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Una historia de Europa (CXXV)

Llegando casi al final de esta historia de lo que los europeos fuimos y somos, no puedo despacharla sin hablar de cultura: de una segunda mitad del siglo XX en la que Europa siguió siendo referencia del mundo. Fue un canto del cisne, pero sonoro y bellísimo. También aquellas décadas tuvieron un lado oscuro para sus principales protagonistas, los jóvenes. El consumo de drogas (la heroína segó como una guadaña) dio lugar a serios problemas sanitarios y sociales, y la aparición del Sida en los años 80 produjo miedo, estigmatización e introdujo en la forma de entender el sexo palabras como prevención, educación sexual y responsabilidad colectiva. Pero de lo que hoy quiero hablar es de cultura, porque se acaba la serie y ése es un aspecto muy interesante en aquella Europa que se dedicó con empeño a hacer dos cosas a la vez: rehacerse de la Segunda Guerra Mundial y fingir que había aprendido algo de la catástrofe que ella misma había provocado. En ese contexto, la cultura fue desde el primer momento una interesante combinación de confesonario, tribunal, cuarto de los niños y diván de psicoanalista. Tras la segunda gran matanza del siglo, atormentada por sus guerras coloniales (conflictos de baja intensidad, los llamaban los técnicos del asunto) y con una resaca moral de proporciones bíblicas, el viejo continente se miró en el espejo y no le gustó lo que vio. Así que puso manos a la obra para explicar lo que al mismo tiempo era obvio e inexplicable (Primo Levi, Günter Grass). Escritores, filósofos, cineastas, músicos, artistas, lo tomaron en serio, y Europa se convirtió en fascinante laboratorio cultural donde el talento y el cuento chino se alternaron de manera asombrosa. Los existencialistas (Camus, Sartre, Simone de Beauvoir), con aire grave, pitillo en la boca y una mano en la rodilla de las alumnas jovencitas, afirmaron que la vida no tenía sentido y que el mundo era una puñetera mierda (lo que, por otra parte, cualquier europeo superviviente a Hitler, Mussolini y Stalin sabía de sobra). En las artes plásticas ocurrió lo mismo: después de tanta bandera, tanto uniforme y tanto hijo de puta, pintores y escultores decidieron romper formas, manchar lienzos y reciclar materiales de vertedero (Dubuffet, Tàpies) con el claro mensaje de que si todo era un desastre, o se caminaba siempre junto al abismo, el arte no tenía por qué fingir lo contrario. Pero también en eso la división de Europa en dos bloques marcó mucho. Más allá del Telón de Acero se planteó como cuento de hadas socialista: héroes del pueblo, obreros felices, campesinos guapos y tal. Pero fuera de los cauces oficiales, el talento de escritores (Milan Kundera, Václav Havel), músicos, dramaturgos y artistas plásticos se las ingenió para colar críticas disfrazadas, silencios elocuentes o humor negro para ir tirando. A este otro lado de Europa, con más pasta y menos censura, prosperaron el cine de autor, la literatura y una industria cultural impresionante. El neorrealismo italiano, combinando como sólo son capaces de hacer allí la miseria, el humor y la tragedia, alumbró obras maestras (Ladrón de bicicletas, Roma ciudad abierta, La dolce vita, Rufufú), la Nouvelle Vague francesa decidió que las reglas cinematográficas estaban para reventarlas, y directores como Bergman, Visconti, Fellini o Truffaut pusieron el cine patas arriba. Sin embargo, los verdaderos protagonistas fueron los jóvenes, y no dejarían de serlo hasta hoy. A partir de 1968 lo cuestionaron todo: la autoridad, la moral sexual y cuanto olía a naftalina. Unas cosas cambiaron y otras se recuperaron con nombres nuevos, pero el estrépito fue formidable: supuso un punto de inflexión, una mirada nueva que marcó, de rebote, la concepción de la cultura en todo el mundo. El último gran estallido de fulgor europeo antes de la decadencia final. Treinta siglos cuajaron en aquel espectáculo soberbio, y pese a la cada vez mayor influencia norteamericana, Europa aún siguió siendo ella misma. Su cultura sobre todo juvenil, demográficamente poderosa, impulsada por los medios de comunicación, lo impregnó y transformó todo. El rock, el pop y otros géneros musicales (la Inglaterra de los Beatles y los Rolling Stones lideró mucho tiempo ese aspecto) se convirtieron en signos de identidad para varias generaciones; la televisión y los primeros medios digitales difundieron otras formas de vida. Venía un mundo nuevo y otra manera de entenderlo. El continente iba a aturdirse en la globalización, en sus propios fallos y contradicciones, en las tragedias que aún le quedaban por vivir repitiendo errores, miserias y rencores del pasado. A dejar de ser lo que había sido, para ser otra cosa. Pero aquellas décadas prodigiosas de finales de siglo, cuando una Europa todavía digna de su reputación asombró por última vez al mundo, fueron extraordinarias.

[Continuará].

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Publicado el 13 de febrero de 2026 en XL Semanal.

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2 horas hace

Se está superando a sí mismo don Arturo. Es una pena que termine esta serie de historia. Realmente, espectacular hoy.

Y no dejo de estar de acuerdo aunque, puntualmente, con algunas cosas concretas, no lo haya estado.

Porque, por ejemplo, su juicio sobre los existencialistas es muy certero. El vomitivo Sartre con su náusea nauseabunda, se hizo famoso con sus gilipolleces incomprensibles. Y no olvidemos su respaldo al régimen cubano. Pertenecía al establishment marxista e intelectualoide de la posguerra, los que jaleaban a Stalin y a su mundo de utopía comunista.

Y del arte, su juicio sobre lo de manchar cuadros es impecable. Como ejemplo, el pollo Pollock se dedicó a embarruznar lienzos tal que si Velázquez resucitara y viera sus cuadros se volvería rápidamente a la tumba desesperado. No, sí, si hasta miras uno de esos lienzos y tiene una cierta armonía de colores obtenida de forma caótica y arbitratia. Pero en el buen pensar progre de los 60 y 70, había que decir que eso era arte. Sobre todo si habías pagado una millonada por unas manchas de color. Porque para manchas, como siempre la naturaleza nos supera: imprimir el conjunto de Mandelbrot y admirarlo, generado por una fórmula matemática, tiene mucha más estética.

Y sí, hay arte en esos años y buenos escritores. Algunos como Primo Leví que usted menciona, que removieron conciencias y las siguen removiendo al que lee sus letras. No voy a transcribir aquí la poesía entera que figura en su “Si esto es un hombre”, sólo unas pocas palabras que podrían aplicarse hoy perfectamente:

“Meditad si esto es un hombre / que trabaja en el fango / que no conoce la paz / que lucha por la mitad de un pan / que muere por un sí o por un no”.

Y algunas otras palabras que nos definen como humanos cuando nos dedicamos a autoanalizarnos con valentía:

“Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta. Los momentos que se oponen a la realización de uno y otro estado limite son de la misma naturaleza: se derivan de nuestra condición humana, que es enemiga de cualquier infinitud”.

Si. Los 60 y 70 fueron soberbios. La ruptura generacional quizás fue la mayor de la historia. Aquellos jóvenes no querían saber nada de las guerras mundiales, ni de ninguna guerra. Tampoco aquí, queríamos saber nada de las guerras de nuestro padres y abuelos. La juventud miraba hacia el futuro esperanzador no hacia el pasado como la de ahora.

La no violencia era el dogma y se resumía en dos palabras que hoy están denostadas y que incitan a la risa por los que desprecian todo aquello:

El “flower power”.

Mucho se puede hablar de aquellos años, también del nacimiento de aquellas ideologías que hoy inundan nuestra sociedad impregnándolas de decadencia y de desintegración: las filosofías deconstructoras y las postmodernistas. Así, el relativismo se ha adueñado de todo. No creer en nada y pensar que todo es falso, que es un constructo de las gentes del pasado. La filosofía anterior, la ciencia, la historia, todo es falso y hay que deconstruirlo. Y, como hija de todo este despelote mental (este sí es vomitivo de verdad) llega la postverdad. A esto último es a lo que la nueva política imperante hoy se ha agarrado para confeccionar los “relatos”.

Saludos a todos.

John P. Herra
John P. Herra
15 minutos hace

El malogrado Jorge Martínez dijo en una entrevista, hace décadas, que Europa perdió la II Guerra Mundial y entonces empezó ¡Coca-Cola!, la era Coca-Cola. Algunos se escandalizaron al creer que había identificado Europa con el Eje. No merece la pena explicarlo, porque la idiotez es incurable. A mí me sigue pareciendo uno de los nombres más acertados del periodo que va desde 1945 hasta la fecha.