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Una historia de Europa (LI)

Hasta mediado el siglo XV, los libros eran muy caros. Todo o casi todo en ellos había que hacerlo a mano, y eso era lento y costaba una pasta enorme. Los de esa época eran manuscritos decorados con dibujos y colores que sólo la gente rica, los obispos y los monjes de monasterios importantes podían darse el lujo de tener. Signo de poderío, vamos, y además escritos casi siempre en latín, que era la lengua culta internacional de entonces. Un libro gordo, por ejemplo una Biblia, costaba igual que una casa. Aquello limitaba mucho la lectura, claro. Eran pocos los que podían darse el lujo, y por eso tuvo tanta importancia que a un orfebre e impresor alemán, de Maguncia, llamado Johannes Gutenberg se le ocurriera la idea genial de producir libros de una manera más rápida y eficaz, gracias a una imprenta de tipos móviles; invento que iba a cambiar el mundo y que los historiadores consideran, con la caída de Constantinopla en manos turcas y el descubrimiento de América (ambos acontecimientos estaban ya a punto de nieve), comienzo de la modernidad europea y punto final de la Edad Media. Por supuesto, nada nace sin antecedentes: antes de que Gutenberg entrara en danza ya se había adelantado mucho en el arte de la impresión con el método llamado xilografía, que consistía en grabar letras o dibujos en relieve en una plancha de madera que, después de untarse con tinta mediante un rodillo, se imprimía en la hoja de papel. El problema era que esas letras de madera se desgastaban en seguida con el uso; y además de acabar saliendo impresiones imperfectas, el procedimiento de renovar las planchas una y otra vez seguía costando un huevo de la cara. Y ahí fue donde el amigo Gutenberg dio el campanazo, porque (y recordemos que también era orfebre) fabricó letras sueltas de metal, que no se desgastaban tanto. Esas letras se ponían unas junto a otras encajadas en un soporte en forma de página (con las letras invertidas, ojo) formando palabras, y éstas líneas de texto, y la plancha metálica conseguida se impregnaba de tinta para imprimir con ella cada página. Eso fue un pelotazo increíble porque convertía el asunto de fabricar libros en algo más barato y más rápido, y el éxito absoluto llegó en 1454 con la impresión de la que se llamó Biblia de 42 líneas (pues tal número de ellas, a dos columnas, tenía cada una de sus páginas). Ese libro, llamado también Biblia de Gutenberg, pudo así publicarse en unos doscientos ejemplares, parte en papel y parte en vitela, que la gente con viruta y posibles adquirió con entusiasmo. Era un libro caro, pues costaba unos 30 florines de allí (dos o tres años de salario para un trabajador medio), pero resultaba más rápido de hacer y más barato que un libro copiado a mano. Lo curioso es que ni el propio Gutenberg se dio cuenta de lo mucho que su invento iba a cambiar Europa y el mundo, o sea, del enorme poder que la imprenta iba a tener en los siglos posteriores. El impresor alemán sólo había pensado en ganar dinero suministrando a religiosos, letrados y estudiantes unos libros asequibles; e incluso los fulanos más pijos y elitistas de su tiempo, alzada una ceja despectiva, tardaron en aceptar la imprenta que popularizaba el libro, precisamente por eso: como escribió el historiador gabacho Henri Pirenne, al principio manifestaron desdén hacia un descubrimiento que les parecía rebajar, por la baratura y carácter mecánico de sus productos, la majestad y encanto de las obras intelectuales. También la Iglesia católica anduvo entre Pinto y Valdemoro; porque si de una parte le interesaban las ventajas de la imprenta para sus asuntos eclesiásticos y sus bibliotecas, por la otra recelaba (y con motivo) que al popularizar el libro y hacerlo más asequible a la gente, ésta accediese por su cuenta a ideas y doctrinas perniciosas que la Iglesia de Roma y sus ministros no podían controlar, hasta el punto de que les saliera el cochino mal capado. Cosa que, por supuesto, acabó ocurriendo. Iban a ser la imprenta y los libros lo que más facilitara la gozosa explosión de esa Europa tan interesante que venía de camino. Y no es casual que para los hombres de la Revolución Francesa, que tres siglos y medio después proclamarían los derechos del hombre, Gutenberg fuera un temprano precursor con el que se sentían en deuda. No les faltaba razón, porque ese invento haría posible que palabras importantes, ideas nuevas, revolucionarias, empezaran a estar al alcance de quienes hasta entonces, privados de libros, sólo eran sumisos analfabetos sometidos a papas y monarcas. De alguna forma, aquel humilde taller de Maguncia fue el cadalso simbólico donde, con el tiempo, se acabaría cortando cabezas de reyes y poniendo el viejo mundo patas arriba.

[Continuará].

____________
Publicado el 31 de marzo de 2023 en XL Semanal.

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Ricarrob
Ricarrob
1 año hace

¡Ah la imprenta! Los libros. ¡Y dicen ahora de internet! No se puede ni comparar. La verdadera revolución fue aquella, después de la de la escritura y la del alfabeto. ¡Esas si que cambiaron el mundo!

Y, hablando de internet, los tuits, los blogs y la madre que. Nada hay nuevo bajo el astro rey. Los opúsculos y los panfletos existen desde la imprenta, aunque algunos digan que provienen de la Revolución Francesa. El ingenio y la mala leche de nuestro siglo de oro con el panfletarismo es épico. Quizás la gran difusión de la imprenta fue causada por la popularización de los panfletos más que por la Biblia de Gutemberg. Poner verde al personal por escrito es un deporte que no lo trajo internet. Panfletos difamatorios, o no tanto, sobre reyes, reinas, ministros, literatos, entretenidas, etc. fueron comunes, fueron celebrados y fueron difundidos. Debería haber una historia documentada sobre el tema. Y que aprendan hoy de la imaginación, la inteligencia y la creatividad de entonces ya que lo que predomina hoy es la bajeza, la ignorancia y la falta de clase. Y si se arguye que lo que ahora cambia es la velocidad de transmisión, decir que cuando Quevedo aún no había terminado de escribir un panfleto, ya estaba en boca de todo Madrid. Pero, bueno, siempre nos quedará Sakira…

La escritura, la imprenta, los panfletos…

Luz Ángela Valencia
Luz Ángela Valencia
1 año hace

Gracias Gutenberg “Rompamos el sello que ata a las cosas sagradas”
Hay personas que cumplen una misión, pese a las adversidades.
Gracias Project Gutenberg tiene más de 57.000 libros electrónicos https://www.gutenberg.org/browse/languages/es

Última edición 1 año hace por Luz Ángela Valencia
Josey Wales
Josey Wales
1 año hace

El señor Pérez-Reverte lleva escritos muchos artículos sobre la Edad Media, pero rara vez cita a los historiadores. Al único que le he visto citar es a Henri Pirenne, que era belga, no «gabacho». En España hay grandes medievalistas, sobradamente reconocidos en el extranjero, pero nunca he visto una sóla cita, tal vez porque no los ha leído, no puñetera falta que hace para el propósito de estos artículos. Ya sé que no pretenden hacer un anàlisis histórico y tienen un tono jocoso, pero la conclusión es siempre la misma y no tiene nada de jocosa: para Pérez-Reverte, los europeos eran «sumisos analfabetos sometidos a papas y monarcas» que, por supuesto, serían liberados por «los hombres de la Revolución francesa, que tres siglos y medio después proclamarían los derechos del hombre». Derechos que, habrïa que añadir, no se respetaron demasiado por los filantrópicos genocidas revolucionarios, a la vista de cómo asesinaron a todo ser viviente en la Vendeé, ejecutaron a cañonazos o con cargas de caballería, usando como blancos humanos a las columnas de prisioneros en Lyon o cómo arrasaron poblaciones, violaron y mataron como salvajes en España en 1808-1814.

Si a alguien le cuadra el calificativo de «sumisos analfabetos», no es tanto al hombre medieval como al hombre moderno. El hombre medieval, por muy humilde y analfabeto que fuera, sabía sobrevivir en condiciones que hoy llamaríamos extremas: sabía cazar, recoger plantas silvestres comestibles, construir una choza, criar ganado, roturar y poner a producir un erial, al mismo tiempo que se defendía de los bandidos y comercializaba sus excedentes. El hombre moderno, por el contrario, no sabría sobrevivir sin su pensión o su teléfono móvil. ¿Analfabetos sumisos? ¿Ustedes creen que eran sumisos los medievales que se amotinaban cuando les imponían impuestos abusivos? ¿Sumisos los españoles medievales que, por ejemplo, por no convertirse al islam, eran capaces de pagar la capitación, ser esclavizados, hacer la guerra durante siglos o sufrir el martirio? Sumisos son ustedes, hombres ridículos del siglo XX y XXI, que son capaces de matar niños no deseados porque no son capaces de renunciar a las comodidades de un nutriente bienestar. Sumisos son ustedes, que les están robando a manos llenas, se les ríen en la cara y siguen votando a la peor clase de delicuentes y maleantes, los políticos de una memocracia.

En cuanto a analfabetos, las clases ilustradas de la Edad Media pasaban por la universidad, en tiempos en los que no regalaban los títulos y había que estudiar. Un doctor en filosofía de nuestra época que sepa leer en latín la Summa Theologica de Santo Tomás y recitar de memoria el Nuevo Testamento en griego, sería hoy una eminencia. En cambio, cualquier doctor en Teología del XVI sabía hacerlo. Los debates o ‘disputatio’ de cualquier Universidad de tercera en el siglo XV no los hace hoy ninguna de esas universidades ‘prestigiosas’ en las que se compran las tesis plagiadas de nuestros ministros y presidentes del gobierno. Tomás Moro fijaba en un 60% de la población londinense los que sabían leer, aunque evidentemente, en el campo los analfabetos eran casi todos. Ahora bien, calcule a ojo de buen cubero cuántos leen (que para eso sirve saber leer) en el transporte público de una ciudad actual. Compare la inversión en tiempo y dinero destinada a instruir al hombre medieval y al moderno, y ya me dice quien gana. En la Edad Media, el hijo de un comerciante abandonaba la escuela entre los doce y los quince años para aprender el negocio familiar. Un joven de la clase urbana más baja abandonaba los estudios en cuanto tuviera la capacitación suficiente para ser admitido como aprendiz en un gremio. Las labores agrícolas absorbían las horas solares de los chicos del campo, por eso difícilmente podían asistir a la escuela, aunque habían escuelas gratuitas (con métodos pedagógicos que hoy están ‘descubriendo’ los modernos) y se generalizarían a partir de la fundación de las Escuelas Pías por San José de Calasanz y las Escuelas Cristianas por San Juan Bautista de la Salle, cuyos horarios eran diurnos. Sólo una pequeña minoría, los que estaban destinados a la Iglesia, el Derecho o la Medicina (los tres principales estudios universitarios), finalizaban los estudios, y no necesariamente eran ricos (los ricos empleaban preceptores), a veces bastaba con la capacidad para encontrar un protector que costeara la carrera académica. El resto, se guiaba por dedicarse a lo más práctico, por asegurarse las lentajas.

Una vez superadas las primeras letras, en las que se aprendía únicamente a contar y a leer y escribir bien, comenzaba la ‘carrera’, a los catorce o quince años, el ‘trivium’ (gramática, retórica y dialéctica) y el ‘quadrivium’ (aritmética, geometría, astronomía y música). La teoría del conocimiento estaba bien fundada (aún no existía la secta de los pedagogos modernos), por eso, todo giraba en torno al lenguaje, tanto el de los números como el de las letras. Una vez configurado el andamiaje conceptual, dicho en plata, una vez que los estudiantes sabían expresarse y hacer la o con un canuto, ya podían comenzar a elaborar un trabajo doctoral especializado en teología, derecho o medicina. Al contrario que en nuestros días, se daba gran importancia a la capacidad de argumentar y sentar razonamientos lógicos, más que a la supuesta originalidad o capacidad crítica.

Lejos del brochazo grueso de Pérez-Reverte, las universidades eran muy diferentes entre sí. Salamanca, Oxford y París eran famosas por sus facultades de Teología; Bolonia y Alcalá por Derecho, y Padua y Valencia por Medicina. En todas partes estaba Aristóteles, pero en el Norte de Europa se le enseñaba en todas sus facultades, mientras que en Paris sólo se hacía casi de sus obras científicas. Al revés que en las del Norte, en las universidades italianas apenas contaba la Teología, cuya enseñanza dejaban a otras instituciones.

Pérez-Reverte es una mente anclada en la concepción negativa de la Edad Media popularizada por el historicismo y el Romanticismo liberal del siglo XIX. Su divertida afirmación de que papas y Reyes se pusieron nerviosos con la imprenta, porque vieron en peligro su supuesto negocio, puede ser fácilmente debatida desde la Historia, siempre que no nos conformamos con ‘entenderla’ con un simple artículo y nos apliquemos a mirarla más de cerca, con el microscopio de la historiografía. Baste un par de ejemplos: Juan II de Portugal autorizó la importación de libros en 1483 «porque es bueno para el bien común que haya muchos libros circulando por nuestro reino». Luis XII, en una ordenanza de 1513, se refería a la imprenta como «una invención divina más que humana». Juan de Zumárraga, primer obispo de México, llevó la primera imprenta a América, en la que comenzaron a imprimirse las primeras gramáticas y diccionarios de lenguas indígenas y, además, las primeras obras literarias. Por no hablar del éxito de las obras espirituales, como la «Imitación de Cristo» atribuida a Tomás de Kempis. Hoy, con los televisores y medios autorizados por licencia gubernamental, y sobornados bajo el subterfugio de la publicidad institucional y las subvenciones al ‘mundo de la cultura’, la figura jurídica del ‘delito de odio’ y el poder de las redes sociales en manos de ‘filántropos’ multimillonarios, el poder controla la opinión de una forma mucho más brutal y eficaz que cualquier experiencia anterior. En la Edad Media podías irte a vivir a las Batuecas. Hoy te construyes una choza en el último rincón de la sierra más perdida y a las dos horas tienes el dron de Hacienda sobrevolando y a los de Medio Ambiente apuntándote con la metralleta.

Ricarrob
Ricarrob
1 año hace
Responder a  Josey Wales

Excelente comentario, sr. Wales. De acuerdo con usted en casi todo. Efectivamente, hoy, la gran mayoría es sumisa, analfabeta y sometida a politicos e influencers (meto aquí, en influencers, a cantantes, futbolistas, famosillos-llas, directorcillos de cine, actorzuelos… ).

Desde que se inventó el jacobinismo, que usted ha mencionado, sí, el guillotinador, no nos lo quitamos de encima. Y luego hablan de la Inquisición. Ese jacobinismo de izquierdas que busca el exterminio del oponente y que es enemigo del diálogo. Y si no, fíjense ustedes en que ni entre ellos mismos son capaces de dialogar. La única virtud del jacobinismo es que se exterminan entre ellos. Buen ejemplo ha puesto usted con la Revolución Francesa para observar cómo intentaron introyectar a machamartillo en la mente de los ciudadanos esos «valores» revolucionarios. Se asesinaba a cualquiera por no llevar prendida de la ropa la famosa escarapela. ¡Y luego dicen de la Edad Media!

¡Con qué superioridad moral se habla hoy de otras épocas cuando nos podrían aportar enseñanzas! Ya llegaremos al tema picaresco del que no nos hemos desprendido en este país o quizás incluso se ha acentuado como bien menciona usted en el caso de las tesis, fusiladas y nunca leídas ni por su «autor» o en el caso de las titulaciones concedidas por ir con el carnet en la boca. Rinconete y Cortadillo, el bachiller Trapaza y la Garduña de Sevilla. Por lo menos, entonces, estas gentes formaban parte del común. Hoy llegan a las jefaturas de los partidos y del estado, incluso a dirigir la Guardia Civil.

Quien como yo estamos convencidos de que vivimos en plena decadencia social y moral, la época actual es la que será calificada en un futuro (si llegamos), de Edad Oscura.

Bueno, sr, Wales, todo está dominado y sometido, pero… nos queda el Zenda. Esperemos que no nos obliguen a llevar prendida una escarapela.

Ricarrob
Ricarrob
1 año hace
Responder a  Josey Wales

¡Ah, sr. Wales! ¡Sigamos lanzando nuestros quevedianos panfletos contra el jacobinismo imperante, excluyente e inquisitorial¡ Con perdón hacia la Inquisición que, ante estos, eran meros aprendices.

Josey Wales
Josey Wales
1 año hace
Responder a  Ricarrob

Los franceses nos han vendido que su Revolución nos trajo la libertad y el fin de la opresión, pero es mentira. Las monarquías absolutistas estaban en proceso de reforma que hubiera acabado, indefectiblemente, en volver a convocar regularmente Cortes y Parlamentos. Los estados estaban en bancarrota y necesitaban ampliar su base social. La Revolución francesa, con su riada de sangre y ataques al exterior, retrajo las ideas ilustradas y reformistas y creó una reacción que, además de justa, fue totalmente popular. Los españoles de a pie que murieron a mansalva contra el invasor no lo hicieron en nombre de la independencia, sino de la Religión y la Monarquía. No eran ellos los fanáticos, sino las hordas que asesinaban, violaban y saqueaban en nombre de la libertad.

Cuando los jacobinos proscribieron el culto católico por ‘fanático’, en toda Francia comenzaron a organizar el culto a la diosa Razón. Unos diputados llegaron a meter en la Convención a una mujer del barrio chino de París vestida con gorro frigio una túnica con los colores republicanos, catacterizada como la diosa Razón. Exigieron solemnemente que se le rindiera culto, mientras le levantaban la túnica y mostraban sus pechos a la asamblea; la fulana sonreía halagada y avergonzada a la vez por la charlotada. Nunca hubo mejor alegoría de la razón en manos de progres y jacobinos: la razón es para ellos una puta, una mercancía que se vende. Así nos va.

Francisco Brun
1 año hace
Responder a  Josey Wales

Historia, educación, tiempo, libros, internet, inteligencia artificial, videojuegos, política, globalización, guerras con drones…Paren este mundo que me quiero bajar.
Es imposible encontrar una explicación al supuesto desarrollo humano sobre el planeta, que en lugar de desarrollo, parece un pandemonium; surge para mí, algo como una especie de salvavidas futuro, la educación, y esta pregunta: ¿cómo debemos educar a nuestros jóvenes, en qué disciplinas, y cómo decirles, que nada seguro puede garantizar un porvenir digno, en el que puedan formar un hogar, con hijos, y una vivienda.
Arriesgaría a decir que este principio de siglo XXI, será el de la incertidumbre, porque nadie puede asegurar cuál es el camino a seguir.
En mi país Argentina, el cual se encuentra devastado por décadas de desgobiernos corruptos, no existe en la dirigencia política una sola voz contundente que indique el camino para lograr nuestro desarrollo.
Insisto en decir que la única salida posible será educar al soberano, para como mínimo permitirle interpretar el menú que ofrecen los candidatos, muchos de ellos aventureros y charlatanes; pero esto lleva justamente tiempo, y el hambre es lo inmediato; de esta urgencia se benefician estos mal nacidos que gobiernan.
No me animo a decir por donde está transitando el mundo, pero cuando los negocios y la droga, ocupan todos los espacios; los resultados son predecibles.
Quizás un bálsamo para nuestra humanidad sea el arte, pero también se puede observar que en muchos casos es un negocio de chantas y rufianes.
En fin… quizás la religión…pero pareciera que Dios se cansó de nosotros.
Evidentemente; lo único que nos queda para algunos, son estos pequeños grandes espacios, que nos permiten expresarnos.
Cordial saludos.

Josey Wales
Josey Wales
1 año hace
Responder a  Francisco Brun

Ustedes, los argentinos, están emigrando a España. Los españoles también estamos pensando en marcharnos a otro lugar… Argentina es uno de los mejores.

José Prats Sariol
José Prats Sariol
1 año hace

¿Por qué APR no lanza el desafío de que lo mismo ya ocurre con las versiones digitales, la lectura en tabletas?

Basurillas
Basurillas
1 año hace

Tiempo y memoria. Esos son los logros fundamentales de la invención de la imprenta. Mucha gente piensa que no se puede comprar el tiempo, pero a mi juicio es incierto. ¿O no compra tiempo el que debe ir a Nueva York y lo hace en un vuelo comercial en ocho horas, en lugar de atravesar el atlántico en un paquebote por mar en dos semanas? Pues con la imprenta pasó lo mismo: se compraba tiempo, innumerable, obteniendo saber y cultura acudiendo facilmente a libros, tésis y doctrinas en una biblioteca pública, en lugar de ir preguntando a sabios o visitando monasterios y abadías o viajando a donde se impartían clases magistrales. Y respecto a la memoria, con los libros se podía acceder a todo el conocimiento humano de una forma ágil, simple y cómoda, y profundizar en el mismo de manera notable y fiable.
Los grandes inventos de la humanidad, en definitiva, siempre proporcionan a la misma, o dan la posibilidad de obtener para ella eso: tiempo y memoria. Y su valor es inapreciable.

Ricarrob
Ricarrob
1 año hace
Responder a  Basurillas

El tiempo. Ese ente tan distorsionado, tan quebradizo, tan variable. Si hay algo realmente relativo, no es la verdad, ni la belleza, ni la fe, ni la virtud, ni la inteligencia, ni… si hay algo realmente relativo es el tiempo. Ayer yo era un niño y, en un chascar de dedos, soy un viejo y mañana seré polvo de estrellas.

Siento contradecirle, señor B. El que realmente compra el tiempo es el que viaja en paquebote. El que viaja en avión, pasa ocho horas sin vivirlas, sin apurarlas, sin dusfrutarlas. Nos creemos que compramos el tiempo: falso. Compramos nuestra insulsa y acelerada forma de vida, vida que no vivimos. Saber apreciar un magnífico atardecer, sin tiempo, sin agobios, sin móvil, sin nada màs que a nosotros mismos, es impagable. Viajar por el mar viendo los amaneceres y atardeceres, el movimiento de las olas, los cambios de colores del cielo y del mar, es vivir, es tiempo, es solazarse con el lento discurrir de la vida… viajar en avión es no unirnos con nada. Observar el cielo y el mar es unirnos con el Universo. Apurar hasta el último resquicio de cada ínfima parte de un segundo vivido.

Sr. B., estoy convencido de que los antiguos vivían más que nosotros, mucho màs, independientemente de que su esperanza de vida fuese mucho menor.

Josey Wales
Josey Wales
1 año hace
Responder a  Ricarrob

Muy de acuerdo con usted. Saludos.

Basurillas
Basurillas
1 año hace
Responder a  Josey Wales

Espero que ninguno de ustedes dos tenga que pasar por la horrible experiencia de tener un buen amigo o un familiar en un país lejano, océano por medio, aquejado de una grave enfermedad repentina que sólo le dará unos pocos días de vida. Antes que pasar con esa persona sus últimas horas, tomando un avión, seguro que también preferirían embarcar en ese mitificado paquebote y llegar lamentablemente al destino tras el fallecimiento de ese ser querido. Tal vez entonces comprenderían el sentido de mi expresión «comprar el tiempo». Los romanticismos y ensueños están justificados para según que casos y según que momentos. Para otros, normalmente la mayoría,se impone la cruda eficiencia. También en el saber y el conocimiento.

Arlette Danglades
Arlette Danglades
1 año hace

No deja de sorprenderme como hay personas que leen Pérez Reverte y utilizan su espacio para despotricar del mismo y soslayarse en sus propias divagaciones.

Mike
Mike
1 año hace

La imprenta es un paso mayúsculo en la historia humana. Solo la escritura antes e Internet después pueden equipararse.

Nicolás Mogollón
Nicolás Mogollón
1 año hace

«… como escribió el historiador gabacho Henri Pirenne, al principio manifestaron desdén hacia un descubrimiento que les parecía rebajar, por la baratura y carácter mecánico de sus productos, la majestad y encanto de las obras intelectuales.»

Con el perdón de Don Arturo, pero es más o menos lo mismo que dicen hoy quienes se oponen a los libros electrónicos, y seguro fue lo que decían algunos al resistirse pasar de las planchas de piedra y barro al papiro.

Digo con el perdón de Don Arturo, porque le he leído varias veces oponerse a los libros electrónicos, y en respeto a esta oposición y en conjunto a la admiración que le tengo, es la razón por la cual es el único autor que sigo leyendo en papel.

Jose
Jose
8 meses hace

El cadalso de tinta; qué bella metáfora. Ahora, a medida que la tinta (plasmada en papel, o no) pierde el protagonismo históricamente adquirido, el cadalso vuelve a mostrar sus fauces contra todos aquellos a los que salvaron aquellas letras y sus mensajes.