límite, a veces. Y el equipo… está ya acostumbrado a ese maltrato.

—Dices que hay que «arriesgarse a crecer, desde el vértigo de tener que cambiar y no limitarse a ser un espectador de la vida que los demás tienen preparada para uno». ¿Y cómo se da cuenta uno de que no está viviendo la vida que realmente desea tener?

—Quizás cuando te paras a pensar en la felicidad, aventuras, sensaciones y experiencias que te aportan lo que logras hacer, pensando en lo que te habrías perdido si hubieras hecho caso de los que lo cuestionan o no lo entienden. Cuando ve la luz un libro que nadie pensó que fueras capaz siquiera de imaginar. Cuando te plantas delante de imágenes sobrecogedoras y hermosas, para editarlas y colgarlas en cuadros como tesoros.

—Muchas de tus fotografías han sido tomadas en España, pero también fotografiaste auroras boreales en las Lofoten. ¿Qué nos puedes contar de estas islas árticas paradisíacas?

—Que son algo que merece la pena visitar. Por la belleza del lugar. Por la aventura de lograr hacerlo (yo estuve en pleno invierno polar, para subir aún si cabe más la apuesta) y que las auroras es algo que uno merece regalarse experimentar al menos una vez en la vida.

—¿A qué países te has planteado viajar para seguir retratando estos increíbles fenómenos?

—Me encantaría ir a Islandia, como deseo más intenso y próximo a cumplir. A retratar y andar esa tierra. Y lograr capturar de nuevo las auroras desde allí también. Y por supuesto todos tenemos en mente, algún día, hacer la ruta primaveral de los tornados en los Estados Unidos, “Tornado Alley”.

—¿Qué fenómenos meteorológicos y atmosféricos te resultan más interesantes? ¿Cómo sabes a qué lugar hay que acudir, y en qué momento?

—Es imposible no destacar los rayos. Tienen un magnetismo que no se puede comparar. Por su arbitrariedad y el impacto que nos generan, que de algún modo llevamos inscrito en los genes desde nuestros orígenes. Después destacaría las estructuras formidables de tormenta, que adquieren formas que uno jamás creería pueden llegar a lograr. El saber dónde ir y en qué momento tiene una parte de ciencia meteorológica, pero más si cabe de misterio, que no sé explicar, y que en el libro lo denomino “sincronicidad”, porque es realmente algo que da que pensar mucho a posteriori.

—¿Podrías explicarnos por favor lo del OVNI que viste recientemente?

"Luego toca lo más difícil, que es colocar los elementos atmosféricos y naturales, que tú no puedes decidir cuándo y dónde se van a dar"

—Sí, observé sobre las 6 de la madrugada, al salir del turno de noche llegando a mi casa en Gérgal, la reentrada de uno de los cohetes espaciales de última tecnología que se están usando. Pero fue hermoso y misterioso ver algo inédito que no sabías interpretar, en lo que aún guardaba la noche de tinieblas. Y ese desafío para tu propia lógica donde no alcanzas a interpretar del todo qué era aquello. Media España lo vio y quedó atónita.

—Comentas que con los años has aprendido «a hacer intuitivo el arte de combinar encuadre, composición, elementos y fenómenos en las proporciones más perfectas posibles». Explícanos cuál es el ingrediente para conseguir la gran foto.

—Repetir, repetir, repetir… hasta que de forma automática logras asumir nociones de profundidad, composición y colocación de elementos en la escena. Luego toca lo más difícil, que es colocar los elementos atmosféricos y naturales, que tú no puedes decidir cuándo y dónde se van a dar.

—Te refieres en la obra al misterio que obra el milagro de la foto perfecta. ¿Sabrías descifrar en qué consiste ese misterio?

—No, sigo siendo incapaz de predecirlo, pero agradezco con toda el alma el haber sido ya capaz de lograr algunas de estas imágenes impensables.

—Algunas veces decides optar por el color, otras por el blanco y negro. ¿Cuál es la razón de cada elección? ¿Utilizas cámaras analógicas o digitales?

—Siempre cámara digital. A veces hacerlo es porque te lo grita la foto. Otras para demostrar que la belleza y el impacto visual no están atados a ninguna norma impuesta y pueden vestirse de diferente forma. Y otras porque al editar puedo sacarles mejor partido y corregir sobreexposiciones de luz.

—Comentas que «nadie te enseña a describir en letras lo que se siente cuando notas que te escucha el cielo». Colosal, demencial, salvaje, sin límites… son algunos de los calificativos que has escrito en el libro, pero dices que te quedas sin adjetivos.

—Porque a veces hay sensaciones que sientes que esclavizas a una definición que no logra hacer justicia del todo a lo que has vivido y te quedas sin argumentos para transcribir ese momento. En la reiteración de un mismo adjetivo sientes que estás comparando dos instantes que no se deben retar entre ellos.

—Te cito: «Los seres humanos somos realmente extraños. Somos capaces de vivir en una mentira que se admite y abraza cuando es vehemente, cómoda y dicha con convicción. Sin embargo, aún teniendo delante una verdad, cuando es vertiginosa, cuando pone en riesgo la realidad, la rechazamos automáticamente. Y se vive de espaldas. Y se vive deprisa para no tener que pensar demasiado ni tener que hacernos preguntas incómodas». ¿Cuál es tu verdad, eres fiel a ella?

"Hay que creer poderosamente en algo para ser capaz de atreverte y lanzarte al desafío que supone hacer lo que hacemos, al menos yo personalmente. Es lanzarte a lo indómito y lo que aún no existe"

—Intento serlo. Si tomo conciencia de que por algún momento no lo estoy siendo, siento que las cosas no van bien. Me siento incómodo. Me siento traidor de mí mismo. Una gran verdad creo que es, sin duda, que uno no debe renunciar con tanta gratuidad y vehemencia tan temprana a sus propios sueños si siente que el conseguirlos tan solo es muy difícil, arduo y hasta emocionalmente doloroso… pero no completamente imposible.

—¿Nos estamos equivocando en nuestra forma de vivir, de ahí tantos problemas de salud y sociales que se derivan? ¿Crees que es así?

—Yo creo que sí. Que hemos dado preeminencia absoluta a lo material y a lo que nos aprueben la mayoría. Que el encajar y no desafinar nos preocupa hasta el punto de olvidarnos de sentirnos como personas únicas.

—Mencionas que los cazadores de tormentas, sin lugar a dudas, sois creyentes. ¿Por qué?

—Porque hay que creer poderosamente en algo para ser capaz de atreverte y lanzarte al desafío que supone hacer lo que hacemos, al menos yo personalmente. Es lanzarte a lo indómito y lo que aún no existe, en algún lugar que a veces aún ni conoces. Y además, con el paso de los años, suceden cosas que hacen que sientas que hay algo más que no sabes explicar, que está detrás, donde los ojos no logran alcanzar pero que sin embargo logras por instantes percibir.

—Este es un trabajo que requiere mucho sacrificio y determinación. Tienes que recorrer cientos de kilómetros y pasar jornadas inciertas, peligrosas. ¿Siempre recompensa? ¿Normalmente las cosas suceden como esperas?

—No, para nada. Ahí radica también gran parte de su atracción. De que para nada es algo seguro y mucho menos fácil (pero esto último lo redescubres cuando hincas las rodillas de nuevo). Te tienes que equivocar muchas veces, pero con los años logras desequilibrar a favor esa balanza y entonces es especialmente hermoso y compensativo. Si fuera siempre una garantía de éxito, no se valoraría de igual manera lo que supone cuando lo logras. También es un contrapunto al mundo actual que solo tira de “seguros”, de no asumir esfuerzos ni paciencia.

—¿Cuáles son tus fotógrafos de referencia cuando estás tratando de retratar una escena?

"Me pongo los auriculares y elijo música. Edito y escribo, acurrucado en esas melodías, y simplemente me planto delante de la escena e intento escuchar lo que me dice y lo que recuerdo haber vivido"

—Yo mismo e intentar superarme. Cada vez que termino una “caza” hago retrospección y análisis. Y esta fórmula la mantengo tanto si ha salido perfecto (las menos veces) o si ha salido mal. Es la manera que conozco de evolucionar y aprender. Pero es cierto que en este universo fotográfico todos tenemos referentes nacionales e internacionales. En España, José Ángel Gallego es un fotógrafo diferencial.

—Y ¿cuáles son tus referentes literarios cuando, ya en la comodidad de tu mesa de trabajo, contemplas y tratas de describir una de tus fotografías?

—Cuando me planto delante del ordenador intento vaciar la mente. Me pongo los auriculares y elijo música. Edito y escribo, acurrucado en esas melodías, y simplemente me planto delante de la escena e intento escuchar lo que me dice y lo que recuerdo haber vivido. No tengo ningún autor presente, porque este territorio está inexplorado. Aunque siempre influyen inconscientemente los libros y autores más recientes que has leído o que más te han marcado. El libro por eso se inicia con los “Cielos de Lovecraft”.

—¿Sientes alguna vez la tentación de dejar el visor de la cámara y, simplemente, estar presente ante el espectáculo en directo que la Naturaleza te ofrece?

—Es muy muy difícil tener un episodio en el que puedes actuar así. Normalmente exige una concentración absoluta y desconectar hasta de la escena que tienes delante. La redescubres cuando repasas el material. Pero, a veces, si logras hacer eso, es maravilloso tener la oportunidad de llenarte de esa sensación. Este oficio es un laberinto de carreras y pausas que se entremezclan.

—¿Hay alguna foto que persigas en especial, algún fenómeno que sea tu Santo Grial, tu sueño, y que aún se te haya resistido?

—Lograr capturar una manga marina, cercana, espectacular y perfectamente definida. Volver a fotografiar un tornado, pero esta vez tocando tierra y lo suficientemente cerca. Y las estructuras de tormenta que aún no he soñado, ni existen.

—Tú has visto cosas que nosotros jamás creeríamos.

—Cosas que tan solo se cuelan en el mundo real un instante. Momentos que solo dejarán constancia porque tuve la suerte de presenciarlos y lograr capturar. Y emociones y aventuras que para muchos tan solo serán una leyenda.

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