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Una historia de Europa (LVIII)

La reforma protestante, que iba a poner Europa patas arriba, no se limitó a Lutero. En realidad él sólo dio el pistoletazo de salida; porque, comparado con lo que vino luego, el fulano era apenas un parvulito de provincias con pocos libros leídos. Su rebelión se fraccionó pronto enmultitud de tendencias dirigidas por tíos con mayor preparación humanista, intelectualmente más potentes que el oscuro fraile agustino y su atormentada conciencia particular. Ulrico Zwinglio y Juan Calvino, por ejemplo, dieron un impulso muy serio a la Reforma anticatólica en Alemania y Suiza. De esos dos, Calvino (un pavo inteligente, con gran preparación filosófica y jurídica) fue el más decisivo: situándose ante los Evangelios no con la tradición, sino con la razón, se propuso crear una religión nueva, rígida, implacable; una auténtica dictadura religiosa (así la llamó el historiador político Jean Touchard), regida por una severa moral que competía en mala leche con la Inquisición católica, pues imponía sin complejos, como castigo habitual, la prisión, el tormento y el patíbulo (al famoso médico y naturalista español Miguel Servet, por ejemplo, lo mandó Calvino hacer churrasco en una hoguera, en Ginebra). El caso es que, comparados con el viejo catolicismo, algunos puntos de la Reforma eran realmente revolucionarios, y eso explica parte de su éxito: mientras la Iglesia romana quería una Biblia en latín (interpretada exclusivamente por ella, por supuesto), los protestantes la preferían traducida a las lenguas locales, para que la peña pudiera leerla, debatirla y tal. Para darle vidilla. Por otra parte, con las nuevas doctrinas quedaba abolido en las iglesias el derroche de imágenes y cuadros piadosos. También la Virgen, los santos y demás parafernalia se iban a tomar por saco, y los siete sacramentos clásicos quedaron reducidos a dos: bautismo y comunión. Todo más sencillo, vamos. Más para andar por casa. Y además (detalle que hizo aumentar mucho la clientela) quedaba abolido el celibato eclesiástico; y al que Dios se la diera, que San Pedro se la bendijera. Resumiendo: los pastores (así se llamaban los nuevos curas protestantes) podían casarse si tenían con quién. Que solían tener. Y, bueno. El caso es que todo eso, unido a la hostilidad contra el sistema fiscal de la Iglesia, la posibilidad de apropiarse de las riquezas de obispados y conventos, y las ganas de limitar la influencia eclesiástica en cuestiones terrenas, o sea, independizarse de papas y emperadores, se puso de moda con gran rapidez, extendiéndose a los países del norte de Europa. De pronto, Dinamarca, Suecia y Noruega descubrieron que en realidad eran protestantes de toda la vida; y en algún caso notable, como el de Suecia, la nueva tendencia político-religiosa sirvió para consolidar un verdadero estado nacional que a partir de 1524 (fecha de su ruptura con el papa de Roma) empezó a perfilar allí un prestigioso rey local llamado Gustavo Wasa. En cuanto a Alemania, lo más interesante del pifostio hereje es considerar que si el luteranismo,  protestantismo o como queramos llamarlo, triunfó en aquellas tierras, fue porque allí no había un estado fuerte constituido sino ausencia de unidad política: diversos territorios donde cada príncipe, elector o como se llamara, lamía su propio ciruelo, y donde a los de arriba (los nuevos aires religiosos no iban de abajo arriba sino de arriba abajo, pues pueblo y burguesía no mojaban en esto) les venía como pedrada en ojo de boticario aquel chollo político-religioso que les permitía trincar la viruta de la Iglesia tradicional mientras se alzaban contra los poderes clásicos con el santo y la limosna. En España, Francia o Inglaterra habrían tenido que agachar la cabeza ante la corona, o combatirla, con las consecuencias poco simpáticas que eso implicaba; pero no era el caso. De todas formas, el contagio no se limitó al ámbito escandinavo y germánico. Menos por religión que por política, por su uso como pretexto y herramienta, católicos y protestantes se acabarían enfrentando con especial saña en casi toda Europa, especialmente en Alemania, Países Bajos (donde apuntaba un patriotismo republicano que traería cola) y Francia. En este último país se llegó a extremos gravísimos con las guerras de religión (ocho, nada menos) que enfrentaron con violencia a los protestantes gabachos (llamados hugonotes) con los católicos de allí, fieles al rey y al papa. Eso dio lugar a espectaculares escabechinas como la famosa Noche de San Bartolomé (lean La reina Margot de Alejandro Dumas o vean la película, que están francamente bien), cuando 3000 hugonotes fueron asesinados en París en un abrir y cerrar de ojos. Que no es ninguna tontería, si te pones a masacrar. No podemos decir que fueran tiempos políticamente correctos.

.

[Continuará].

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Publicado el 7 de julio de 2023 en XL Semanal.

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David Sepúlveda Pérez
David Sepúlveda Pérez
1 año hace

Fanatismo religioso, político, racial, nacionalista… Hasta científico.
Los fanáticos son letales. Y lo son porque son imbéciles, que, como bien decía don Arturo tiempo atrás, son muy peligrosos.

Ricarrob
Ricarrob
1 año hace

¡Siempre el poder, el poder y el poder joder! Tiempos en los que la religión era poder y el poder era religión. Porque, si no, ¿por qué no se solucionaban fácilmente tamaños pifostios con un «que aquí cada uno tenga la fe que le dé la gana»? Poder de Roma, poder de los príncipes, poder de los reyes y… el pueblo como siempre al desguace.

¡Y todo el follón sin debates televisados, oiga! Sin tuites, sin wasapes y sin medios. Solamente los pasquines y el boca a boca, sin el internete de las gónadas. Eso si, cada uno diseñando su propia religión a su gusto y manera tal como hoy diseñan los nuevos partidos políticos, y alguno de los antiguos, y adaptan la ideología, al inestable y decadente momento social que vivimos.

Y la verdad, eterno ideal, siempre perjudicada. Ahora no se miente, se cambia de opinión. Pero los insultos y las acusaciones contra el rival no son nuevas. Y las palabras huecas, tampoco.

Y, para el pueblo, antes y ahora, eslóganes vacíos y promesas de felicidad, en esta tierra o en la otra. Yo os prometo el paraíso y sin pago de indulgencias y yo os prometo subvenciones sin fin, sin decir quien lo va a pagar.

Y, cuando las guerras de religión se terminaban, como se terminan las elecciones ahora con sus guerras políticas, todos a trabajar para mantener al príncipe, al rey, a los clérigos, a los parlamentarios, a los ministros, a los asesores presidenciales, al falcon y al super puma, al presidente… todos ellos sin dar un palo al agua.

Porca miseria. Nada ha cambiado. Unos trabajan, los más y otros se solazan, los menos. Antes religiones, ahora ideologías.

Resignación.

Pilar
Pilar
1 año hace

Fantástico. Una división que se refleja en los bodegones. Mientras los pintados por protestantes derrochan cristalerías, manjares y vajillas (tengo la gracia de Dios y soy próspero), los católicos reflejaban frugalidad (o hambre) y tristeza (Dios proveerá, los pobres heredarán la Tierra). ¿Resultado? Trabajar es un privilegio para los protestantes, y progresan. Ser pobre es el aval moral de los católicos. Así nos va.

Ricarrob
Ricarrob
1 año hace
Responder a  Pilar

Lleva usted razón. Pero con matices. Los calvinistas y la ética de trabajo protestante bien, pero teniendo en cuenta que dió lugar al colonialismo esquilmador y explotador tanto de la naturaleza como de otros seres humanos. Y tambièn, modernamente, a la globalización, buena solo para unos pocos.

Es cierto que aquí en España el imperio no trajo sino hambre y miseria. Nuestra novela picaresca es única y también reveladora. Quizás todavía seguimos viviendo la picaresca, sobre todo a nivel político. Debería dedicar a la picaresca, don Arturo, alguno de sus artículos .

Y el arte, siempre el arte; reflejo de la sociedad y de la vida. Por eso ahora el arte refleja, en su mayoría, el caos, la decadencia, la degradación y el sinsentido.

Alberto
Alberto
1 año hace

Recuerdo haber leído sobre el tema de la matanza del día de San Bartolomé en un tomo de los Pardaillan, de Miguel de Zévaco, ¡Espeluznante y brutal!

Francisco Brun
Francisco Brun
1 año hace

La religión, el poder, el dinero, la infamia, las muertes injustas; hoy, los charlatanes, las mafias, el trabajo esclavo, la pobreza infinita. El hombre fue y será el problema de la propia humanidad.
No obstante, el mundo sigue con nosotros adentro, y a muy pocos les interesa bajarse, es preferible continuar el viaje, incómodos y parados, a bajarse en esa estación oscura y desconocida.
Si pudiéramos hablar de algo luminoso y esperanzador, se me ocurre que podemos decir que el nacimiento de una criatura es algo maravilloso, para los que hemos tenido hijos, no creo que exista otra situación más reconfortante; pero hasta esa gracia divina se empaña si por un instante se nos cruza pensar en el futuro de esa niña o niño.
Se comenta que los niños de corta edad poseen poco desarrollo verbal producto de estar mucho tiempo frente a las pantallas. Yo agrego además que gran parte de la población mundial, de un modo u otro quedarán fuera del sistema de trabajo, que dicho sea de paso no sabemos qué trabajos nos dejará para los mortales la inteligencia artificial. Para colmo de males, también se dice que ya nació la mujer o el hombre que puede llegar a vivir 150 años o más…si vivir se convierte en una pesadilla, que para muchos ya es así, surge la pregunta inadecuada:
¿Para qué deseamos vivir tanto?

Cordial saludo estimados.

Última edición 1 año hace por franciscobrun
Basurillas
Basurillas
1 año hace
Responder a  Francisco Brun

¿Deseamos vivir? La vida es una sucesión infinita de penurias, dolores, molestias, prisas, esfuerzos, trabajos, enfermedades, gestiones vacuas y desengaños. Por contra los momentos verdaderamente felices de toda una vida, rutilantes, sublimes, se cuentan con, como mucho, los dedos de dos manos. Pero es la condena a la que nos someten los padres sin quererlo, pir mero instinto animal de reproducción. La vida es bella, pero llena de esfuerzos sin sentido o, proporcionalmente, sin sentido; pero, una vez entrado al teatro, toca representar la función hasta el final: el show debe continuar y la historia no es más que la sesión continua de la misma representación, interpretada una y otra vez, y donde lo único diferente es el decorado, la tecnología; pero los gozos, las sombras y nuestras miserias son las mismas o muy parecidas. ¡Arriba el telón!

Pedro
Pedro
1 año hace

Nadie debe olvidar lo que ocurrio en la calle Aurora (pistoletazo de la revolución bolchevique) nada frente al paralelismo de San Bartolomé .Los fuegos de artificio de una y segunda guerra mundial .Actualmente damos muestras de un pragmatismo lúdico sin precedentes .Sin olvidar lo políticamente corecto contar un cuento al pueblo para mejorar el pronostico del tiempo .El ideoma practico que mezcla en el mundo todo y nada parece que moriremos felices¡