No es inusual que el GPS juegue malas pasadas con sus indicaciones y algún vehículo, especialmente si se trata de uno de grandes dimensiones, termine atrapado al intentar circular por una localidad o calle pequeña y deba avisar a las autoridades.
Al cabo de un tiempo, como el pitido incesante parecía acercarse cada vez más a mi casa, volví a asomarme de nuevo y entonces pude vislumbrar, entre los árboles de enfrente que tapan la parte baja del camino —llamarla carretera le queda grande—, el volumen de un vehículo que asomaba lentamente cuesta arriba como un Moby Dick dubitativo. «¡Por allí resopla!», pensé, comprendiendo por fin a qué se debía el sonido.
Un autocar de turistas se había metido por nuestra pequeña carretera, seguramente guiado por los cantos de sirena del GPS, que le decían que podría acortar camino en dirección a la autovía. O quizás prometía llegar a un bonito puente medieval con su molino de agua, al área de recreo con playa fluvial o a ver petroglifos rupestres. Lo cierto es que por esa ruta lo único que podían era convertirse en un corcho en el cuello de una botella.
Como el pasado domingo lo que sobraba era calor para dar y tomar, los viajeros del autobús decidieron caminar cuesta arriba en busca de sombra. Un grupo de ellos se cobijó bajo las ramas de los árboles del camino a mi casa, con gran algarabía, mientras observaban las maniobras del conductor del autobús, que, guiado por algunos de los vecinos del pueblo, intentaba llevar el autocar marcha atrás hasta algún lugar lo suficientemente ancho como para poder dar la vuelta.
Mientras, yo observaba todo esto desde el patio, pensando en el número creciente de noticias referentes a autobuses encajonados en vías estrechas que se estaban dando en los últimos años. Autocares atascados en la Ribeira Sacra, en carreteras de montaña como la que discurre frente a mi casa, en centros históricos con callejuelas retorcidas y empedradas. Vías tradicionales no pensadas para tráfico rodado de grandes dimensiones.
Según dicen algunos, el problema se solucionaría con una mejor señalización viaria; no estoy de acuerdo. No niego que haga falta una mejor señalización en nuestras carreteras; de hecho, lo que hace falta en nuestra comunidad son mejores carreteras y vías de comunicación en general (que estamos mano a mano con nuestros hermanos extremeños en cuestión de trenes: mucho AVE a Madrid, pero a la hora de la verdad un Vigo‑Bilbao lleva unas once horas de reloj, y el Lugo‑Barcelona más rápido son nueve). El turismo es fenomenal, pero viajar hay que hacerlo todo el año para trabajar, y con esas comunicaciones es imposible no tirar de coche o avión. Para ir en coche hacen falta buenas autovías, que no hay, y para ir en avión frecuencias, que tampoco.
Pero vamos a lo que vamos: el autobús atascado y la falta de señales. Dicen algunos que es una pena que, por falta de señalización, el turista se quede sin ver lugares de excepcional belleza. ¿De verdad es una lástima? Pues qué quieren que les diga: si me prometen que lo único que hace falta para que no lleguen es que no haya señales, yo misma me encargo de ocultarlas o, directamente, arrancarlas.
Porque convertir parajes únicos en romerías de masas enardecidas es la forma más rápida de destruirlos. Y cuando ya no quede nada —cuando las curvas estén rectificadas, los taludes desmontados y el embarcadero asfaltado para que el autocar llegue hasta el agua— no servirá de nada lamentarse. Lo que se pierde por comodidad no vuelve.


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