Inicio > Firmas > El bar de Zenda > Una historia de Europa (LIII)
Una historia de Europa (LIII)

El Renacimiento dinamitó, o empezó a hacerlo, el cerrojo que durante los siglos medievales la Iglesia había puesto a la inteligencia en Europa. Una demolición, seamos justos, que también se hizo desde dentro; porque también la Iglesia, o una parte importante de ella, acabó respirando con entusiasmo los aires humanistas, sobre todo los grandes papas romanos del siglo XVI (lo fueron Julio II, León X y algún otro). En todo caso, el nuevo espíritu no era todavía antirreligioso, que eso vino luego, sino anticlerical o más abiertamente crítico con los vicios eclesiásticos. Pero incluso intelectuales notables como Erasmo de Rotterdam o Tomás Moro, dos buenas cabezas, fueron cristianos sinceros, dispuestos a hacer compatibles vida espiritual y terrenal. Lo que el Renacimiento destruyó felizmente (aunque aún colearía durante siglos) fue la pretensión de los teólogos de controlar las artes, las ciencias y la moral. Ahí se les complicó el sacro negocio. En cualquier caso, limitar el concepto renacentista al arte y las letras se queda corto: el movimiento, originalmente italiano, revolucionó toda la actividad humana e hizo posibles descubrimientos científicos y geográficos que cambiaron el aspecto del mundo. La recuperación de la antigüedad grecolatina como referencia, la formación científica, el deseo de acceder a las verdades que el estudio de la naturaleza ofrecía, el nacimiento de una sociedad urbana dueña de su destino, el capitalismo moderno, el mecenazgo e influencia social de familias poderosas, se convirtieron en virtudes propias de unas ciudades (Florencia, Milán, Venecia) donde el poder y el prestigio pasaban de manos de la vieja aristocracia a la nueva élite comerciante, que era la que ahora estaba podrida de pasta. Y precisamente Italia, donde todo eso cuajó primero, resultó ser una interesante paradoja. Por una parte, el carácter de sus ciudades-estado, la falta de unidad y las luchas que entre ellas se desarrollaban, dieron lugar a que, alejadas la nobleza y las familias ricas del oficio medieval de las armas, éste recayese en profesionales especializados, los condottieri o mercenarios, que con ejércitos particulares se ponían al servicio de unos y otros, y a veces se alzaban con el santo y la limosna, adueñándose por la cara del chiringuito. Fue la época de los llamados tiranos, especialidad tan típicamente italiana como hoy son la pizza o la Mafia: gobernantes basados en la fuerza, la conspiración y el asesinato (los Sforza, los Visconti de Milán), de los que el papa Pío II llegó a decir: En esta Italia donde nada perdura, los criados pueden aspirar a ser reyes. Sin embargo, y a esto viene lo de la paradoja, paralelo a ese descalzaperros político y militar (también los papas andaban a sartenazos defendiendo sus posesiones), crecía el culto a la Antigüedad con nuevos y fructíferos enfoques, el latín se convertía en elegante idioma internacional de la gente culta, escritores y artistas formados en el estudio de los clásicos se expresaban con una libertad hasta entonces desconocida; y las matemáticas, la física, la astronomía, la geografía, libres (o casi, todavía) del corsé medieval, preparaban la Europa del futuro. Sería injusto no mencionar el nombre de una ciudad clave en el tinglado: Florencia. O para ser más exactos, la Florencia de la familia Médici (Cosme, Lorenzo el Magnífico, etcétera), banqueros del papa entre otros clientes ilustres, ricos hasta aburrir, que fueron bastante inteligentes para comprender que amparar las artes y las ciencias daba más prestigio y más poder; y de ese modo convirtieron su ciudad en centro de las nuevas luces intelectuales que acabaron iluminando Europa. La Florencia del Quattrocento y la Roma de los papas en el Cinquecento pusieron de moda Italia; y con toda razón, porque la nómina que allí alumbraron los siglos XV y XVI es apabullante: sobre la huella literaria de Dante, Petrarca y Boccaccio caminaron con esplendor Ariosto, Castiglione, Tasso, Maquiavelo y Aretino (Aquí yace Aretino, poeta tosco / De todos habló mal menos de Cristo / excusándose al decir: no lo conozco). En materia de arte destacó el trío formado por Leonardo da Vinci (científico del arte, quizá el mayor genio de todos los tiempos), el escultor y pintor Miguel Ángel (no se pierdan la soberbia película El tormento y el éxtasis), y el pintor Rafael (el más blandito de los tres, pero que aprendió tanto de uno como de otro). Y a eso hay que añadir, sin acabar nunca, talentos extraordinarios como el arquitecto Bramante, el pintor Fra Angélico, Piero della Francesca, Brunelleschi, Sansovino, Bellini, Giorgione, Botticelli y su Nacimiento de Venus (el paganismo incrustado en el arte moderno, con dos cojones) y tantos otros. Sin embargo, esa Italia que hoy sigue asombrando al mundo no fue el único país donde el Renacimiento pegó fuerte; también iluminó otros lugares importantes de Europa. Y de eso hablaremos en el próximo capítulo.

[Continuará].

____________

Publicado el 14 de abril de 2023 en XL Semanal.

Entregas de Una historia de Europa:

4.8/5 (271 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

6 Comentarios
Antiguos
Recientes Más votados
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios
Domingo Roig García
Domingo Roig García
1 año hace

Es una narración de los hechos acontecidos desde la aparición de la escritura hasta nuestros d´`ías, hecho con un enorme rigor, a la par que en tono hilarantemente pedagógico, para su mejor digerimiento en la avidez lectora bisemanal. Ahora bien, en la entrega de esta ocasión se ha descuidado un aspecto formal que, aunque menor, indica un poco de despiste criticable por el «enemigo»: la fecha de publicación no es el 14 de abril que corresponde al capítulo LII, sino el 28 de abril (La Voz de Galicia), que es la fecha del capítulo LIII. Con seres humanos de esta dimensión intelectual, Sr. Pérez-Reverte, el cambio climático se contempla con menos angustia…. Aunque las otras angustias que Ud. tan bien señala, ahí siguen por ahora…

Carlos David
Carlos David
1 año hace

– «¿Cuándo lo terminarás?»
– «¡Cuando termine!»

José Prats Sariol
José Prats Sariol
1 año hace

Aunque sea una alusión a la riqueza intelectual de los monasterios medievales, los misterios que Umberto Eco noveló… ¿La patrística y la escolástica no se basan en Aristóteles, que, por cierto, no era de la española Cartagena? No es el Renacimiento sino la élite eclesiástica quien mantiene la cultura greco-latina, en su beneficio, como todo hijo de vecino.

Basurillas
Basurillas
1 año hace

La cosa, en rasgos generales, es sencilla. Progresivamente, con avances y retrocesos eso sí, y en unos sitios más que en otros y en unos lugares antes que en otros. Pero la cuestión fundamental es que el hombre empezó a ser, o a ponerse, en el lugar de la deidad y la religión como medida de todas las cosas y como aspiración de la libertad de criterio y de conciencia, sin tantas ataduras morales, muchas de ellas innecesarias, como en la época anterior. De forma simplista podría decise que el creer se transformó en el crear. Ello afectó paulatinamente a la política, las artes, las ciencias, la economía y a la propia dimensión del mundo conocido. Como casi todos los fenómenos históricos de la humanidad, en todas las épocas, tuvo sus bondades y defectos y aspectos positivos, negativos y grises. Pero lo innegable es que el presente, tal y como lo conocemos y lo experimentamos, sería absolutamente diferente sin el Renacimiento.

ricarrob
ricarrob
1 año hace

Ciudades-estado, falta de unidad, luchas entre ellas… Si, es cierto. Pero todo ello en una época tremendamente interesante y con unos resultados sublimes. Ciudades desunidas pero, varias de ellas, herederas de la tradición democrática griega. Repúblicas en un mundo europeo monárquico. El experimento, cuando menos, históricamente cautivador. Venecia, Génova, Florencia, cada una de ellas construyó un imperio de tipo comercial, marítimo, financiero, mercantil y fabril.

Pero, para mí, una destaca por encima de todas, aunque no se pueda delimitar su existencia al Renacimiento sino que se extendió desde el siglo IX al XVIII. Eso sí en el Renacimiento quizás alcanzó su punto álgido de poder e influencia. Venecia, La Serenísima. Su historia es tremendamente sugerente. ¡Cuantos imperios no han alcanzado esta tan extensa duración!

Su poder no se midió en ejércitos, ni en territorios. Su poder era comercial e industrial y el medio para todo ello, sus barcos, su enorme flota marítima, envidia de todas las potencias de la época. Y, por supuesto, algo que da que pensar, incluso hoy en día en la época del big-data: disponía de la mejor información de todo y de todos gracias al mejor servicio de espionaje existente, quizás el mejor de todos los tiempos. Una talasocracia heredera de la mejor tradición minoica, la más poderosa en riquezas, en influencias, en poder. Globalización en estado puro, sin Internet, sin petróleo, sin móviles, sin… Una eficiente organización política sin fisuras que trascendió al paso de los siglos, un poder institucional independiente de la persona o personas que lo ejercieran. Inteligencia en estado puro. Admiración.

La historia de esta ciudad acrecienta mi espíritu romántico. Porque romántica es esta ciudad, su ubicación como si fuera un barco varado, su convivencia permanente con las aguas del mar, su sincretismo con el espléndido Adriático. Como romántica es la historia de Dante y Beatriz, como romántico para mí es el Renacimiento, heredero también de su precuela medieval de los siglos XII y XIII. Quizás no hay una cesura, quizás los historiadores dan nombre y límites a las épocas por conveniencia, quizás la continuidad desde la Edad Media es una sucesión y una evolución del espíritu humano sin quiebros.

Vivir, trabajar, amar, todo, todo el ímpetu vital encima de las aguas. Si se pudiera elegir un lugar para nacer, vivir, morir, ese sería Venecia…

Ejemplarizante el estudio de la historia de esta ciudad-estado. Para quienes no lo hayan hecho, recomendarles la lectura de un libro excelente, en mi opinión: «Historia de Venecia» de John Julius Norwich. Ejemplarizante.

Francisco Brun
1 año hace

Se dice que nada es eterno, incluido nuestra civilización; no obstante, yo me inclino por tratar de preservar nuestra cultura, este mismo sitio de relatos de la historia antigua y los comentarios que aquí se exponen con la contundencia del que ha estudiado, destacando interesantes puntos de vista, es una forma muy apropiada de proteger el conocimiento de los hechos de la historia; del mismo modo imagino, las inmensas bibliotecas repletas de libros, sobre todos los temas del hombre; también, la monumental realización de construcciones: catedrales, palacios, monumentos, estatuas, pueblos, plazas; y las miles y miles de obras de arte: pinturas, esculturas. La música, sus instrumentos a cuerda; los luthiers, ¿qué ocurriría si un buen día a ningún joven no le interesara aprender este oficio magistral, de conseguir extraer de una pieza de madera, notas musicales?. O ¿qué ocurriría si desaparecieran los escritores, vencidos por la inteligencia artificial?. Me animo a decir que la civilización se convertiría en una inmensa multitud de cerebros inservibles, solo tratando de conseguir un mendrugo de pan sintético, porque nadie sabría ni siquiera mezclar huevos y harina.
No obstante, debemos reconocer que poder mantener viva una civilización no es tan simple como suponemos. Muchos pueblos desaparecieron de la faz de la tierra a pesar de haber brillado como un sol.
Sin ir más lejos, hoy se encuentra en desarrollo una guerra en la que un abismo nuclear podría adelantar una extinción global.
Tratando de mirar nuestro futuro con optimismo, quiero imaginar que siempre existirá ese escritor, mujer u hombre, que continuara escribiendo con papel y lápiz, un joven resguardando los cuadros de los maestros, una maestra enseñando a leer y escribir a chicos, un aprendiz de herrería, un muchacho lijando con amor ese violín que lo utilizará un artista para completar la orquesta sinfónica, una niña interpretando algún tema para piano en el conservatorio de música.
Un último hombre navegando con su pequeño velero, con la vela al viento, en los mares de la imaginación.

PD: También imagino a todos los dirigentes políticos presos y encadenados que ni siquiera son capaces de imaginar un futuro medianamente digno para los hombres y mujeres de buena voluntad.