Terminemos hoy. Sé que me comprenden: después de Grecia, Roma, el imperio español, España, la Italia del Renacimiento, la Ilustración y todo eso, ocuparse de la Europa contemporánea, la que conocemos y vivimos, da mucha pereza. Pero no puedo liquidar el asunto por la cara. Sin contar algo de ahora. Como vimos durante ciento veinticinco capítulos, hubo un tiempo en que este continente discutía a Dios, inventaba la imprenta, trazaba mapas del mundo y, cuando se cansaba de pensar, conquistaba medio planeta y se convertía en árbitro del otro medio. Produjo catedrales, sinfonías, teorías científicas y sistemas políticos que hoy otros imitan. Fue capaz de engendrar a Miguel Ángel, Vitruvio, Newton, Lutero, Velázquez, Napoleón y Beethoven. Tenía ideas y, cuando era preciso, mano dura. La decadencia no vino con invasiones bárbaras ni con ejércitos extranjeros, sino con PowerPoint, lenguaje inclusivo y regulaciones sobre el tapón de las botellas de agua mineral. La Europa que antaño dictó leyes al mundo asume ahora con naturalidad que otros hagan el trabajo serio. Incapaz de competir, se conforma con establecer normativas, a veces minuciosamente absurdas, para lo que otros fabrican y venden.
Mientras en Pekín estudian ingeniería y geopolítica (aplicando sin complejos disciplinas que aquí se han vuelto sospechosas) y en Silicon Valley levantan imperios que controlan a millones de personas, los europeos, patéticos herederos de Homero, Cervantes, Montaigne y Voltaire, nos limitamos a reglamentar lo que inventan fuera: la cuna de la Revolución Industrial, convertida en oficina de control de calidad del mundo. Los fulanos que nos rigen y los empresarios que nos trajinan externalizaron la producción, abarataron costes, celebraron dividendos y vaciaron de industria sus propios países. Era más cómodo fabricar en Asia y dar lecciones morales en Bruselas que mantener una base productiva eficaz. El resultado es una Europa muy activa redactando reglamentos, pero nula cuando se trata de chips, baterías, coches o lo que sea.
La clase política tampoco se queda atrás en mediocridad y vagancia: nadie tiene ya ni puta idea de quiénes fueron Churchill, De Gaulle, Adenauer y el resto de la peña. En vez de explicar a los ciudadanos que el mundo es cada vez más cabrón y que la prosperidad necesita trabajo y claridad, se optó por infantilizarlos: bienestar sin esfuerzo, derechos sin deberes, seguridad sin defensa. Y para guinda del pastel llegó la inmigración masiva, hecho histórico inevitable que exigía cabeza fría y visión larga. ¿Qué hicieron nuestros responsables? Pues lo que mejor hacen: discursos sobre humanidad, solidaridad y diversidad entendida como fin en sí misma. Todo bien regado con una suicida falta de planificación. Se abrió de par en par la puerta (convicción moral, necesidad laboral y demográfica, miedo al qué dirán) sin explicar que el asunto no consiste en repartir ayudas y esperar que la convivencia surja sola, sino en dejar claro que aquí no mandan los clérigos, ni los tiranos, ni los fanáticos, ni los más bestias; que hay libertades y obligaciones no negociables que costaron dolor, sacrificio y sangre. O sea, que se eludió exigir (palabra que tiene mala prensa) el debido respeto a la igualdad entre hombres y mujeres, a la libertad de expresión, a la primacía del derecho civil sobre cualquier norma religiosa. Y cuando la realidad disparó las primeras tensiones, la reacción de quienes viven en barrios homogéneos y seguros, lejos de los experimentos sociales que promueven, fue previsible: negar, ningunear, etiquetar de fascista a quien señalara el problema. Así se alimentó la eterna bestia de los extremos.
A todo eso se vino a sumar la burocracia europea, eficaz para legislar chorradas, ideal para el eufemismo administrativo y la puntita nada más por delante o por detrás, pero lenta y cobarde en lo demás: casta parásita que asfixia a pequeñas y medianas empresas con cargas administrativas mientras gigantes extranjeros operan con chulería tecnológica y financiera. Una burocracia idiota que regula hasta el tamaño de las aceitunas, pero se cisca viva ante los desafíos serios (Putin, Trump, el fanatismo islámico, el petróleo del Golfo, la franja de Gaza, Groenlandia y la puta que los parió). Tampoco olvidemos a los cretinos académicos y mediáticos, siempre dispuestos a teorizar sobre la superación de las identidades nacionales desde la comodidad de sus cátedras, que proclamaron el fin de las fronteras en un mundo que nunca dejó de tenerlas, anunciando el advenimiento de una ciudadanía universal mientras otros, más pegados a la realidad, consolidaban Estados fuertes y orgullosos de serlo. Y así, en manos de cantamañanas retóricos y de una banda de gilipollas con dietas en Bruselas, la vieja Europa perdió el respeto del mundo. No porque los de afuera se volvieran malvados de repente, sino porque en política internacional el respeto se basa en eficacia, prestigio y coherencia. Y si dependes de aquel a quien criticas, si compras tecnología a quien insultas, si necesitas protección militar de uno al que desprecias ideológicamente, el mensaje que envías resulta clarinete: eres un puto payaso.
Ya metidos en faena, hablemos de las ciudades. Vacío de contenido, el continente es ahora un parque temático para turistas, donde la Revolución Francesa cabe en un folleto y el Imperio Romano en una visita de media hora: tiendas de ropa, bares y restaurantes, catedrales iluminadas, palacios convertidos en hoteles, tiendas de recuerdos fabricados en la India o Nigeria. Ciudades cada vez más parecidas entre sí, decorados donde el visitante fotografía y consume, y el residente (si queda alguno) se resigna o se larga a la periferia. Y no es que Europa ya no produzca cultura: museos, festivales, librerías y bibliotecas mantienen su labor admirable. Pero esa cultura, antaño acicate de ideas y revoluciones, es refugio más que vanguardia: sirve para recordar lo que fuimos, no para planear lo que seremos. Cada núcleo urbano se ha convertido en escaparate de buen rollito, museo interactivo, festival gastronómico. Todo muy sostenible y fotogénico. Pero tras el decorado, los jóvenes encadenan contratos precarios y no tienen donde vivir con dignidad, las industrias se piran y no regresan, la natalidad está en caída libre (a ver quién trae hijos a este desparrame). El escaparate es atractivo, pero la trastienda agoniza entre desidia e impotencia; y en lugar de afrontar con realismo y crudeza el reto demográfico (conciliación real, incentivos sólidos, ambiente favorable a la familia, integración social, educación que combine el pasado con el mundo actual), Europa se resigna a importar, de grado o a la fuerza, población joven esperando que el problema se diluya. Que el sentido común y la bondad humana mantengan a raya el egoísmo, la codicia, la estupidez, la elemental naturaleza de individuo.
Sería injusto terminar esta serie de artículos (la empecé en 2021) negando que Europa sigue ofreciendo libertades y bienestar envidiables. Precisamente por eso atrae a quienes vienen a buscarse la vida, y también por eso es lamentable su declive. Porque lo que agoniza no es sólo la renta per cápita o el bienestar de sus habitantes, sino una tradición humanista que defendió la dignidad del individuo, el estado de derecho y la crítica racional y libre. Lo trágico (o lo cómico, según se mire) es que los supuestos herederos de esa tradición parecen desconocerla o perder la fe en ella. Claman respeto para los viejos indiscutibles valores, pero temen parecer arrogantes si los razonan y explican, quizá porque en el fondo los desconocen o los han olvidado. Y así, entre complejos y cobardías, el mundo real avanza sin esperar a que en Bruselas se redacte el acta de la última comisión de comisiones que comisionan.
Queda la cultura, naturalmente: esa manera digna de encarar el crepúsculo: leer a los antiguos maestros, escuchar la música que vibra en lugares centenarios, recorrer las piedras que vieron nacer y morir imperios, proporciona una lúcida melancolía. No evita el final, pero permite comprenderlo. No devuelve lo perdido, pero ayuda a soportar su ausencia. Hablo de cultura de verdad, no de la que sectarios imbéciles (como el ministro español Urtasun) venden desnatada y pasteurizada a gente que en el teléfono móvil busca más restaurantes que museos. Hablo de la que de verdad nutre y educa. Y ésa es tal vez la batalla que en Europa no está aún perdida: se frecuentan librerías, suenan las orquestas, los museos reciben millones de visitantes, entre ellos no pocos jóvenes que valen o valdrán la pena. Podemos leer a Virgilio, al barón Holbach, a madame de Staël o a Galdós mientras otros programan un frío futuro, y podemos escuchar a Mozart mientras los nuevos bárbaros diseñan algoritmos que manipulan el mundo. Para quienes vemos Europa de tal modo (y todavía somos unos cuantos), hay verdadera elegancia en esa resistencia estética. Tan extraordinaria memoria cultural aún es estímulo para muchos y no simple refugio para unos pocos. Los libros que seguimos venerando fueron polémicos, incómodos, revolucionarios, y nos dieron la certeza de que el humanismo no nació para justificar la pasividad y el confort, sino para crear ciudadanos cultos, libres y exigentes. Ignoro (tampoco llegaré a verlo) si Europa será capaz de sacudir la modorra reglamentaria y recobrar algo de su antiguo descaro, fuerza y grandeza. En el fondo (y la forma) lo dudo sinceramente, pues para ello habría que asumir responsabilidades, abandonar la autocomplacencia y aceptar que la Historia no perdona a quienes la ignoran. A quienes se niegan a exigir a sus gobernantes menos demagogia y más razón, menos moralina fácil, más esfuerzo y trabajo, más dignidad y más coherencia.
Puede, y así concluyo esta larga Historia, que Europa ya nunca dicte el futuro; pero todavía sabe, como nadie, narrar el pasado con una profundidad y una belleza que otros envidian. Y esa conciencia histórica, esa memoria humanista, esa mirada crítica y sabia que atraviesa treinta siglos, es el patrimonio admirable de un continente que, incluso viejo y cansado como está, todavía es capaz de afrontar con gallarda lucidez su propio ocaso. Consciente de que si ya no es posible cambiar el mundo, al menos resulta consolador comprenderlo. Aunque sea, como el viejo hidalgo cervantino, con la herrumbrosa espada colgada en la pared y un viejo libro en las manos.
[Fin de la serie].
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Publicado el 6 de marzo de 2026 en XL Semanal.
Entregas de Una historia de Europa:
- Una historia de Europa (I)
- Una historia de Europa (II)
- Una historia de Europa (III)
- Una historia de Europa (IV)
- Una historia de Europa (V)
- Una historia de Europa (VI)
- Una historia de Europa (VII)
- Una historia de Europa (VIII)
- Una historia de Europa (IX)
- Una historia de Europa (X)
- Una historia de Europa (XI)
- Una historia de Europa (XII)
- Una historia de Europa (XIII)
- Una historia de Europa (XIV)
- Una historia de Europa (XV)
- Una historia de Europa (XVI)
- Una historia de Europa (XVII)
- Una historia de Europa (XVIII)
- Una historia de Europa (XIX)
- Una historia de Europa (XX)
- Una historia de Europa (XXI)
- Una historia de Europa (XXII)
- Una historia de Europa (XXIII)
- Una historia de Europa (XXIV)
- Una historia de Europa (XXV)
- Una historia de Europa (XXVI)
- Una historia de Europa (XXVII)
- Una historia de Europa (XXVIII)
- Una historia de Europa (XXIX)
- Una historia de Europa (XXX)
- Una historia de Europa (XXXI)
- Una historia de Europa (XXXII)
- Una historia de Europa (XXXIII)
- Una historia de Europa (XXXIV)
- Una historia de Europa (XXXV)
- Una historia de Europa (XXXVI)
- Una historia de Europa (XXXVII)
- Una historia de Europa (XXXVIII)
- Una historia de Europa (XXXIX)
- Una historia de Europa (XL)
- Una historia de Europa (XLI)
- Una historia de Europa (XLII)
- Una historia de Europa (XLIII)
- Una historia de Europa (XLIV)
- Una historia de Europa (XLV)
- Una historia de Europa (XLVI)
- Una historia de Europa (XLVII)
- Una historia de Europa (XLVIII)
- Una historia de Europa (XLIX)
- Una historia de Europa (L)
- Una historia de Europa (LI)
- Una historia de Europa (LII)
- Una historia de Europa (LIII)
- Una historia de Europa (LIV)
- Una historia de Europa (LV)
- Una historia de Europa (LVI)
- Una historia de Europa (LVII)
- Una historia de Europa (LVIII)
- Una historia de Europa (LIX)
- Una historia de Europa (LX)
- Una historia de Europa (LXI)
- Una historia de Europa (LXII)
- Una historia de Europa (LXIII)
- Una historia de Europa (LXIV)
- Una historia de Europa (LXV)
- Una historia de Europa (LXVI)
- Una historia de Europa (LXVII)
- Una historia de Europa (LXVIII)
- Una historia de Europa (LXIX)
- Una historia de Europa (LXX)
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- Una historia de Europa (LXXII)
- Una historia de Europa (LXXIII)
- Una historia de Europa (LXXIV)
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- Una historia de Europa (LXXVII)
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- Una historia de Europa (LXXX)
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- Una historia de Europa (XC)
- Una historia de Europa (XCI)
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- Una historia de Europa (C)
- Una historia de Europa (CI)
- Una historia de Europa (CII)
- Una historia de Europa (CIII)
- Una historia de Europa (CIV)
- Una historia de Europa (CV)
- Una historia de Europa (CVI)
- Una historia de Europa (CVII)
- Una historia de Europa (CVIII)
- Una historia de Europa (CIX)
- Una historia de Europa (CX)
- Una historia de Europa (CXI)
- Una historia de Europa (CXII)
- Una historia de Europa (CXIII)
- Una historia de Europa (CXIV)
- Una historia de Europa (CXV)
- Una historia de Europa (CXVI)
- Una historia de Europa (CXVII)
- Una historia de Europa (CXVIII)
- Una historia de Europa (CXIX)
- Una historia de Europa (CXX)
- Una historia de Europa (CXXI)
- Una historia de Europa (CXXII)
- Una historia de Europa (CXXIII)
- Una historia de Europa (CXXIV)


Es un cierre con broche de oro.
No sé por qué, pero suena en mi cabeza el coro Va pensiero del Nabucco de Giuseppe Verdi.
Satisfecho por haber sido lector de la serie y le doy las gracias al autor por la iniciativa, debería convetirla en libro.
¡Salud y buena suerte para todos!
A una edad determinada, nos volvemos expertos (porque la experiencia, tan devaluada hoy, no deja de ser una acumulación inteligente de vivencias) en ver finalizar, poco a poco, todo a nuestro alrededor.
Lo más importante, las personas, ver cómo terminan su ciclo vital gentes a las que no has conocido pero que han formado parte de tu vida (escritores, músicos, periodistas, intelectuales… ), y los cercanos, amigos, familiares, el único amor de tu vida (sí, hasta la mejor vivencia que se puede experimentar en nuestra cortísima navegación, también finaliza; bueno, me desdigo, realmente, no finaliza nunca, quizás es lo único eterno de que podemos disponer).
Y finalizan las entregas históricas de don Arturo. Porque aunque las publique y podamos disfrutar de ellas nuevamente, las agradables esperas de los jueves para leer el siguiente capítulo y deleitarnos con la fértil y, a veces, humorísticamente trágica interpretación de nuestro pasado, sus cortas pero vitriólicas disecciones de la realidad pasada y presente, ya no será lo mismo. Todo concluye.
Yo no tengo la inventiva de nuestro común amigo Aguijón en poner su pensamiento en forma de poesía, por lo que tengo que recurrir a otros que hablan por mi. Me perdonen que no he transcrito todo los versos sino únicamente los que me han parecido más próximos a mi gran nostalgia en este momento, porque estoy ahora mismo, triste sin remedio, acongojado y presa de un ataque de ansiedad (todo ello culpa de don Arturo):
Me despido de las Virtudes y de las Gracias del planeta:
Los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.
Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino,
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.
Me despido de una muchacha
cuyo rostro suelo ver en sueños
iluminado por la triste mirada
de trenes que parten bajo la lluvia.
Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
-la sal y el agua
de mis días sin objeto –
y me despido de estos poemas:
palabras, palabras -un poco de aire
movido por los labios- palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.
El poema es de Jorge Teillier Sandoval, poeta chileno excepcional.
Y, comentando el texto de hoy, decir que, por lo próximo de este pensamiento al mío, porque su análisis, en mi opinión, es certero y lo comparto, añadir que, efectivamente, la decadencia de los pueblos, de las culturas, lo provocan sus propias gentes. Cuando a las personas ya no les importa la identidad cultural y no se sienten pertenecientes a ella, cuando pierden importancia los propios valores, los orígenes, la historia… cuando se pierde la identidad… … …
Estamos tirando 30 siglos a la cuneta. Sí.
Este fenómeno es occidental, pero aquí, especialmente, hemos abrazado con ahínco la deconstrucción de nuestra historia, de nuestra cultura, de nuestros valores, hemos abrazado el posmodernismo, la posverdad y otras gilipolleces varias, hemos acogido a gentes de otras culturas que se han formado con nosotros y que han escrito luego contra nosotros, contra toda la cultura occidental. Y se han inventado el Eurocentrismo que lo hemos absorbido en una gran orgía de autocrítica y autodestrucción.
Hemos formado, entre tantos amigos que hemos compartido estas líneas, una comunidad agradable, la Comunidad Artúrica de la Historia de Europa. Espero que don Arturo siga escribiendo (por supuesto, lo “que le salga de”, pero que siga) y nos sigamos encontrando en esta pequeña ágora.
Tristes saludos a todos.
Muy bueno Sandoval, excelso Ricarrob…
Ricarrob, ha traído usted a Teillier y con él ha nombrado exactamente lo que muchos sentíamos sin saber cómo decirlo. Eso tiene mérito propio, y no poco. «Palabras para ocultar quizás lo único verdadero, que respiramos y dejamos de respirar.» Hay en esos versos una honestidad tan descarnada que hace que cualquier otro comentario sobre la decadencia de Europa suene, de repente, a cosa menor.
Comparto su nostalgia por los jueves de espera, aunque yo haya llegado tarde a esta conversación y me los haya bebido todos de golpe. Quizás por eso los llevo encima de otra manera, con el poso denso de haber respirado de una vez lo que otros fueron destilando semana a semana.
Y sí, que siga la Comunidad Artúrica. Mientras haya quien cite a poetas chilenos en un foro de historia europea, algo esencial sigue en pie.
Atenta y cordialmente.
Comunidad Artúrica de la historia de Europa: Magnífico, querido amigo; evocador de ese “Señor de los anillos”donde la Comunidad se une en un último esfuerzo para destruir el último anillo que quiere lmponer el dominio del mal, y que representa perfectamente el propósito común que debería guiar a Europa en estos momentos, salvando la peculiaridad de los héroes y, al mismo tiempo, la dignidad perdida por décadas de parsimonia. Un gran abrazo cariñoso. Seguiremos encontrándonos en esa culta lucha. Lá única que merece la pena.
Don Arturo, respecto a la frase final de su cuarto párrafo, decirle que quizás un síntoma de la decadencia sea el que no se distinga ya entre el circo y la política. Cada uno por separado debe cumplir sus funciones. Cuando se mezclan y se desdibujan…
El primer comentario de este último capítulo es para agradecer a Pérez-Reverte su esfuerzo en la creación de esta serie que, personalmente, me ha servido para conocer y tomar nota de muchos acontecimientos en nuestra querida Europa.
¡Muchas gracias, Maestro!
Gracias por este magnífico final de serie. Lleno de asuntos dignos de comentar; quizás encuentre el tiempo de hacerlo o simplemente de compartirlo con los amigos y tener la excusa de pensar en el porvenir.
El tránsito
Europa transita
Por mal derrotero,
Si nadie lo evita
Caemos primero.
Ninguno medita,
Con tanto trinar,
Y se supeditan
A peregrinar.
Ya toca el flautista,
Le sigue el rebaño,
La grey socialista
Prepara el apaño.
Que vengan de fuera,
Que nos sustituyan,
Y así, la cajera,
Sale con la suya.
Si dice Reverte
Que esto va muy mal
Cambiando de gente
Se puede arreglar.
Irene Montero
Nos muestra, resuelta,
El desfiladero
Que hay tras “la revuelta”.
Le ríen las gracias
Indocumentados
Que, con sus nostalgias,
Se encuentran “salvados”.
Está “al rojo vivo”,
Y no hay más que hablar,
“La cima del mundo”
De “su sanchidad”.
Un “blanco caliente”,
Un “alma muy negra”
Y nadie es consciente
De lo que se juega.
Sigamos dejando
Que puedan mandar,
Temamos, en cambio,
A Vox y Abascal.
Ni Putin ni Trump
Son el enemigo,
Lo es el mirar
Siempre nuestro ombligo.
China comunista
No es la solución,
Tampoco esa filfa,
Rueda de color.
Luce en la solapa
De tipos malvados,
Y así se destapan
Esos desgraciados.
El nuevo compás
Del viejo blasón…
Igual que Caifás
Judeo-masón.
Ese 2030
Pronto va a llegar…
Echemos la cuenta,
Comienza a restar.
PD:
Y yo, mientras tanto,
Sin ninguna pena,
Seré un James Cagney
Para esos lumbreras.
“Enemigo público”,
Objetivo a batir…
Remigios telúricos
¡qué os den por ahí!.
Un corolario para un continente decadente, pero también una llamada de alerta. Colofón magistral de una gran serie que nos ha reconciliado con la conciencia histórica y la memoria humanista. Que cunda y se expanda —con el matiz irónico de que ya ni sabemos si “viralmente” es la palabra adecuada para desearlo. Gracias.
Gracias Don Arturo por estos 125 capítulos, ha sido un placer.
Decía Ortega, que América se construyó con el sobrante poblacional de Europa, y en parte es verdad. También se construyó con el sobrante cultural, político, económico y religioso de esta Europa tan ambigua que nos toca vivir.
No le digo nada de la República Popular China. China, ahora mismo es el nuevo Occidente,y está poniendo en práctica las peores cosas del viejo Occidente: el ultra capitalismo, el colonialismo, el control social, el autoritarismo, la explotación infinita de recursos finitos, el consumismo absurdo; son taras que China, Japón, Corea del Sur, Vietnam, India; han copiado del viejo Occidente. Por lo tanto, colo los Estados Unidos a principios del siglo XX, ellos no han inventado nada.
¿Sabe una cosa? Es usted afortunado a pesar de todo. Va asistir usted a la explosión incontrolada, gracias a Donald Trump y su banda, del sistema capitalista. Lo que surja no sabemos cómo será, si mejor o peor, pero será distinto, y seguro, China no lo captaneará.
Gracias por la serie, y saludos.
Se te ha olvidado un emperador ultranacionalista, lunático, depravado, violador, pedófilo,… que se pone a remover un avispero por diversión y nos lleva a todos con él, como vasallos que somos.
En ese avispero está la energía que mueve todo el sistema. Le cogen por los huevos, cierran el grifo y le dicen de aquí no te vas.
El resto del mundo se queda sin energía.
Y el mundo se viene abajo porque Europa recicla la basura.
No parece que reciclar el tapón de las botellas y los inmigrantes que vienen a cuidar viejos, ni sus hijos sean responsables de haber destruido la base productiva con la deslocalización y la financiarización de la economía para maximizar beneficios de especuladores.
Los delirios de fuerza y grandeza de ancianos lunáticos nacionalistas orgullosos de serlo (Putin, Trump, Netanyahu…) que se creen con una misión y los oligarcas que los han puesto en el poder son los que está llevando al mundo al abismo. Igual que lo hicieron un siglo atrás.
Y después de repasar la historia de Europa viene a pedir más lo que nos está llevando al abismo. No entiendo nada.
Magnífico final para esta Historia de Europa que hemos seguido durante tantos capítulos.
Muy triste ver cómo se nos escapa entre las manos lo que ha sido nuestro pasado como continente y como civilización y darse cuenta de que, muy posiblemente, no haya nada que ya pueda evitarlo.
Y unas palabras de agradecimiento para todos los demás lectores que han compartido sus puntos de vista a modo de tertulia semanal, en cierto modo han llegado a ser un grupo de buenos amigos que complementaban los escritos de nuestro maestro Arturo con interesantes comentarios.
si hubo un epitafio que valió la pena leer es este. Lástima que sea cierto. Y lo es…
Brillante! Maestro!
Increible serie. Esperando cada capítulo con ansias. Narración sublime de una historia que da para pensar y reflexionar. Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla. La primera vez sucede como tragedia, luego como comedia. Dos frases que resuenan en la eternidad para un continente y sus gentes que están ante las puertas de la Desolación de Cole. O que pueden lograr, con ingenio, voluntad y fuerza, el Comienzo de un Nuevo Imperio
KK: Kant y Kennedy. Casi un imperativo categórigo y una de las mejores frases, para mi, del asesinado presidente y traida a este fin de la serie: No te preguntes qué puede hacer Europa por ti, pregúntate que puedes hacer tú por Europa.
Hoy tiene tanto sentido para nuestro continente, como en 1961 lo tuvo para EEUU. Los ciudadanos deberían asumir una responsabilidad personal, individual y colectivamente, y asumir, también, un servicio público en muchas facetas para el bien y la mejora de su “patria grande”. Y todo ello en lugar de esperar única y pasivamente posibles beneficios, ayudas y servicios del gobierno europeo. Yo creo que, entre otros motivos, fracasó el proyecto de la Constitución Europea porque en muchos lugares de Europa no se atrevieron a dar ese paso (aunque curiosamente sí en España, al parecer) de responsabilidad y servicio público.
Necesitamos un único ejército europeo, una política económica común que nos haga olvidar nacionalismos y “patrias chicas”. Necesitaríamos también un mayor conocimiento de nuestra historia común y un sentido de orgullo hacia la misma, lo que nos permitiría defenderla mejor dialécticamente y ante amenazas o chantajes exteriores e interiores. No se trata sólo de celebrar elecciones cada cierto tiempo, para presentar representantes de países. Se trata, en mi opinión, de querer ser Europa, juntos, unidos y, al mismo tiempo, valorar positivamente la riqueza diferencial de sus componentes. Se trata de amar Europa; porque sólo amando y perdonando se olvidan los agravios y fobias históricos y se puede conseguir un proyecto común creativo y con futuro.
De no ser así, seguiremos siendo únicamente ese parque temático con muy diversas y diferentes atracciones, para satisfacer el ocio y al placer de las visitas más o menos pudientes que parten el bacalao en nuestro planeta.
Un abrazo a todos y todas, amigos y posibles enemigos, que no son más que otras formas de amistad.
La analogía con Kennedy es brillante, Basurillas, y tiene la virtud de las buenas citas, que es la de iluminar el presente sin forzarlo. Ese imperativo ciudadano que usted invoca tiene hoy más urgencia que retórica, y eso ya es mucho decir.
Comparto el diagnóstico, aunque me permito un matiz. El problema no es solo que los ciudadanos europeos esperen pasivamente, sino que durante décadas se les educó precisamente para eso, para delegar, para confiar en que la maquinaria funcionaría sola. Pedir ahora responsabilidad individual y colectiva es justo y necesario, pero exige también reconocer que esa pasividad no surgió de la nada, sino que fue, en parte, cultivada. El ciudadano europeo no nació conformista, lo hicieron conformista.
En cuanto al ejército común y la política económica compartida, coincido con usted, aunque me temo que el verdadero obstáculo no sea la voluntad popular sino algo más hondo, el miedo de las élites nacionales a perder el único poder que les queda. Querer ser Europa, como usted dice con hermosa sencillez, requiere que quienes nos gobiernan quieran también dejar de ser imprescindibles. Y ese es un sacrificio que pocos están dispuestos a hacer.
Su cierre, en cambio, lo subscribo sin matices. Los posibles enemigos como otras formas de amistad. Ojalá Europa aprendiera a pensar así antes de que sea demasiado tarde.
Saludos pensantes y cordiales.
Gracias. Sí, ha llegado usted tarde a esta reunión de amigos y amigas, pero ha sido muy gratificante encontrarla en ese final, donde las élites decimonónicas deberan replantearse el objeto de su existencia o…desaparecer. Un abrazo.
Gracias a usted, Basurillas. Muchas veces, sencillamente, no me da la vida como para entrar en Internet, y de ahí mi ausencia anterior, porque Zenda la conocía, aunque confieso que hasta hace poco no la frecuentaba como merece. Tiene el don de los buenos lugares, que es el de guardar la conversación hasta que uno llega. Y con tantos artículos extraordinarios por comentar, ojalá nos encontremos de nuevo por aquí, porque me resultará muy grato seguir leyéndole, usted que tiene el don de explicar las cosas con tanta claridad y autenticidad.
Me ha gustado lo del ministro imbécil, tiene razón.
Si fuese así; la conclusión. !Muchas gracias! Por una visión objetiva, critica y pesimista de una historia; que debe ser expuesta como es; como ha sido, y como podría ennpribalidad ser. Europa es origen de tantas ideas europeas, atlantidas, nuevas españas en hispano américa. Un tomo, maqueta, y ejemplo de líneas objetivas cuestionables, apropiadas y envidiables. Una serie generosa y severa en temas de conciencia.
Es un mundo con un ocaso de agotamientos, cansancios, gallardias y penumbras y resplandores.
El mundo entre sismas y cimas, siempre presenta una linea descendiente de autodestrucción; un estadio necesario para filtrarse y re hacerse; con estadios dorados, medievales, primitivos y renacimientos. Nada mejor, como “el viejo hidalgo cervantino” con sus letanías quijotescas y visionarias de los ocaso y estelas del alba de un mundo en tantos lugares de la mancha.
Don Arturo, termina usted esta serie con la imagen del hidalgo cervantino -espada herrumbrosa, libro viejo en mano- y me pregunto si no ha elegido usted también, sin quererlo, el gesto más europeo posible, retratarse en el ocaso y, al hacerlo, convertirlo en una obra de arte. Eso, precisamente eso, es lo que ningún algoritmo sabe hacer (todavía)
.
He seguido estos ciento veintiséis capítulos de un tirón, con la avidez de haber llegado tarde a una conversación que ya tiene poso y sabe que cada entrega lleva dentro el peso acumulado de las anteriores. Y en este último, entre la vitriólica lucidez del diagnóstico y la melancolía contenida del cierre, encuentro una tensión que me parece más honesta que cualquier optimismo de encargo. Usted no nos consuela, no, nos entierra con dignidad. Hay en eso más respeto hacia el lector que en cien discursos sobre resiliencia y valores compartidos.
Permítame, sin embargo, una sola objeción, o quizá no es objeción sino matiz, que a veces son la misma cosa. Usted distingue entre la cultura que «nutre» y la que se vende «desnatada y pasteurizada» y tiene razón. Pero me pregunto si esa cultura viva, la de las librerías frecuentadas y los jóvenes que todavía valen la pena, no es en sí misma una forma de resistencia activa, no solo estética. Europa tal vez ya no dicta el futuro, de acuerdo, pero hay una diferencia entre quien agoniza y quien elige conscientemente en qué invertir sus últimas fuerzas.
El humanismo no nació para sostener imperios, nació para sobrevivirlos. Y lleva treinta siglos haciéndolo. Ya lo sabía Ibn Jaldún (historiador tunecino del siglo XIV, primer gran teórico de los ciclos de la civilización, cinco siglos antes que Spengler, y lo sabía bien él que no era europeo.
«Las civilizaciones tienen su propia vejez, como los hombres.»
Lo que usted ha construido en estos cinco años no es solo una historia de Europa, sino un acto de memoria deliberada en tiempos de amnesia conveniente. Un testimonio de que todavía hay quienes se niegan a que el pasado se convierta en parque temático con audio-guía. Y eso, en el fondo, es también política, de la única que merece el nombre.
Gracias por la erudición sin prosopopeya, por la ironía sin piedad, por la mirada que no aparta los ojos aunque duela. Queda aquí una lectora en pie, consciente de que toda gran serie tiene su último capítulo y de que los mejores finales no cierran nada, sino que dejan una pregunta abierta en el aire. La suya es hermosa y perturbadora a partes iguales. Que siga siendo así. Muchas gracias.
¡Bravo! “El humanismo no nació para sostener imperios, nació para sobrevivirlos”. Una frase delicada, inteligente y con un efecto calmante sin llegar a ser sedante, en especial en las circunstancias actuales. Tranquiliza saber que, cuando muchos días parecemos estar cerca del loco armagedón, existe ese pozo y sedimento de cultura, ética, buen gusto y conocimiento histórico asentado, que será nuestra herencia en caso de abrupto final de esta tragicomedia que es la vida.
Y usted, Amanda, la ha encontrado en el fondo de su alma.
Gracias, Basurillas. Aunque debo confesarle que esa frase no la encontré, sino que me surgió del fondo de la Historia, que es donde suelen esconderse las verdades que más necesitamos.
Quizás eso también sea Europa, ese pozo del que usted habla, que sigue ahí aunque muchos ya no sepan dónde buscar el agua.
Con lectores así, una se anima a escribir con más alma, y ojalá le encuentre a usted algún día al otro lado de mis páginas.
Saludos muy agradecidos.
Muchas gracias Don Arturo. Habrá que continuar pendientes de este espectáculo que nos seguirá ofreciendo Europa.
Vuelvo a la casa donde viví de niño. Ya no está, sólo hay un solar.
Callejeo con el Google Maps por las calles de la gran ciudad a la que iba con mi madre a comprar. En lugar de las mercerías y ’boutiques’ hay franquicias de ropa y comida rápida.
Los profesores que tuve están jubilados o han fallecido. Ya he enterrado a algunos amigos. Algunos muy jóvenes.
Tuve algunas novias. Hoy ya no despiertan las pulsiones biológicas del pasado.
Ya no me gusta jaranear, me da una pereza enorme viajar y no siento la sed de lectura de antaño. Empiezo a tener hábitos de anciano.
Ahora bien, aún no he caído en ese pesimismo milenarista, de fin del mundo, que se repite en cada generación desde hace siglos, puede que desde siempre, porque confundimos el mundo con nuestra percepción, o con nuestra vida. Cuando no quede ni el recuerdo de nosotros, el mundo seguirá amando, sufriendo, riendo y llorando, y el sol seguirá saliendo puntualmente.
Como decía el gran Julio:
“La vida sigue igual…”
Joe Dassin cantaba lo mismo. La vida puede ser maravillosa, como decía el gran locutor. No se acaba el mundo, somos nosotros los que nos vamos… Sin haber entendido muchas, demasiadas cosas.
¿Para que mes está programada la aparición del libro? Necesito releer uno por uno cada artículo, volverlos a discutir contra mis prejuicios. ¿Será verdad que uno sólo es dueño de sus prejuicios? Gracias a Pérez-Reverte, muchísimas gracias por sacudirme los pisos, entre ellos el cubano y desde luego que el de cada España.
ANTE todo FELICIDADES D. ARTURO.
Un brillante broche final.
FIEL, conciso , divertido ….sólo usted sería capaz de hacer realidad esta obra.
Pero…. Triste final para esta Europa y está España ,tan ilustres en su pasado ( bueno no siempre ) , con sus luces y sus sombras, de pero tan capaces para fabricar ese pasado y tan ruines que nos han dejado como estamos.
Una HISTORIA ,QUE DEJARE A MIS NIETOS.
GRACIAS!!!!
Gracias, ha sido otro buen viaje
“A todo eso se vino a sumar la burocracia europea”
‘Burrocracia’, don Arturo, se dice ‘burrocracia’, y disculpe ‘la corrección’.
¡A gusto se ha quedado!.
Un texto digno de ser leído y colgado en las plazas públicas.
Poco consuelo propone, al menos para los más jóvenes. El resto lo vemos con otra perspectiva.
Un ultimátum a Europa y una amarga despedida mientras alguien canta “Ridi, Plagiaccio” ante la ópera bufa que tenemos montada en este parque de atracciones.
Sí, señor. Alguien tenía que decirlo. Gracias.